Jorge Antonio Galindo: El fetichismo al militarismo

Noticias, análisis y opinión de Venezuela y el mundo
Cerrado Nuevo Tema
1.- ND no se hace responsable por los comentarios de los foristas. El portal se reserva el derecho a eliminar aquellos comentarios que violen los Términos y Condiciones y el Decálogo del Forista, aceptados por los foristas al momento de registrarse. 2.- Los contenidos que aquí se muestran pueden ser inapropiados para menores de edad.
Avatar de Usuario
redaccion
Site Admin
Mensajes: 44105
Registrado: 29 Nov 2004, 18:13

Jorge Antonio Galindo: El fetichismo al militarismo

Mensaje por redaccion » 23 Jun 2017, 07:08

Opinión
ND


La cultura venezolana ha estado hermanada inseparablemente del militarismo. No existe etapa histórica republicana que no se vincule con la influencia castrense casi a modo de religión, a tal punto que nuestra idiosincrasia parece nacida en los cuarteles y es parte de nuestra crianza y formación social. No, no es una simple analogía. Un ejemplo cotidiano podemos extraerlo de nuestro sistema educativo: en nuestras escuelas y liceos hemos hecho costumbre que nuestros estudiantes deban adecuarse a la disciplina militar: deben usar el uniforme perfectamente ajustado a las normas, formar en filas para acceder a los recintos escolares, ponerse de pie cuando aparece la figura de autoridad, los varones deben usar el corte de cabello bajito y las chicas recogidos y sin maquillaje, las áreas de clases ordenadas en columnas y por supuesto, sin ningún tipo de apertura a la socialización entre compañeros porque la vista debe estar enfocada al frente para recibir las instrucciones del profesor. Cualquiera que rompa el orden se convierte en un problemático al que hay que reajustar. Si eso no es estructura militar, se confunde mucho en su parecido.

Pero en esta oportunidad no quiero centrarme en cuestionar la escolaridad. Lo que pretendo es exponer la mentalidad marcial que tenemos como país y quizás indagar en el origen de la misma.

Los militares sin duda han jugado un papel determinante a lo largo y ancho de nuestra historia, pero lejos de lo que pueda creer la tendencia heroica y nacionalista del intelecto popular, no ha sido precisamente para resguardar o defender los derechos y libertades ciudadanas, por el contrario, se han caracterizado por someter a la población bajo la premisa que ellos eran y son los únicos aptos para gobernar y mantener el orden en el país.

Desde que se creó la República en 1830, el siglo XIX venezolano se caracterizó por la anarquía generalizada de los caudillos que establecieron la violencia como la única forma de hacer política. El país se convirtió en una especie de olimpíada de golpes de Estado adornadas con el inexacto y romántico término de revoluciones, que impidieron desarrollar la madurez institucional necesaria para superar el irracional desangramiento nacional. Fue justamente en ese tiempo en que uno de los personajes más influyentes y autocráticos del siglo, el General Antonio Guzmán Blanco, comenzó a exaltar la figura del Libertador Simón Bolívar como símbolo para incentivar algo de conciencia nacionalista y orgullo patrio. Se trataba de despertar emociones en una población que no sentía apego a una República débil e inestable apelando a las hazañas militares de los héroes independentistas como estrategia de identidad con el gentilicio venezolano. Sin embargo, no se dedicó la misma atención a los notables civiles que intentaron desplazar la visión castrense tratando de imprimirle algo de cordura a un país despedazado por las constantes guerras interinas en medio de un Estado débil impedido de controlar el desorden republicano.

Pero en el siglo XX llegó el tiempo de agarrar al toro por los cachos y someterlo. La entrada en escena del último de los caudillos y quizás el de mayor trascendencia de la historia republicana, el General Juan Vicente Gómez, trajo consigo el momento de pacificar al país como una especie de patriarca que llegó a casa para instaurar el orden ante las travesuras y riñas de sus hijos. El “benemérito”, con el temple recio característico de los andinos, se hizo con el poder y estableció uno de los regímenes más personalistas y represivos hasta ese entonces, pero con ello logró erradicar el caudillismo y acabó con las guerras civiles, fortaleció el Estado y la unidad política nacional, suprimió cualquier vestigio de libertades que pudiera haber y no le tembló el pulso para encarcelar a cualquiera que osara desafiar su poder. Tales prácticas le hicieron acreedor del título de “Pacificador”, y de esa forma gobernó a Venezuela durante veintisiete años hasta su muerte en 1935. Todo lo logrado por el gomecismo fue gracias a un factor muy determinante: la creación del ejército profesional, de los hombres que a bayoneta y vehículo desplazaron a las montoneras de caudillos a caballo, además de las trasformaciones de la estructura económica que ciertamente jugaron un papel fundamental en el nuevo Estado moderno. A partir de ese entonces, la Fuerza Armada y el Estado fueron uno, los militares gobernaron alrededor de medio siglo permitiendo al país consolidar su estructura republicana y desarrollar un ordenado modelo económico, pero siempre ejerciendo el poder como una especie de nobleza feudal que tuvo acceso a las riquezas suficientes para definirse como la clase política y social dominante.

El gobierno de las Fuerzas Armadas significo el auge del fetichismo militar; fue el momento de la exaltación de monumentos y templos opulentos para el goce y disfrute de sus generales al tiempo en que el venezolano común se acostumbraba a vivir bajando la cabeza y guardando silencio mientras se beneficiaba de la paz y progreso encauzado por el uniforme de la autoridad. No habría razones para revelarse contra el sistema, al final de cuentas, usted vivía tranquilo y cómodo si no se metía en política, los hombres con uniformes trajeron la paz y el orden, ¿por qué alterar eso?, como dijo el Dr. Rafael Caldera en tiempos de Pérez Jiménez: “Por lo visto en Venezuela es más fácil militarizar a los civiles que civilizar a los militares”.
Al lograrse la democracia se pensó que la mentalidad militarista había logrado superarse, pero no fue así. Ciento veintiocho años gobernados por hombres de armas no fueron suficientes para aprender la lección, tanto se había acostumbrado el venezolano a bendecir la bota que lo oprimía que no supo manejar adecuadamente la libertad. En consecuencia, en cuarenta años de democracia siempre se mantuvo viva la sombra del militarismo, fueron muchos los que en medio de crisis políticas añoraban tiempos de dictadura con frases coloquiales como: “aquí lo que hace falta es que venga un Pérez Jiménez a poner orden en esta vaina”, estimulando así el protagonismo de los cuarteles, pensamientos que llevaron a muchos a aplaudir cuando un grupo de comandantes quebrantaron la ley e intentaron en dos oportunidades derrocar a un Presidente constitucional, pensamientos que en medio de la desesperanza partidista llevaron al poder a un militar y le abrió la puerta a la cúpula castrense para que se hiciera de nuevo con el poder. Se lo entregamos en bandeja de plata y las consecuencias las tenemos ante nuestros ojos.

Y como ironías de la vida, aquellos que nos oponemos a la bota militar terminamos reconociendo que necesitamos de ellos para impulsar un cambio. Nos debatimos entres quienes dicen: “Fuerza Armada es el pueblo en armas que gobierna” y los que decimos: “¿Cuándo será el día que los militares se pongan los pantalones y saquen a este régimen desvergonzado?”. Evidentemente el fetichismo militar que tanto daño nos ha causado vive entre nosotros como una especie de síndrome de Estocolmo. ¿Aprenderemos la lección esta vez?

Profesor en Ciencias Sociales

Twitter: @jaggalindo
[email protected]


Cerrado

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 2 invitados - Total usuario conectados a ND: