Opinión
Ramón Peña
ND
Los sucesores
Los encargados de la revolución dejados por el caudillo no pueden ocultar sus carencias, su ausencia de capacidad propia para discernir las circunstancias que les toca vivir. Actúan halados por los hilos de los titiriteros de la Habana, sus acciones son burdos remedos del jefe que languidece, repiten sus frases infamantes: “Los enemigos de la patria que siembran odio”… “Los lacayos del imperialismo”, “¡El pueblo los reducirá a polvo cósmico!...”
Es triste la mediocridad de esta corte que nos lega el caudillo y triste también será su memoria. Pero no es casual, están allí por una meditada estrategia, porque al rodearse de mediocres el líder pudo gobernar sin límites, sin acechanzas y sin sombras. No fue casual incorporar al séquito de obsecuentes a los peor calificados en las listas de la academia militar –hoy gobernadores- o a resentidos del fracasado extremismo de los sesenta sin formación alguna para gobernar. De su desempeño da cuenta el sombrío y desastroso estado que presenta el país después de tantos años y tantos recursos.
Dante Alighieri, en su Divina Comedia, relata que las primeras almas que encuentra en los vestíbulos del Infierno son unas de “color triste,…tristes almas que vivieron sin gloria y sin infamia”, porque en vida su mediocridad fue tal que no sólo no alcanzaron fama por sus realizaciones, sino que ni siquiera les sirvió el indigno recurso de la infamia para salvarse de pasar a la eternidad sin nombre y sin memoria. Son almas a las que nadie recuerda. En su recorrido por los círculos del averno Virgilio le reitera a Dante: “No tienen éstos de muerte esperanza y su vida obcecada es tan rastrera, que envidiosos están de cualquier suerte. Ya no tiene el mundo memoria de ellos, compasión y justicia les desdeña…”.
Son eso, almas de color triste.
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