Jorge Antonio Galindo: La Revolución Cultural Maoísta

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Jorge Antonio Galindo: La Revolución Cultural Maoísta

Mensaje por redaccion » 06 Jul 2017, 22:22

Opinión
ND


De los comunistas no hay nada que sorprenda por muy grotescas que sean sus acciones. Para ellos, desde que se implementó la Revolución Bolchevique en 1917, existe un recetario que aplican para conquistar el poder, mantenerse y someter a la población. son las prácticas que desde hace un siglo han ejecutado en sus distintos proyectos marxistas globales, por lo que es imperativo el adecuado estudio de la historia y sus resultados para comprender, o por lo menos conocer, los riesgos de lo que se nos avecina en Venezuela si no frenamos a como dé lugar la siniestra constituyente del chavismo.

En esta oportunidad nos referiremos a un factor con el cual coexistimos desde hace dos décadas de chavismo y es el de la violencia como estrategia política.

Ciertamente desde el propio ascenso al poder del fallecido teniente Hugo Rafael en 1999, hemos venido observando la conformación de grupos de choques al margen de la ley con la intención de convertirlos en especies de fuerzas paramilitares en defensa de su líder. Esto no tiene nada que ver con la ideología, es simple adoctrinamiento fanático en la que se señala a todo el que disienta como el enemigo a vencer y en algunos casos a eliminar. Inicialmente se llamaron “círculos bolivarianos”, ahora sus nombres más conocidos son “colectivos”.

Pero es ahora cuando vemos con estupor las irracionales y criminales actuaciones de estas bandas de mercenarios: arremetidas armadas dentro de hogares familiares, siembra de terror en centros hospitalarios, extorsiones a comerciantes, salvajes golpizas a manifestantes, secuestros y asesinatos, amedrentamiento ciudadano y por supuesto el más reciente y violento ataque a la Asamblea Nacional. Los distintos testimonios de las víctimas de estas jaurías han sobrepasado la capacidad de asombro de quienes solemos contemplar ciertos límites de civilismo en nuestras conductas, pero el que crea que para ellos existe algún tope ético y moral que pueda limitar sus acciones debe poner mucha atención a un episodio histórico que puede darnos luces sobre lo que estamos enfrentando.

Como los comunistas responden al mismo patrón conductual, evoquemos a la República Popular China de los años sesenta, la era del mayor asesino de la historia: Mao Tse Tung.

Mao se había hecho con el poder en la década de los años cuarenta y desde allí impuso una Constitución totalitaria que le convirtió en una especie de semidiós en China. Imitó el proceso de colectivización de la producción que Stalin impuso en la URSS bajo sus llamados planes quinquenales. La idea era lograr que el milenario país asiático desplazara su economía feudal y alcanzara la industrialización velozmente, por supuesto bajo su concepción comunista. Se trataba que todo el pueblo, especialmente los campesinos, se abocaran a la fabricación industrial del acero, abandonando el campo que era la fuente de generación de alimentos por naturaleza. El sector agrícola literalmente colapsó y trajo como consecuencia la gran hambruna que dejó millones de muertos. A este plan le sucedió el “Gran Salto Adelante” que intentó reactivar la producción agrícola sin éxito pero que también perjudicó los discretos logros industriales del primer plan quinquenal, multiplicando las víctimas mortales de sus siniestras políticas. Por estas equivocadas acciones, el politburó del partido decidió desplazar del poder político a Mao, permitiéndole sin embargo continuar siendo la referencia ideológica de las masas.

Durante su ausencia de la presidencia del gobierno, Mao se dedicó astutamente a preparar su regreso. Para ello estaba dispuesto a derramar la sangre de millones de sus compatriotas si era preciso para lograr sus objetivos. Emprendió lo que se conoció como la “Revolución Cultural Proletaria”. Se trataba de emprender distintas estrategias para el adoctrinamiento masivo de la juventud china a fin de promover una generación que lo exaltara como el líder absoluto y que estuviese dispuesta a morir por él al enfrentar a los señalados como enemigos del pueblo.

De sus objetivos no se salvaba nadie. Los primeros en ser eliminados fueron los intelectuales, profesores, artistas, periodistas, etc., todo aquel que pudiera representar un pensamiento crítico que cuestionara la supremacía del padre de la revolución tenía que morir. En ese sentido, fueron centenares de milicias conformadas por niños y jóvenes que acudiendo a su llamado comenzaron a atacar sus escuelas, a matar a sus maestros, a denunciar a sus padres, a odiar a sus vecinos. Se les enseñó que matar sin remordimiento era heroico y no se debía medir consecuencia alguna. Después siguieron los “traidores”, los miembros del mismo partido comunista que por el simple hecho de cuestionar los criminales errores de los planes quinquenales y atreverse a desplazar al líder, fueron perseguidos y muchos de ellos ejecutados por la orgía asesina de mentes enfermas, “Mao no se equivoca, el que cuestiona a Mao es un traidor del pueblo” decían entre otras consignas. Al final, Tse Tung retornó al poder hasta su muerte en 1976 y solamente su revolución cultural dejó un aproximado de treinta millones de víctimas fatales.

Después de conocer esta historia podríamos tener al menos cierta idea de lo que están dispuestos a hacer los comunistas por mantenerse en el poder. Lo que hemos visto hasta ahora en Venezuela podría quedarse como niño de pecho ante las cosas que pueden estar por venir sin dejamos a la secta comunista que encabeza Nicolás Maduro concretar sus objetivos constituyentes.

Los ciudadanos amantes de la libertad estamos obligados a enfrentar con contundencia y sin vacilaciones a los que están dispuestos a matar y que nos quieren muertos. Lo que urge exigirle a la dirigencia opositora que las estrategias de lucha sean rediseñadas y que apunten al verdadero problema y riesgo al que nos enfrentamos. No se trata ya de una preferencia política o de un protagonismo electoral. Se trata de derrotar la barbarie. Se trata de salvarnos nosotros mismos, además de salvar incluso a los que apoyan esta grave amenaza que representa la implantación constitucional del comunismo sin tener la más mínima idea de lo que están exponiéndose al respaldarlo. Los días se acortan y necesitamos acciones claras y precisas, ya no hay tiempo para simbolismos ni errores.

Quizás ahora entendemos a Hugo Chávez cuando afirmó en distintas oportunidades que se declaraba maoísta. Tuvo razón. Lo era, ese fue el legado que dejó al despedirse aquel diciembre de 2012.

Profesor en Ciencias Sociales

Twitter: @jaggalindo
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