Antonio Sánchez García: 1958-2018, Castro o Rómulo, la encrucijada

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Antonio Sánchez García: 1958-2018, Castro o Rómulo, la encrucijada

Mensaje por redaccion » 11 Sep 2018, 20:26

Opinión
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"No podemos descartar ninguna medida para tirar abajo la dictadura de Maduro" Luis Almagro, Secretario General de la OEA.

“En 1941 todo estuvo en manos de dos hombres, Hitler y Stalin, lo cual refuta a su vez la teoría sociocientífica prevaleciente en la actualidad y según la cual la historia, especialmente a medida que progresa hacia una época masificada, está regida por vastas fuerzas económicas y materiales y no por seres individuales. La segunda Guerra Mundial no sólo estuvo marcada por personas concretas, sino que su curso lo decidieron los criterios y decisiones de individuos como Hitler, Churchill, Stalin, Roosevelt”.

Vale la pena citar a John Lukacs y su breve y brillante ensayo Junio de 1941, Hitler y Stalin, como también la de otro gran referente histórico inglés, el hispanista británico Hugh Thomas quien, posiblemente inspirado por la misma comprensión de causalidades históricas se refiere a otro proceso y a otras personalidades que se encontraran en una misma encrucijada, viviendo bajo las mismas o parecidas circunstancias, uno desterrado de una dictadura y asilado bajo otra vecina, el otro combatiendo a esta última con las armas, como condenados por el destino a entrecruzar sus vidas y sus historias, así como a encadenar en una demoníaca combinación de anhelos de libertad, de sometimiento y dependencia a sus naciones, Cuba y Venezuela: Rómulo Betancourt y Fidel Castro. Guardando las debidas distancias, tan contradictorios y existencialmente contrapuestos, aunque tan condenados por el destino a enfrentarse a muerte como Churchill y Stalin.

Ambos eran hijos de inmigrantes españoles: uno gallego, Ángel Castro, racista, blanco y colonialista, llegado a la isla de Cuba en 1898 como soldado raso entre las tropas de la corona y dispuesto a enriquecerse a cualquier precio – fue expulsado de la United Fruit, del que fuera supervisor encargado de custodiar sus tierras mientras se apoderaba de ellas – el clásico terrófago peninsular inescrupuloso, ambicioso y ladrón -; el otro, Luis Betancourt, canario, pobre, “blanco de orilla” como les calificaba con desprecio la aristocracia mantuana, nacido, crecido y hecho a la vida sin las caballerías de que se apoderara su contrafigura en Birán, el extremo oriental de la isla de Cuba – “tan dulce por fuera, tan amarga por dentro” - el caballero feudal llegado de las tierras de Franco tras la ilusión conquistadora de “hacerse la América”. Su hijo murió luchando por cumplir sus anhelos, tratando de apoderarse de ella. Su descendencia política no ceja en el intento, cuando pareciera acercarse el fin de este siniestro ciclo y una marea se avizora en el horizonte, decidida a destronarlos de una vez y para siempre.

Las madres marcaron sus vidas y de alguna manera prefiguraron sus destinos: la de Fidel Castro fue la pequeña Lina Ruz González, hija de la cocinera, violada a temprana edad por el hacendado y convertida, tras la separación de su legítima esposa, en la madre de sus hermanos. La de Rómulo, la guatireña Virginia Bello Milano, murió de cáncer cuando su hijo mayor cumplía los 10 años. Un duro golpe, cuya orfandad lo estremeció para siempre.

La bastardía marcó el destino de uno presignado por el odio y el rencor, como la pérdida temprana de su madre la íntima soledad del otro. Fidel se refugiaría en un homérico menosprecio por sus semejantes, un rencor jamás calmado por el mundo legitimado que lo rechazaba por ilegítimo y una colosal megalomanía – como cuentan los historiadores ha sucedido con muchos de los grandes tiranos de la historia, pues se duda hasta de la auténtica paternidad de quien le diera su apellido a Napoleón Bonaparte -, mientras que Rómulo no reconocería otra paternidad que la de su generación: la de 1928. Uno nació hijo de un potentado, condenado a ser el voraz e insaciable padre de una tiranía; el otro, pobre y en familia menesterosa, destinado a ser el progenitor de una democracia.

En ese hecho crucial hace descansar Hugh Thomas el que Venezuela no naciera, como Cuba, ensangrentada por los Idus del parto sangriento de una dictadura, a la que parecía predestinada por su historia; mientras que Cuba, a pesar de las condicionantes sociohistóricas que la inclinaban hacia la libertad, no se asomara jamás a una democracia verdadera. Así narra los hechos el hispanista inglés en su prólogo de diciembre de 1977 a la edición española por Seix Barral de Venezuela, Política y Petróleo, de quien considera su padre político, Rómulo Betancourt:

“Hace casi 20 años, dos países Latinoamericanos, Venezuela y Cuba, lograron deponer sus brutales gobiernos militares dictatoriales. Pérez Jiménez y Batista se veían obligados a huir y los dos, al final, se encontraron en España, donde otra tiranía, la de Franco, les concedía asilo. En ese momento parecía que, de los dos países, Cuba tenía mayores posibilidades de establecer una democracia. Después de todo, Cuba había tenido una especie de democracia, algo corrupta, entre 1902 y 1928 y de nuevo entre 1940 y 1958. Además los cubanos parecían naturalmente inclinados hacia la libertad. Cuba tenía la ventaja de tener una clase empresarial grande, la mayor parte educada en los Estados Unidos. Su red de comunicaciones era la mayor de toda América Latina. Pero dentro de poco más de un año estaría sufriendo una nueva tiranía mil veces más dura que la de Batista. Por otro lado, Venezuela, que tenía una infraestructura económica mucho menos desarrollada, logró establecer un sistema democrático, que desde entonces (1958-1977) ha soportado dos cambios completos de gobierno por vías pacíficas y parlamentarias y también una ofensiva bien organizada de la Izquierda Castrista…No es fácil darse cuenta rápidamente de la explicación para el grado de alto de éxito que ha tenido Venezuela…En la década de los 20 apareció una nueva generación de venezolanos que, desde la juventud, estaban empeñados en establecer un gobierno constitucional para su país… Entre estos hombres se destacó Rómulo Betancourt, y después de muchos años de lucha, de exilio, de peligro personal y de organización política, alcanzó el honor inmortal de ser el primer Presidente venezolano, libremente elegido bajo el sufragio universal, directo y secreto, que dejó el poder en forma normal y democrática.” Transcurrirían otros veinticinco años de democracia y el cumplimiento de otros gobiernos completos para que el ciclo sufriera un trágico trastrueque y la Venezuela de Rómulo se convirtiera en la satrapía de Castro y éste viera por fin cumplidos sus anhelos: apoderarse, hundir, devastar y humillar a la Venezuela legítimamente betancouriana.

Es como si, guardando las debidas distancias, a la muerte de Churchill un viviente e invencible Adolfo Hitler hubiera recibido de manos del general Montgomery el regalo intacto de la pérfida Albión. O como si a la muerte de Bolívar, Fernando VII hubiera recibido de regalo del general José Antonio Páez la pacificada provincia de Tierra Firme. ¿Cómo comprender un quid pro quo tan monstruoso?

Yo no lo comprendo. Como venezolano, sólo me avergüenzo. Y espero por la ruptura inexorable de esa demoníaca e infernal mancuerna. Venezuela debe ser liberada de Cuba y emanciparse de sus propios demonios. Por la razón o la fuerza. Qui vis pacem para bellum.


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