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Antonio Sánchez García: Ante el abismo
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Redacción
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Mensajes: 25273


MensajePublicado: Jue Nov 29, 2012 8:01 am 
Título del mensaje: Antonio Sánchez García: Ante el abismo

Opinión
Antonio Sánchez García
ND


Ante el abismo

El político y analista colombiano Fernando Londoño resaltaba recientemente el peligro que entraña para nuestro país encontrarse a la deriva, sin saber qué hacer con Chávez y sin saber qué hacer sin Chávez. El acucioso problema del Poder comienza a ponerse a la orden del día. ¿Seremos capaces de resolverlo de manera pacífica y constitucional? Es la gran pregunta. Su respuesta, en cualquiera de sus planos, depende de nosotros.

1

Este domingo dos de diciembre se cumplen cinco años de la primera gran victoria electoral de la oposición democrática venezolana. Tanto más importante y trascendente, cuanto que se trataba de una elección sobre asuntos de principios esenciales, que debían y deberían regir los destinos de Venezuela, más allá de sus incidencias políticas. Pues se trataba de decidir sobre el marco constitucional que debía fijar la ruta futura de una Nación ferozmente asediada por el intento más sistemático y devastador sufrido por la República en sus doscientos años de existencia para torcer su naturaleza institucional, pacífica y democrática, y dejarla al arbitrio de un caudillo delirante, belicoso y poseso decidido a implantar en nuestro país un régimen totalitario de signo castro comunista.

El infructuoso intento partió de un grave error de cálculo, que aún hoy, a cinco años de ocurrida esa derrota del castro comunismo venezolano, continúa encegueciendo a la cúpula militar gobernante, a saber: menospreciar la raigambre democrática del pueblo venezolano creyendo que la victoria electoral de Hugo Chávez en su primer intento releccionario frente al opositor Manuel Rosales constituía un cheque en blanco para abrir las compuertas del país al comunismo caribeño contenido en el paquete de leyes que propusiera de inmediato a su partido y lograra concretar su ministerio de elecciones el 2 de diciembre del año siguiente.

La aceptación de dicha propuesta plebiscitaria por parte de su asamblea legislativa y del CNE – con el indirecto consentimiento de una oposición democrática que aceptó el desafío a pesar de su pervertida naturaleza – violaba de manera flagrante los principios constitutivos de nuestra Carta Magna, sin que a la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia se le arrugara el semblante. Pues las reformas que se contrabandeaban en el paquete de leyes sometido a plebiscito violaban la norma supraconstitucional, según la cual reformas que afecten a la esencia de la Carta Magna – leyes supraconstitucionales - sólo son posibles jurídicamente si se realizan dentro del marco de una nueva Constituyente.

De modo que la iniciativa presidencial era violatoria por principio: pretendía, en rigor, torcer la naturaleza del Estado de Justicia y de Derecho fijado en la Constitución de 1999, modificando leyes esenciales que hacían a potestades presidenciales – la reelección indefinida y la ampliación del período de gobierno -; la existencia de las instituciones – creación del poder popular y ampliación de los componentes constitutivos de nuestras Fuerzas Armadas -; drástica modificación del régimen de propiedad, vulnerando el derecho a la propiedad privada y otorgándole al Estado el derecho a ser el único propietario de bienes y vidas, etc., etc., etc. Estableciendo, en suma, el Estado Socialista, con lo cual se vulneraban los principios enunciativos de nuestra Constitución y se hacía tabula rasa de toda una tradición constitucional republicana.

De ese modo, la sola realización de ese plebiscito era violatorio de la Constitución. A pesar de lo cual, la oposición democrática aceptó el envite. Con la máxima apuesta de alto riesgo que haya aceptado en estos 14 años de predominio castro comunista.

2

Que el presidente de la República había forzado la barra más allá de lo que la sociedad venezolana estaba dispuesta a aceptar y alguna de sus instituciones decidida a tolerar lo demostró el triunfo inapelable del NO con que se saldara el Referéndum Revocatorio de aquel histórico 2 de diciembre de 2007. La escasa diferencia de dos puntos porcentuales que el CNE estuvo dispuesto a reconocerle al NO, luego de una interminable puja de posiciones librada tras bambalinas en un tour de force que jamás llegaríamos a conocer plena y detalladamente, demuestra que aquella noche el país estuvo al borde del abismo.

Ya a las 5 de la tarde, cumpliendo con una faena de zapa que ha mucho tiempo debía haberla condenado judicialmente por prestarse a las manipulaciones totalitarias del partido gobernante, la empresa IVAD del encuestador Seijas dio por ganador al SI, encontrando eco en una agencia de noticias internacional asimismo habituada a servir de instrumento de manipulación del régimen, la empresa inglesa Reuters. Respaldados en las desembozadas falsedades de IVAD y Reuters, algunos políticos de gran ascendiente en sectores de oposición y con gran influencia mediática, de cuyos proverbiales trapisondeos más vale no ocuparse – a pesar de que continúan ejerciendo hasta el día de hoy su perniciosa y castradora influencia sobre importantes iniciativas democráticas – comenzaron a presionar para que la dirigencia opositora reconociera el triunfo del SÍ y aceptara “con hidalguía” su derrota.

Si su iniciativa hubiera tenido éxito, el presidente hubiera podido implementar de inmediato la construcción del Estado Socialista, a marchas forzadas y a paso de vencedores. Por fortuna para la resistencia verdaderamente democrática, diversos grupos de opinión respaldados por organismos dedicados a la experticia electoral que implementaron un vasto plan de control electoral tuvieron los exactos resultados estado por estado, alertaron a algunos dirigentes de los partidos de oposición y coincidieron en sus apreciaciones con altos mandos de las fuerzas armadas que puestos ante el grave dilema de aceptar un fraude que avalara la entronización del castro comunismo en nuestro país, no dudaron en exigir el reconocimiento por parte del CNE, ergo, del presidente de la República, de la derrota de la espuria iniciativa presidencial.

A Hugo Chávez no le quedó más remedio que aceptar su derrota, reconocer la victoria opositora y tras metabolizar el duro revés que no se esperaba, negociar la diferencia de votos de modo a salir del empacho con un logro honorable – el 49%, que hasta hoy no se lo cree nadie -, esperar unas horas y despertar al país con la insólita grosería, dicha ante el silencio estatuario de su Estado Mayor en su ya clásico tono retador y matonesco tachando la voluntad democrática del país de “victoria de mierda”. Al mismo tiempo que volvía por sus fueros afirmando que “por ahora” lo aceptaba, pero ya volvería con su mortífero paquete de decreto leyes bajo la manga.

3

Han pasado tortuosos 1825 días, vale decir 43.800 interminables horas desde entonces. Un cálculo promedio de 18.000 homicidios anuales nos daría una cifra virtual de 90.000 venezolanos asesinados desde entonces. Sin contar la de heridos graves o de mediana gravedad, los secuestrados, asaltados, robados y sometidos a la sevicia de un régimen carente de los más elementales escrúpulos morales y la más básica responsabilidad cívica. La ruindad económica no ha cesado, sólo ocultada a medias por un flujo interminable y constante de divisas que ha convertido al país en ese monstruo parasitario echado a las ubres del petróleo que Arturo Uslar Pietri temía como al Apocalipsis. Convirtiendo a Venezuela en un país exangüe, paralítico, ocioso, endeudado y mal vividor. Los índices de la CEPAL indican que la pobreza no sólo no ha decrecido, sino aumentado. Y decidido a implantar su delirio, Hugo Chávez ha sometido a todas las instituciones a su arbitrio, las mismas que, como el sistema judicial, se apocan dramáticamente y se someten cada día más, de manera más abyecta y obsecuente a sus tiránicos caprichos. Como hubiera dicho el genial poeta español Francisco de Quevedo, un país tan carente de justicia, que ya es un riesgo de vida tener la razón.

A pesar de todos esos pesares, la vitalidad del nervio democrático de la Nación se ha fortalecido hasta convertirse en una verdadera alternativa de Poder, como lo demostrara ese histórico 2 de diciembre y fuera reafirmado elección tras elección desde entonces. Un proceso de acumulación de victorias que hubiera terminado por imponer este pasado 7 de Octubre la necesaria transición hacia la democracia si el país no hubiera tocado el límite de lo que la voluntad desquiciada del presidente de la República y su camarilla castrocomunista – de la que depende la sobrevivencia de la tiranía cubana y la existencia del crimen globalizado que campea en la Venezuela roja – están dispuestos a aceptar. Al levantar la alcabala electorera y montar la arquitectura totalitaria de su ministerio de elecciones, Hugo Chávez pretende cerrar el ciclo de los enfrentamientos electorales en Venezuela y condenarnos a la apatía y el entreguismo de aceptar vivir en un estado totalitario. Un capítulo que pretender coronar apropiándose de los estados más importantes del país.

Perspicaces observadores internacionales advierten de la grave crisis de gobernabilidad que se abate sobre Venezuela en esta fecha emblemática ante el aparente e inevitable desenlace del costo que estos 14 años han cobrado en el cuerpo del teniente coronel. Ha arriesgado lo poco de vida efectiva que aún le quedaba para lograr imponer su reelección. Su ocaso, acompañado del grave descontento social que sus promesas imposibles de cumplir ya comienzan a desatar a lo largo y ancho del país, nos sumirá en gravísimos desajustes, crisis reiteradas cíclicamente y exponencialmente devastadoras. El aparataje institucional y coercitivo que ha montado será desbordado hasta extremos inimaginables. Venezuela, ya a la deriva, arriesga el hundimiento. Desaparecido el caudillo, la revolución se irá por el desaguadero de las ilusiones fracasadas.

El político y analista colombiano Fernando Londoño resaltaba recientemente el peligro que entraña para nuestro país encontrarse a la deriva, sin saber qué hacer con Chávez y sin saber qué hacer sin Chávez. El acucioso problema del Poder comienza a ponerse a la orden del día. ¿Seremos capaces de resolverlo de manera pacífica y constitucional? Es la gran pregunta. Su respuesta, en cualquiera de sus planos, depende de nosotros.
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