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Alberto Rodríguez Barrera: El socialismo comunista no es dem
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Redacción
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Registrado: 29 Nov 2004
Mensajes: 27020


MensajePublicado: Dom May 05, 2013 7:30 am 
Título del mensaje: Alberto Rodríguez Barrera: El socialismo comunista no es dem

Opinión
Alberto Rodríguez Barrera
ND


El socialismo comunista no es democracia

La neutralización de las instancias bajo control del castrocomunismo es una necesidad para no perder el tren contemporáneo que marcha veloz en transformación constante y complejidades económicas y tecnológicas; el comunismo de pacotilla deja a los menos favorecidos en peor situación y sólo escuchando cantos autoritarios de inclinaciones arcaicas, pasatistas y carentes de filosofía política; porque el comunismo sacrifica las inversiones de porvenir chapoteando en un abismo desalentador, entre las afirmaciones oficiales y las realidades, característica de los países retrasados y embrutecidos por la propaganda absolutista. Deshonroso abismo cuando se extienden los períodos de gobierno y se amplían los tentáculos para que hasta la crítica menor se elimine y puedan cometerse errores mayores; es un umbral de sensibilidad para que el fracaso se convierta en catástrofe, tal cual es Cuba hoy.

La política de nuestro pantano “socialista” arruina sin dar resultados, sólo rebautizando procesos de intenciones, con enroques de la misma gente ineficaz, llenando de vacío la esperanza, vertiendo intolerancia y descontrol, desastrosamente; su comportamiento político está desconectado de la experiencia cotidiana. En esta madeja de intolerancia no existen equipos de reemplazo ni remedios definidos, sólo demagogia, reiteración de la mediocridad. Y es su empantanamiento lo que los impulsa a nuevas regresiones, a la realidad de la “revolución imposible”, la eterna reducción al pasado.

Toda revolución es invención, una invención que no significa desechar el pasado. Pero la luz del pasado que los ineptos reviven es la rigidez seudoizquierdizante de ser hipnotizados, inmovilizados por el pasado, sin extraer lecciones de él. Es una neurosis política: ser prisionero de los estereotipos infantiles que no sacan partido de la experiencia vivida, que olvida que revolucionar es crear comportamientos nuevos, al menos interpretaciones nuevas. Así como en la devaluación del término “lucro”, que también es ganancia de una empresa, ganancia de una economía; se olvida que es el pasaje de las economías estáticas a las economías de crecimiento, y que un sistema económico que sea incapaz de asegurar el crecimiento queda históricamente descalificado. Y la verdad es que ese ha sido y es el caso de los países comunistas. Aunque tampoco, valga decirlo, es una panacea, tan absurdo como una madre que a cuenta de que su hijo crece x centímetros por año, no se ocupe de otra cosa.

Así como la política ha ido al remolque de quienes dirigen la economía, los comunistas sabotean impunemente a la economía y hunden a los ciudadanos en la miseria. Junto a una coherente separación de política y economía (que no existe en ninguna parte), debe haber competencia e imparcialidad. El castrocomunismo, para decir lo menos, busca eternizarse en un antagonismo estacionario, incambiable, usando el dinero para crear parcelas, roscas de boina roja, sin creatividad ni productividad; la economía es sólo reales del petróleo que entran y ellos gastan, sin inversión sólida. Para ellos, medievalmente, la cultura es un medio para separarse de la gente y sentirse superiores a la masa; anticientífica y antitécnicamente, les basta e insisten locamente en creer que la ciencia es capitalismo.

La paranoica persecución psíquica de los intolerantes rojo-rojitos quizás encuentra su inspiración en la tan ridícula creencia de que los regímenes liberales o semiliberales industrializados escamotean los objetivos “revolucionarios”, porque permiten la “alienación” de la gente (no de los trabajadores porque no los tienen), ya que la relativa prosperidad disminuye el deseo revolucionario y... etcétera. Y así y entonces, ellos son los poseedores de una magia macumba que traerá una futura liberación total; la voz única del rojo-rojismo se abomba ofreciendo la venida del nuevo Mesías en su persona. Y en el fondo se trata del miedo a la complejidad, simplemente. Porque se olvida que las sociedades industriales nacieron de una primera revolución puesta en marcha en el siglo 18 y que escalonó en lo adelante; y ahí lo que hay, nuevamente, son minucias que el castrocomunismo solucionará liberando del imperialismo a todo el mundo y desarrollando sus gigantescas habilidades en economía y en organización...

Lamentablemente el castrocomunismo ha permanecido en el tiempo y representa una “revolución subdesarrollada”, palabras éstas que significan lo que es. Para llegar al cielo, además de una escalera grande y otra chiquita, el comunismo tiene tareas previas como conseguir un remedio rápido para el subdesarrollo económico, cosa poco factible tras haber cerrado más de la mitad de las empresas venezolanas, y también resolver esa maldición gitana que es su deficiencia administrativa y la falta de funcionarios ejecutivos y directivos que sirvan para alguna cosa, que no sea llenarse los bolsillos. Esta pobre gente, además, debe arrebatarle a todos el espíritu crítico y borrar de la mente de su gente esa eterna inculpadera de otros por sus propios actos, y también la vieja costumbre de hacer concesiones militares a los fracasos económicos, agravando la cosa hasta un nivel de berenjenal...

El socialismo-comunista y su “revolución” son una absoluta imposibilidad sin despegue económico, y ese despegue económico es imposible sin los países desarrollados, además de la falta de tradiciones políticas y administrativas decentes, razón por la cual este pasticho mal cocinado deviene oligarquía o dictadura, una oligarcodictadura que no importa si se define de izquierda o derecha porque igualmente se ve disgregada por el pasatismo costumbrista, incapaz de inventar alguna nueva cultura. Por el contrario, uno de sus grandes “logros” ha sido la desnaturalización del nacionalismo y del folclor. Y con una moral tan exquisitamente fenecida, será difícil recuperar u obtener la confianza simpática de los ciudadanos para que se lancen a morir por ellos. La posibilidad más cierta es que se diluya en su absolutismo centralizador, prisionero de los estereotipos que no llegaron al proscenio.
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