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Rubén Monasterios: Los regalos del Niño Jesús llegan por cam
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Registrado: 07 Sep 2006
Mensajes: 34692


MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 9:15 am 
Título del mensaje: Rubén Monasterios: Los regalos del Niño Jesús llegan por cam

Opinión
Rubén Monasterios
ND


Los regalos del Niño Jesús llegan por caminos extraños

In memoriam Ana Teresa Gonzales de Fuenmayor, mi abuela,
víctima de la dictadura militar gomecista


Mi inocencia sufrió su primer resquebrajamiento estando yo en mis siete años; un acontecimiento imprevisto despertó en mí serias dudas respecto a la ocupación del Niño Jesús de traerle regalos navideños a los niños.

Fue en aquella ocasión en la que compulsado por una curiosidad indefinida y presa de la mayor desazón, me atreví a violar el recinto sagrado del escaparate de mi madre. Aquel mueble enorme, de madera de nogal negra, laboriosamente tallado, siempre cerrado, silencioso e imponente; sus puertas me parecían las de entrada a otro mundo; al abrirlas −esa era mi fantasía− accedería a un lugar oscuro, en blanco-y-negro con calles largas y casas cerradas; en las aceras caminando como en levitación, personas vestidas de negro con sombreros negros que dejaban ver ojos brillantes y dientes blancos exhibidos en sonrisas siniestras a la sombra del ala del sombrero. No sin buenas razones temblando de miedo abrí las grandes puertas por descuido dejadas sin pasar la llave. Con un suspiro de alivio advierto que el universo amenazante sólo existe en mi imaginación acicateada por la prohibición tan rigurosa de abrir el armario. Nada más veo ropa de mi madre, vestidos, algunos de largas faldas bordadas; detrás de ellos, en el fondo, unos paquetes envueltos en papel de regalo navideño: los mismos que al amanecer del 25 de diciembre aparecieron al pie de mi cama.

No pude reprimir el impulso expiatorio de confesarle a mi abuelita la transgresión del tabú del escaparate, ni sus consecuencias en mi fe, a lo que ella respondió, impávida:

− Ocurre, Rubén, que son demasiados niños. ¡Ni el Niño Jesús puede con tantos niños! Tú sabes, el Niño Jesús se adelanta a veces para poder complacerlos a todos. Él le dio a guardar esos regalos a mamá a principios de diciembre con el encargo de dártelos la noche del 24. ¡Y es que ni Dios, con toda su omnipotencia, es capaz de ponerle los regalos a todos los niños del mundo al mismo tiempo!

Para mí la explicación de la abuela fue concluyente. ¿Acaso podría existir otra razón? Ahora bien, nada debía decirle a mi mamá, porque con toda seguridad me castigaría por andar jurungando sus cosas. El asunto quedaría como un secreto entre nosotros. Un secreto más, debería decir, porque nuestras relación estaba llena de pequeñas complicidades.

Yo pasaba buena parte del tiempo libre dejado por el colegio con mi abuela; en nuestros ratos compartidos leíamos cuentos de hadas en esos libros de gran formato de ilustraciones deslumbrantes desplegadas a toda página y a veces hasta en dos páginas seguidas, de los que yo tenía montones; y ella adornaba esas fantasías con alucinaciones de su imaginación y creencias propias de su candor; por ejemplo, en algún lugar del mundo, decía ella, existía un país llamado Liliput poblado por gente chiquitita, más pequeña que los enanos, pero a diferencia de estos, que son contrahechos, perfecta en su anatomía. Lo decía en uno de sus libros un autor cuyo nombre no recordaba bien si era Switz o Gulliver; y si aparecía en un libro era verdad.

La abuela se va a temperar

La abuela empeoró de sus achaques bronquiales y por consejo médico debió mudarse a un remoto pueblo de la costa, cuyos aires la aliviarían. Para mí la separación tuvo visos de tragedia. Ahora sí, la casa se convirtió en un laberinto de soledades y mi vida más allá de la escuela en un refugiarme cada vez más adentro en mis libros de cuentos, leídos a solas. Aparte de una sirvienta inútil para todo que de vez en cuando me echaba un indiferente vistazo, ahí no había nadie; para jugar debía inventar fantasmas y suponer soldaditos caídos en combate las gotas de lluvia estrellándose en el piso del patio.

De aquí que fuera una fiesta la idea de mandarme a pasar la Navidad siguiente con la abuelita.

Temperar le había hecho mucho bien a la querida anciana; los crueles ataques de asma casi habían desaparecido y ella se veía bonita y rozagante, tostada por el sol y el aire yodado. Estaba aposentada en una habitación arrendada con vista al mar, dispuesta precisamente para personas ansiosas de recuperar la salud gracias al ambiente marino, por una buena familia de la localidad. En su cuarto me acomodaron un lugar. Terminé con los besos y abrazos salí a conocer el pueblo.

La iguana

Apenas a una cuadra de la casa está la Plaza Bolívar, con un busto en el medio, algunos bancos y cuatro "jardines" llenos de breñas; en uno de ellos descubro al animal más parecido a un dragón jamás visto; un dragón en formato reducido, claro, porque los de las ilustraciones de mis cuentos eran enormes. De pronto la bestia echa a correr y se pierde entre el follaje; entonces siento una presencia a mis espaldas.

Es un muchacho cetrino, de pelo indiano, como de mi edad: de unos ocho años. Después sabría su nombre, Henry, y su edad, apenas un año mayor que yo; no obstante, por su estatura y contextura enjuta parecía más joven. Nos miramos con recíproca curiosidad durante un rato, sin decir palabra.

− Es una iguana −afirma él al fin−. Ese animal se come y sabe a pollo.

−A mí me parece un dragón chiquito −respondo.

El hecho es que Henry no tenía la menor idea de un animal llamado dragón, tanto como yo ignoraba la existencia de las iguanas.

Y nos hicimos amigos.

Los compinches

Henry vivía en una casucha vieja de paredes de barro y techo de zinc, bastante destartalada, en la periferia del pueblo. Me llamó la atención la ausencia de muebles: apenas una sillas rústicas regadas por ahí, en un cuarto con piso de tierra apisonada.

Encompinchado con Henry pasé los días más felices de mi vida. Siendo yo niño citadino obligado a la soledad, restringido en sus salidas de la casa y en el compartir con otros chicos a los que, por ignoradas razones, me prohibía frecuentar mi madre, cuyas frustración e ilusiones clasistas se transvasaban en sobreprotección, de pronto me encuentro bajo el cuidado libertario de una abuela que de no haber sido por su edad y su cojera, consecuencia de un accidente cerebrovascular, se habría empatado en todas las aventuras. Un niño por primera vez dejado a su placer en un ambiente natural sin límites: el mar al frente, la playa a los lados, el cielo arriba, con un compañero del lugar, conocedor de ese mundo como la palma de su mano. Formidablemente bien la pasaba con mi amiguito, y él conmigo, gracias a ese misterio que conduce a trabar amistades. Había otros pocos niños, claro, con los que jugábamos a veces, pero la "llave" éramos Henry y yo. Él me llevó a explorar las dunas y las cuevas de los alrededores del pueblo; me enseñó a pescar desde las rocas avanzadas hacia el mar y a cazar lagartijas y cangrejos con su navaja; yo desplegué ante sus asombrados ojos mis libros ilustrados con láminas de la condesa de Ségur, Dulac, Rackham y Delmont; le hice saber la naturaleza de las hadas, los unicornios y los dragones y le conté de Caracas, distante, inconcebible; le hablé de los paseos en su tranvía, de su montaña Ávila, de sus parques llenos de cascadas, pájaros y flores: Los Chorros, El Calvario... Cada uno se maravillaba de los saberes del otro; cada uno celaba su posesión y envidiaba la su compañero. Yo habría dado la vida por ser dueño de esa navaja de Henry; Henry la suya por mis libros. Entonces le propuse un trato: navaja por libros; razoné: tenía muchos, incluso repetidos; sería un trueque fácil, supuse a partir de mi viveza de niño urbano; pero el chico rural no tenía nada de pendejo; después de angustiosas vacilaciones me pidió más libros de los que yo estaba dispuesto a darle.

Supliqué a mi abuela el regalo de una navaja, argumentando la necesidad de estos utensilios en mis "excursiones". "¡Ni loca!" −exclamó, escandalizada− "¿Pretendes que tu madre me mate?" En efecto, mi mamá sentía horror por esos artefactos y lo último a esperar de ella sería el permiso para tener una navaja.

En mis duermevelas oyendo el oleaje del mar, acaricié la idea perversa de robarle la navaja a Henry.

La víspera del 24 le pregunto a Henry qué le había pedido al Niño Jesús. "Nada", responde, y añade: "A mi casa no viene el Niño Jesús. En diciembre mi mamá me compra ropa; el año pasado me dio un pantalón y una camisa".

Sumamente sorprendido, insisto:

− Pero el Niño Jesús trae juguetes.

− A mí, no −responde Henry−.

El mandado

Le cuento a la abuela el caso, para mí muy extraño, de un niño que no recibía regalos del Niño Jesús.

Terminada mi exposición, la anciana parece entrar en una especie de éxtasis brevísimo, al cabo del cual me dice:

− Acabo de hablar con el Niño Jesús y está muy preocupado por Henry y por otros niños como él. ¿Te acuerdas de lo que te conté, que él no tiene tiempo de llevarle juguetes a todos los niños del mundo? Pues bien, ese es el asunto con el pobre Henry. ¡Pero también me dijo que él quiere hacer de ti su mensajero! Mañana le vas a llevar un regalo mandado por él.

Con su andar brincadito, de pajarito cojo, la abuela se pierde en su cuarto y vuelve con un paquete primoroso, envuelto en un papel estampado con arbolitos de navidad y copos de nieve; me da la impresión de ser un libro semejante a los míos de cuentos de hadas.

Sus instrucciones son precisas: al día siguiente debía entregárselo a Henry, explicándole que era un regalo enviado por el Niño Jesús por intermedio de la mí persona. No podía abrirlo hasta pasadas las doce de la noche del día 24, de otro modo su contenido se disolvería "como una bocanada de humo", así fueron sus palabras.

− Abuela −comento desconcertado−, esto es muy raro...

−Sí, ¿y qué? −responde ella−. El Niño Jesús es el Niño Dios y puede hacer lo que quiera; a veces manda sus regalos por caminos extraños...

Su irrebatible argumento me convence, así que al día siguiente, temprano, cumplo con mi cometido, repitiendo textualmente ante Henry las palabras de la abuela. No sé si Henry creyó en ellas; en cualquier caso, su expresión de estupor fue mayúscula; no rió y tomó el paquete con una disposición reverencial. Quizá las creyó, porque Henry era un niño de apenas nueve años.

Celebraciones

En la mañana del 25 mi alegría estalla a los cuatro vientos al encontrar entre los regalos puestos al pie de mi cama la más ferviente de mis peticiones hechas al Niño Jesús: ¡un mecano! Claro, yo habría preferido una navaja, pero lo sabía imposible. Me extraña, eso sí, no ver entre ellos ningún libro de cuentos, dado que lo hubiera pedido o no, nunca había faltado en el lote de mis regalos navideños.

Súbitamente se presenta Henry, jadeante por la carrera. Si yo estaba feliz con mi mecano, él estaba vuelto loco con el suyo; tal como lo había supuesto cuando actué de mensajero, consistía en un grandioso libro de cuentos de hadas ilustrado.

Dos días más tarde me llevan de vuelta a Caracas, y ni me despido de Henry.

El regalo

Decir que brincaba de alegría por la proximidad el jolgorio navideño sería poco; en realidad, la celebración del nacimiento del Redentor, el arbolito de navidad centellante de luces, el nacimiento, las hayacas, los aguinaldos y los regalos se opacaban, todos se opacaban, ante la idea de estar con la abuelita y de gozar de esa sensación estupenda de ser libre en compañía de Henry.

Llega, ¡al fin!, otra Navidad y vuelvo a ser enviado a pasar las vacaciones con mi abuela. Deteniéndome con ella apenas lo necesario para intercambiar un abrazo y un par de besos, salgo corriendo en búsqueda de mi compañero, sin atender a su llamado.

Abre la puerta de su casa una señora larga y flaca. Pregunto por mi amiguito y ella me mira desconcertada. Sale del interior del rancho otra mujer de aspecto triste y desaliñado. "Él pregunta por Henry", informa la primera. Las señoras intercambian una mirada, luego la última en aparecer, inclinándose hacia mí y dejando oír una voz frágil, lejana, pregunta: "¿Tú eres Rubén, el nieto de doña Ana Teresa?" Contesto afirmativamente; entonces, llevándose las manos al pecho, como para contener ahí, quieto, algún dolor, ella musita:

− Henry se murió, mi amor... Se enfermó y se murió...

No encuentro qué hacer: vivo un momento de angustia honda y desgarradora en nada semejante a ningún otro vivido; ni siquiera estoy entrenado para decir las frases rituales propias de esas circunstancias: "¡Lo siento en el alma!". "Mi sentido pésame"... ¿Cuál es su significado? ¡Apenas soy un niño de nueve años! ¿Qué es eso de que mi amigo "se murió"? ¿Cómo puede haber muerto un niño de diez años de una enfermedad? ¿Acaso no hay médicos ni hospitales? ¡No entiendo nada! Algo se desmorona en torno a mí. Lo que me rodea deja de existir: es el vacío y yo estoy en la nada. Ni siquiera lloro: esbozo una sonrisa idiota y hago un gesto vago, sin sentido; opto por darles la espalda a punto de iniciar algo muy parecido a una fuga, una carrera desesperada hacia ninguna parte, cuando un imperativo "¡Espérate, Rubén!" me hace volverme hacia las mujeres.

−Henry te dejó una cosa... −dice la señora y se pierde en el interior del rancho.

La otra permanece en la puerta, mirándome compasiva, con las manos apretadas a la altura de su pecho. Ella habla sin mirarme, como para sí misma, tal vez para aliviar la angustia; o quizá para llenar el silencio; capto frases aisladas de su parloteo...

− El doctor hizo lo que pudo, pero por aquí no hay hospital, mijo... Si hubiéramos podido llevarlo a Caracas... ¡Sí, a lo mejor no se nos muere!...

Un momento después vuelve la primera señora trayendo algo en sus manos.
− Henry dijo... antes de irse... que si alguna vez volvías por aquí, te diera esto, que a ti te gustaba mucho...

Y me entrega la navaja.

Ni las gracias les doy; me largo a correr, como un loco, buscando el regazo de mi abuelita, donde me refugio de un mundo que de súbito se ha vuelto ácido y hostil.

−¡Mira, abuelita, mira! −balbuceo, ahora sí, llorando a moco tendido y mostrándole la navaja− ¡Henry me la dejó!

La abuela me abraza con fuerza, con fuerza, hasta hacerme sentir integrado a ella, fundidos en un solo ser. Y la escucho musitar, en una de esas reflexiones íntimas que se le escapan a uno:

−Lo cierto es que el Niño Jesús de verdad a veces hace llegar sus regalos por caminos muy extraños...
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Chapulín Colorado



Registrado: 12 Jun 2007
Mensajes: 6965
Ubicación: @ChapulinND

MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 11:45 am 
Título del mensaje:

Hemoso cuento.

Conmovedor.



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Misco Jones



Registrado: 14 Abr 2007
Mensajes: 48671

MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 2:32 pm 
Título del mensaje: EL NIÑO JESÚS...

Rubén:


Gracias por el relato...!!!
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Toño el amable



Registrado: 23 Nov 2006
Mensajes: 1751

MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 2:45 pm 
Título del mensaje:

Conmovedor verdaderamente. ¿Existe o no el Niño Jesús?
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Vago XerXer



Registrado: 03 Nov 2005
Mensajes: 191
Ubicación: Por ahí

MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 4:49 pm 
Título del mensaje:

Excelente relato, me hizo recordar a una de mis abuelas con quien mantuve una relación super especial.
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Letixia



Registrado: 22 May 2007
Mensajes: 1033

MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 6:33 pm 
Título del mensaje:

Hermosa historia, realmente conmovedora.
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debayle



Registrado: 27 Sep 2005
Mensajes: 567

MensajePublicado: Lun Dic 24, 2012 11:47 pm 
Título del mensaje:

Gracias por tan hermoso cuento ! Feliz Navidad !!
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Letonia



Registrado: 31 Jul 2005
Mensajes: 2984

MensajePublicado: Mar Dic 25, 2012 3:16 pm 
Título del mensaje:

HERMOSO !!!! Me hizo llorar !!!
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Anna



Registrado: 30 Sep 2005
Mensajes: 6953
Ubicación: AVERGONZADA DE LOS CHAVISTAS

MensajePublicado: Mie Dic 26, 2012 1:35 am 
Título del mensaje:

YO TENGO EL SIGUIENTE QUE FUE PARTE DEL SERMON DE NAVIDAD....

ERASE UNA VEZ UN SENOR QUIEN NO TENIA NECESIDAD DE DIOS. LE BASTABA -DECIA EL-CON SER ETICAMENTE BUENO. CREER EN DIOS NO ERA NECESARIO....

UNA NOCHE ESTANDO SOLO EN SU GRANJA SE DESATA UNA TERRIBLE NEVADA. LA TORMENTA SE CONVIERTE EN UNA HELADA. DECIDE ACERCARSE A LA VENTANA PARA ASEGURARLA CUANDO VE ALGO QUE LO ESTREMECE. ENTRE LAS VIOLENTAS RAFAGAS DE VIENTO Y LA NIEVE PUEDE OBSERVAR A UN GRUPO DE GANSOS QUE DESESPERADAMENTE TRATAN DE VENCER LOS GOLPES DEL VIENTO. SE AGRUPAN Y CAEN, TRATAN DE PERMANECER EN EL MISMO SITIO TODOS JUNTOS PERO LA FUERZA DEL VIENTO LOS DISPERSA. EL HOMBRE SABE QUE EN SOLO CUESTION DE MINUTOS MORIRAN SI EL NO DECIDE HACER ALGO.

SALE ESTE HOMBRE DE SU REFUGIO DESAFIANDO LA TORMENTA. PARA EL TAMBIEN ES PELIGROSO. PERO UNA FUERZA INTERIOR MAS GRANDE QUE SU VOLUNTAD LO OBLIGA A CORRER HACIA EL ESTABLO Y ABRIR SUS PUERTAS. TRATA DESESPERADAMENTE DE ASUSTAR A LOS GANSOS PARA QUE SE DIRIJAN AL REFUGIO, PERO SOLO CONSIGUE VER COMO ESTOS BATEN SUS ALAS ASUSTADOS ANTE SU PRESENCIA. SE RESISTEN A SER EMPUJADOS HACIA EL ESTABLO Y SOLO LOGRA DISPERSARLOS CADA VEZ MAS. EL HOMBRE SE DESESPERA. LOS GANSOS SE DIRIGEN A UNA MUERTE SEGURA.

SI SOLO UNO DE LOS GANSOS LE SIGUIERA HASTA EL ESTABLO.....LOS DEMAS SE APRESURARIAN A SU VEZ A ENTRAR.

Y DE REPENTE SE ENCUENTRA ESTE HOMBRE DESEANDO SER GANSO. SI TAN SOLO EL PUDIERA TENER ASPECTO DE GANSO ELLOS NO LE TEMERIAN SINO QUE LE SEGUIRIAN HASTA EL REFUGIO.

DANDOSE POR VENCIDO Y NO PUDIENDO AGUANTAR MAS EL FRIO, DECIDE ENTRAR A SU CASA A CALENTARSE CUANDO DE REPENTE UNA IDEA ASALTA SU MENTE.

ES EXACTAMENTE ESO LO QUE HIZO DIOS CON JESUS.

DIOS SABIA QUE SU GRANDEZA NOS LLENARIA DE TEMOR. QUE SU OMNIPOTENCIA NOS ATERRARIA, ASI QUE DECIDIO COVERTIRSE EN UNO DE NOSOTROS. UN SIMPLE BEBE EN PAÑALES PARA SALVARNOS Y QUE NUNCA MURIESEMOS.

EL HA PASADO TODA SU VIDA BATIENDO SUS ALAS Y REHUSANDOSE A SER SALVADO.

MIRO POR LA VENTANA Y VIO COMO LOS GANSOS ENTRABAN AL ESTABLO UNO A UNO. CORRIO HASTA SUS PUERTAS Y LAS CERRO CON FUERZA. ESTABAN A SALVO. MAÑANA CON LA LUZ DEL SOL LOS DEJARIA SALIR.

UNA SONRISA SE DIBUJO EN SU CARA.

DIOS TIENE MANERAS EXTRAÑAS DE EXPLICARNOS LAS COSAS.
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isadora



Registrado: 07 Dic 2006
Mensajes: 6331

MensajePublicado: Mar Ene 08, 2013 8:45 am 
Título del mensaje:

Crying or Very sad ...
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