Nelson Castellano-Hernández: Ayer y hoy

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Nelson Castellano-Hernández: Ayer y hoy

Mensaje por redaccion » 22 Jun 2018, 22:02

Opinión
ND


No soy de los que afirman que todo tiempo pasado fue mejor. Aprecio la modernidad; los avances científicos; las causas justas que, la evolución de la sociedad, ha defendido y el progreso tecnológico que nos facilita la vida.

Si estas cosas no se hubiesen producido, no tendríamos antibióticos e innumerables medicinas para curar pestes, epidemias y enfermedades. Tampoco las comunicaciones hubiesen alcanzado el grado de desarrollo y rapidez que existe, no tendríamos teléfonos, internet, vehículos, trenes o aviones.

Quizás todavía existiría la esclavitud, las mujeres seguirían oprimidas o los descendientes de Hitler gobernarían la Europa de postguerra. Quizás…

Cuando realizaba estudios de filosofía en Francia, tuve la oportunidad de contar con un profesor de “vanguardia”, un ilustre viejecillo que nos explicaba como lo artificial era natural al hombre.

A sus cercanos 90 años enseñaba cómo, la inteligencia inmanente al ser humano, nos hacía participes de la creación, afirmación que nos causaba estupor, viniendo de un sacerdote dominico. Evidentemente no se refería a las creaciones modernas de la moda o la pintura; al contrario, afirmaba como la razón, los valores transcendentales y la responsabilidad del hombre, determinaban la validez de su actuación.

La modernidad no puede ni debe alejarnos de nuestra naturaleza, ni convertirse en un peligro para la supervivencia del mismo hombre, que le sirve de motor. Tampoco debe entenderse como un simple cambio u sustitución de realidades y condiciones.

Implica un sentido de evolución, en contraposición a la transformación negativa o involución. Se trata de que avancemos, construyamos, nos elevemos, encontremos soluciones… progresemos.

Entendiendo el progreso, como el resultado positivo de la actuación de la sociedad. Un resultado que no es ajeno a la responsabilidad individual, ya que es el hombre quien, en definitiva, es su autor.

No todo lo que hace el hombre moderno es bueno. No lo es cuando destruye la naturaleza, especies o la atmosfera; tampoco cuando utiliza armas nucleares o biológicas.

No es bueno el hombre que, en pleno siglo XXI, se apodera de un territorio y sus habitantes. El que, utilizando fuerzas extranjeras, reduce a un pueblo a la miseria para someterlo.

Así como respeto la evolución hacia cosa mejores, así rechazo la transformación negativa de la sociedad. No debemos limitarnos a despreciarla, necesitamos comprometernos a luchar, contra un sistema que voluntariamente nos atrasa y nos devuelve a realidades superadas del pasado.

En el siglo XXI no se puede permitir que, realidades propias a épocas superadas con la evolución, se impongan de nuevo a la fuerza, para esclavizar un país… y que desde él se amenacen los valores democráticos universales.

Un régimen tiránico, conformado por corruptos, narcos, blanqueadores de divisas y promotores de extremistas, como ha sido dicho, es “un impresentable desecho histórico”.

En Latinoamérica, en el norte del sur, existió un país llamado Venezuela. Rico en recursos naturales, con gente alegre y acogedora, con universidades de primera, museos, orquestas, médicos que se encontraban a la vanguardia de las ciencias.

Una patria con sensibilidad social, con Fe y Alegría, con corporaciones de desarrollo regional. Con trabajo, con mercados donde se encontraba comida.

No era perfecto, pero teníamos luz, agua, medicinas, arepas y papel higiénico. Creíamos en un futuro, teníamos esperanzas de progresar.

Ese país ya no existe, ni siquiera cuenta con militares que lo defiendan del invasor castrista. Se extravió el día que confundió progreso con bota militar, el día que permitió que sentimientos como el odio y la venganza entraran en su corazón y decidieran su futuro.

Ese hombre responsable de todo, no era bueno, aspiraba llegar al poder a como diera lugar. Lo intento primero con las balas, era su naturaleza.

Después escuchó consejos de viejos estrategas resabiados. Fidel, Raúl, José Vicente, Miquelena, fueron, entre otros, los “Rasputín” que le aconsejaron utilizar la democracia, para destruirla desde adentro.

Necesitó de corruptos, de gente sin escrúpulos, de incapaces, de los peores, de aquellos que están conscientes que solo así, lograrían “ponerse donde hay” y amasar las fortunas que hoy poseen. Esos obedecerían ciegamente, soportarían humillaciones y cumplirían a ciegas, el plan de desmantelamiento de las instituciones.

Nunca vimos tanto mamarracho junto, ni tantas mentiras anunciadas sin pudor. Jamás el cinismo se hizo tan patético… Y escuchamos absurdos como que, Venezuela producía para tres países; que no había crisis humanitaria; que las colas son buenas, que no hay luz por culpa de una iguana; que los anaqueles están vacíos, porque las neveras están llenas o que el CNE es garante de la voluntad popular.

Que falte el pan, la leche, los huevos, el pollo, la harina, en la dieta del venezolano; no inquieta la cúpula del régimen. Que mueran los enfermos, los niños; que el pueblo este huyendo aterrado, que la juventud deje de estudiar o que la delincuencia arrebate la vida de inocentes… los deja indiferentes… pareciera facilitar la labor de los colectivos y guardias nacionales.

La Venezuela de Bolívar, Bello, José Gregorio, Soto, Ramos Sucre, Sofía, la del tío Simón, Convit o Duarte, dejó paso al país de Maduro, Diosdado, El Aissami, Makled, Ramírez y los narcos sobrinos.

Pasó de tener ejemplos de inspiración, a sufrir las consecuencias de una dictadura, del adoctrinamiento, de la traición a la patria, la represión y la hambruna. Heredaron una tarea, destruir el estado de derecho, para culminar la herencia del chavismo.

Fuimos un ejemplo en América Latina. Hoy en día, la realidad producto de la gestión política equivocada, la economía destruida y la hiperinflación, acabó con la modernidad que se construyó, paso a paso, durante la vida republicana.

Las prácticas castristas implantadas por la “revolución” bolivariana, han atentado contra el propio Estado, destruido sus fuentes de ingreso, deshecho los lazos nacionales y generado la desintegración de la familia y la sociedad. Dejando al ciudadano desprotegido frente a los atropellos del desgobierno.

Sin embargo, surgen ejemplos de valentía: los jóvenes que no se rinden, María Corina que no se pliega, Ledezma que no descansa, Leopoldo desde su aislamiento, Mendoza que continúa produciendo o la anónima señora que, desde una cola interminable, se revela contra el atropello de la dictadura.

Maduro definitivamente perdió la guerra en el corazón del pueblo, quien hoy en día, con horror, reconoce su error, como presagio a la explosión social apenas contenida. Entiende que el respeto, el trabajo, la constancia, la preparación y los resultados eficaces, son los elementos con los que se hace funcionar un país.

Extraña una época que existió, donde la gente no moría de mengua. Sabe que es posible rescatarla; pero que, para ello es necesario un cambio que nos permita evolucionar.

Necesitamos ciudadanos que asuman valores transcendentales y su responsabilidad. Necesitamos aliados de adentro y de afuera, necesitamos uniformados que abran las puertas de la fortaleza anti histórica; la que impide el progreso, la auto determinación y la libertad.

El único camino es solucionar esto. Por duro que sea, nunca será peor a que todo siga igual.

Detener la involución es cuestión de vida o muerte… entonemos la letra del Himno Nacional, con una sola voz, necesariamente unida… hacia la Bastilla venezolana.

Ex Cónsul de Venezuela en París

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