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Opinión

Columnistas
Humberto Seijas Pittaluga

Tristeza y enojo

Una mezcla de ambos sentimientos me ha abrumado los últimos días. Y no sabría decir cuál de los dos es el más enajenante, pero sospecho que la rabia con “a” es la que predomina. Porque, algunas “actividades recientes y actuales” (para ponerlo en el lenguaje de los reportes de inteligencia) dejan ver hasta dónde ha claudicado la cúpula militar ante las imposiciones de los colonizadores cubanos y del valido que sirve de perifoneador de estos desde el palacio de Ciliaflores.

Humberto Seijas Pittaluga

¡Qué vergüenza, Ministro!

Las más recientes apariciones del MinPoPo Defensa causan pena ajena. Que quien tiene las más alta gradación en el escalafón militar y la representación de las Fuerzas Armadas en el gabinete ejecutivo salga, con un chorro de babas, pero primero que todo, aclarar que no fueron cuatro los militares asesinados sino tres, como para disminuir el efecto de la acción de unos irregulares extranjeros dentro del suelo patrio, ya deja mucho que desear.

Humberto Seijas Pittaluga

Cuando esto termine…

Porque ha de terminar —y ojalá sea más pronto que tarde—, desde el mismo día siguiente habrá que tomar medidas heroicas que aseguren el regreso de Venezuela a la senda de las naciones serias, generadoras de progreso, con instituciones que demuestren un profundo respeto al ciudadano. Ese retorno a la civilidad, al buen orden societario, al Estado de Derecho no será fácil. Implicará sacrificios de parte de todos. Y nadie podrá decir: “Señor, aparta de mí este cáliz”. El amor a la patria (en el correcto sentido de una palabra que ha sido prostituida por este régimen) nos exigirá que traguemos grueso, sigamos con el cinturón apretado hasta el último huequito y todos empujemos en un solo sentido. Eso lo sabemos todos. También sabemos que las primeras medidas del nuevo gobierno serán solo parches para solucionar lo urgente, no lo verdaderamente importante. El acometimiento de lo que en verdad es crucial para el progreso de la República es el siguiente paso. Pero para eso se requiere un basamento en verdades no fácilmente aprehensibles; implica el desbrozar la hojarasca y llegar al meollo de lo verdaderamente importante. Y para eso, no basta con agarrar un puño de estadísticas demoscópicas que, en la mayoría de los casos, tienden a mostrar lo que la gente quiere —casi siempre orientadas por lo que los griegos clásicos llamaban deseos concupiscentes—, no lo que de veras es necesario. De esas “verdades” estadísticas, de diagnósticos que se quedan en solo eso: en meras definiciones del problema, los tenemos por centenas. Pero ya no existe en el país un grupo formado por personas instruidas, honorables, con destrezas gerenciales y sin afanes de lucro personal que se dedique a pensar el futuro posible y el sendero crítico que ha de seguirse para llegar a él. Algo así como la Comisión para la Reforma del Estado (Copre) que funcionó en los 80 y los 90 y que logró hacerle ver a los partidos (aunque tuvieron que torcerles el brazo) qué era lo esencial para el progreso. De ahí se lograron adelantos como la descentralización de competencias, que la toma de decisiones estuviese más cerca del punto de aplicación de la fuerza (para emplear una frase medio ingenieril, medio militar), como la elección directa de alcaldes y gobernadores. Y el país dio un salto adelante; la provincia avanzó, se saneó a muchas de las instituciones. Eso no puede negarlo nadie, ni el más sectario de los maduristas. Pero, parodiando la letra de una trova cubana, “llegó el comandante y mandó a parar”. Todo regresó a la primera mitad del siglo XX, cuando todo se decidía en Caracas. Nada se movía sin que un burócrata de tercera, desde un escritorito gris en alguna oficina del Centro Simón Bolívar, lo autorizara. Cuando un funcionarito de medio pelo era quien decidía que —pongo un ejemplo tomado de la realidad— se comprara grúas porta-contenedores para un puerto como el de Güiria, que no las necesita porque es uno eminentemente pesquero y que no mueve carga contenerizada. Cosas como esas acontecen de nuevo desde hace veinte años y tiene trancado todo en Venezuela. Un Estado que tiene que preocuparse, indebidamente, hasta de que las camareras (que ahora son empleadas públicas) cambien las sábanas de los hoteles estatizados con abuso de poder. Lo que hay hoy es un centralismo emasculador de las iniciativas y la pujanza interiorana. Hoy los gobernadores y los alcaldes, sin importar cuán cercanos al solio ciliaflorino sean, no son sino meros pagadores de nómina. Y sisadores del presupuesto en la mayoría de los casos, claro... Regreso de la digresión: para la toma de decisiones trascendentales para el futuro del país se requerirá de un grupo humano muy calificado —parecido a la Copre en eso de que había más independientes que gente de partidos y en que todos tenían conocimientos profundos, buenas intenciones y mucha sensatez— que defina tanto los objetivos a ser logrados a cinco y diez años como la ruta para su consecución. Entiendo que algunos partidos de la oposición tienen algunos trabajos en ese sentido, pero sufren de un pecado original: son visiones teñidas de la conveniencia partidista (o de los planificadores). No por eso son desechables; pueden ser aportes sobre los cuales discutir, pero fuera de los conciliábulos partidistas, en el seno de esa nueva Copre. En ese acervo deben estar, como contribución importantísima, los hallazgos obtenidos por una magnífica iniciativa de la Universidad Católica Andrés Bello que se denomina “Reto País”. Las personas que componen ese grupo, liderado por el padre Virtuoso y contando con el concurso de diferentes entes interioranos —representantes de la academia, el empresariado, los estudiantes y las asociaciones de vecinos, por mencionar solo los más conspicuos— se mueve por todo el territorio nacional acopiando información que va más allá de lo meramente demoscópico. A esta, después, se le aplicará técnicas muy nuevas de análisis para concluir en cómo sería la Venezuela deseable y posible para el 2030. Cuando esto termine, todos deberemos pasar de la esperanza hacia la acción productiva de logros. Y eso se logrará solo mediante el compromiso pundonoroso de la mayoría de los venezolanos. ¡Sí se puede! [email protected]

Humberto Seijas Pittaluga

Odio que genera violencia

Fue Cicerón quien nos explicó que no hay nada más opuesto a la justicia que la violencia. Y, desafortunadamente, de injusticias y de violencia es que se encuentra ahíta la nación venezolana. A quienes les debiera interesar más que hubiese paz, concordia, entre los ciudadanos es a las autoridades; pero desde el mismo primer día lo que han hecho durante veinte años es concitar el rencor, la animadversión, la tirria, entre los venezolanos. Desde el mismo momento de la infortunada amenaza de freír en aceite la cabeza de los adecos, lo que ha abundado en Venezuela es la incitación el odio. Entre los distintos grupos sociales, las diferentes pigmentaciones de la piel, las distintas denominaciones religiosas. Todo ello, incitado por el pitecántropo barinés que no podía, no le interesaba, buscar la armonía en las comunidades. De allí que una de sus primeras afirmaciones atrabiliarias fue eso de que “robar no es malo”. El muy imbécil podía haber dicho que si se tenía hambre había varias alternativas para paliarla; desde trabajar más, que es la más sensata posibilidad, pasando por pedir prestado, rogar favores (ambas incómodas), y hasta mendigar (la menos deseable, pero alternativa al fin). Pero “robar” implica —si mal no me acuerdo de las primeras clases de Derecho Penal que recibí, aunque de eso hace más de medio siglo— “quitarle con violencia algo a alguien y tomarlo para sí”. No dijo “hurtar”, que también es y siempre será delito, porque implica el tomar algo que es ajeno, en contra la voluntad de su dueño, pero sin utilizar ni intimidación ni fuerza; solo la malicia, el sigilo.

Humberto Seijas Pittaluga

Día de la Nobleza Autóctona

Fue Boves II, tan empachado de indigenismo en un país en el cual los aborígenes no llegan ni al uno por ciento de la población, quien inventó el “Día de la Resistencia Indígena”. Muy al estilo de los revolucionarios de 1789, buscaba suplantar los nombres anteriores con los que se conoce a la fecha en que se conmemora el momento en el cual, por vez primera, un europeo y un americano se miraron a los ojos.

Humberto Seijas Pittaluga

Con cada día que pasa, una función menos

Hace días, Delcy Eloína, alias “Miss Simpatía”, generó titulares en los pocos periódicos que quedan cuando anunció que había “nacido la policía migratoria para preservar la seguridad ciudadana y el control migratorio”. O, por lo menos, eso es lo que cree ella. Añadió que será un nuevo cuerpo adscrito a la Policía Nacional Bolivariana y estará presente en los puntos de control que existen en lugares de la frontera terrestre, los puertos y los aeropuertos del país. Asimismo, agregó que estará integrado por personal de la Policía Nacional Bolivariana ya que dicho organismo está contemplado en la Ley del Servicio de Policía y del Cuerpo Nacional de Policía.

Humberto Seijas Pittaluga

Cuidado con pasarse de rosca…

La noticia pasó desapercibida para gran parte de la población. O, por lo menos, esta no se sintió preocupada por ella. Debe ser por la proliferación de afirmaciones altisonantes, a la ligera, que desde la cintura disparan los miembros de la cúpula militar en materia de relaciones exteriores. Cosa que, en países más serios, es solo prerrogativa de la Cancillería, o de más arriba.

Humberto Seijas Pittaluga

¡Cuidado con la frivolidad!

En estos días, la conversación de moda es acerca de la “invasión de los marines” y si se está o no de acuerdo con ella. Algunos más “cultos” (dicen ellos) en materias militares, agregan que será una guerra en la que el esfuerzo principal lo llevarán Brasil y Colombia, que ya están anotados como aliados del imperio. Que el poderío estadounidense se sentirá, más que todo, por bombardeos selectivos realizados mediante drones que son manejados, como si fuesen juegos de Nintendo, por un poco de nerds desde Colorado Springs. Que ya los americanos están escamados con lo que les ha pasado de Vietnam para acá, incluyendo a Irak, Libia y Siria, y que prefieren que los muertos los pongan otros. Quizá es en esto que están de acuerdo tanto un grupo frondoso de opositores como las gavillas de áulicos del régimen. Claro que a este último le interesa mantener caliente esa idea: destapa nuevamente aquello de “la planta insolente del extranjero” y mantiene a la población distraída de todos los padecimientos que sobrelleva por culpa, precisamente, de los desaciertos y latrocinios de la nomenklatura. Unos y otros, piensan que los muertos los van a poner “los otros”, que esta va a ser una “guerra por poder” (by proxy, dicen los más sofisticados), y que sí es así, bien vale la pena entrar en esa refriega. Ilusos, nadie sabe cómo ni cuándo termina una guerra.

Humberto Seijas Pittaluga

La culpa es de los jefes

El viejo aforismo militar explica que “el comandante es el responsable de todo cuanto haga o deje de hacer su unidad”. Y digo esto porque muchos venezolanos hemos notado con grima y disgusto una tendencia (pequeña, es verdad, pero no por eso menos preocupante) a la comisión de delitos comunes por parte de mandos medios de las Fuerzas Armadas.

Humberto Seijas Pittaluga

Choros, Sociedad Internacional Ilimitada

Esa sociedad, de anónima, nada tiene: sus socios más conspicuos son archiconocidos, llegaron al poder luego de venderse durante campañas políticas populistas, prometiendo el oro y el moro. El leit motiv era que ellos se iban a encargar de que el Estado proveyera con abundancia a los ciudadanos porque las arcas nacionales iban a abastecer a todos con alimentos, educación y salud. Después de acceder al poder gracias a esas añagazas, en sus respectivos países formaron una suerte de comandita para apropiarse de los dineros públicos. Todo ello, bajo el patrocinio del Foro de Sao Paulo, la dirección y bendición de Fidel —el decano del grupo y asesor de los socios de esas empresas en eso de secuestrar los fondos nacionales a favor de sus “asociados”—, y los auspicios del pródigo sabanetense que derrochaba el Tesoro Nacional en corromper lo poco que quedaba sano en Venezuela y en comprar amigos en todas las latitudes. Esto último les abría un abanico de oportunidades para hacer “negocios” con los cuales incrementar mutuamente sus peculios.

Humberto Seijas Pittaluga

Tikkun Olam

Álvaro García Valencia —un querido amigo que, aunque nacido en otros lares, quiere mucho a Venezuela porque vivió muchos años entre nosotros y la conoce bien— me planteó una de sus muchas preocupaciones por la actual situación venezolana. Y palabras más, palabras menos, me propuso que tratara de tocar “la conciencia de muchos venezolanos que viven en el exterior para que ayuden de alguna manera a sus connacionales que huyen del régimen maldito” cruzando las fronteras de Colombia y Brasil para regarse por varios países de Sudamérica, o desde cualquiera de los pocos aeropuertos nuestros que quedan con vuelos internacionales para viajar hacia Centroamérica, América del Norte, Europa y hasta las antípodas, Australia y Nueva Zelanda.

Humberto Seijas Pittaluga

Petrobabiecadas

¡Dios, cuánta estulticia desparrama este tipo! Y lo triste es que hay peores que él, que creen a pie juntillas todas las insensateces que aquel prodiga en cadena nacional. Ya son casi veinte años cayéndole a coba a la gente más sencilla de mente (que son la mayoría y por eso deciden quiénes deben encargarse de la presidencia, las gobernaciones y las alcaldías). Disparate tras sandez tras gansada tras payasada tras despropósito es lo que han disparado, por andanadas, en el lapso equivalente a cuatro presidencias de las anteriores. ¡Y nada que mejoran ni un poquito! Todo se ha desplomado ante su “accionar” y como consecuencia de sus “decisiones” en salud, energía, educación y demás factores esenciales para la vida ordenada en comunidad. Pero, sobre todo en economía es donde han desbarrado más. Tanto, que ha obligado a casi el diez por ciento de la población a emigrar en búsqueda de horizontes menos hostiles, que permitan el desarrollo de la vida en condiciones menos vejatorias, humillantes, que las que los rojos han intentado imponer en Venezuela por su afán comunista de igualar por debajo.

Humberto Seijas Pittaluga

Añoranza de los héroes civiles

En el nuevo cono monetario, el score quedó: militares 6, civiles 2. Y eso porque, en un saludo a la corrección política, incluyeron a una mujer. Pero Luisa Cáceres, con todo lo sufrida y abnegada dama modelo que fue, en verdad no llenó la medida del procerato. Es una figura ejemplar, pero que nada notable hizo por la patria.

Humberto Seijas Pittaluga

De censos, “atentados” y otras sandeces

No es por nada, pero estos tipos son unas estrellas en eso de poner a la gente a mirar para otro lado. Cuando ya yo estaba decidido a analizar el fulano censo automotor como factor de distracción que entretuviera a las masas para que no se ocuparan de murmurar y protestar por la hiperinflación y las crisis hospitalaria, educativa y alimentaria, vienen los genios del mal que trabajan a favor del régimen (sean cubiches o criollos) y sacan otro conejo de la chistera: “me querían matar”. Una reedición más de los sopotocientos “atentados” que denunció Boves II. Y a este se le ven las costuras tanto o más que a las anteriores; como el “intento” de tumbar el Caracol (por aquello de que el animal va por dentro) con un lanzacohetes superficie-superficie mientras el avión volaba hacia la pista de Maiquetía a 120 nudos y mil pies por encima del “conspirador”. O el rifle 22 en Ciudad Bolívar con el cual dizque iban a asesinar al antedicho y que fue decomisado a más de un kilómetro del lugar donde este estaba; por lo que era imposible: una bala que pesa menos de cinco gramos no tiene precisión a más de cien metros porque la mueve el viento para todos lados.

Humberto Seijas Pittaluga

¡Al ladrón, al ladrón!

Cuando escribo esto, todavía no se conocen las conclusiones a las que llegarán los participantes al congreso del Psuv. Lo que sí puedo pronosticar es que su desenlace será muy parecido a lo que sucede en la Asamblea Nacional de Cuba: un poco de ganapanes levantan la mano para “aprobar” una serie de asuntos que estaban cocinados desde antes de la inauguración del evento.

Humberto Seijas Pittaluga

Todo el mundo tiene la culpa, menos ellos

The Post-American World fue un best-seller entre 2008 y 2012. Su autor es el periodista estadounidense (aunque nacido en Bombay, hijo de indios) Fareed Zakaria, quien tiene un programa muy visto en CNN. El argumento central del libro es que, debido en buena parte a las acciones de Estados Unidos y los países de Europa Occidental para promocionar la democracia liberal, ahora otras potencias como China e India compiten con aquellos en términos de poder económico, industrial y cultural.

Humberto Seijas Pittaluga

País de paradojas

Tengo un amigo gringo desde hace más de cincuenta años. Fuimos condiscípulos en un curso de posgrado y desde ese entonces nuestras dos familias han sido una. Nos alegramos o nos entristecemos genuinamente con los acontecimientos de la otra. Conversando recientemente, Harold no podía creer algo que le explicaba: que en Venezuela, si uno tiene que comprar una hoja de papel bond tamaño carta, tiene que pagar con varios billetes impresos por las dos caras en un papel muy especial, con marcas de agua, lámina metálica inserta y demás características de seguridad. Al momento de la conversación, para adquirir la fulana hoja, uno tenía que entregar, cuando menos tres billetes: uno de veinte mil y dos de dos mil; cuando más: doscientos cuarenta billetes de cien. Como los precios varían diariamente, no sé a cómo estará la fulana hoja cuando esto salga publicado. ¿Cuánto le cuesta al Estado —mejor dicho, cuánto nos cuesta a nosotros— la impresión de cada billete?

Humberto Seijas Pittaluga

Escaras mentales

En un futuro cercano un niño le explicará a su abuelo: En el colegio me han puesto como tarea entrevistar a una persona de la familia y te he escogido a ti. Contéstame varias preguntas. La primera: ¿en qué te ocupabas cuando tenías menos edad? El viejo se henchirá y dirá: “Yo fui uno de los constituyentistas del año 17”. Y el carajito responderá: “¡’na guará de raya, abuelo! Mejor entrevisto a mi mamá”. Al inquirir el valetudinario el porqué, el nieto responde: “¡Tú fuiste uno de los cómplices en la destrucción del Estado de Derecho en Venezuela! ¡Por ti, un bojote de gente fue a prisión; muchas personas elegidas válidamente para ser gobernadores o diputados vieron cómo les arrebataban sus responsabilidades; tú fuiste cómplice de cuanta sinvergüenzura se cometió!”

Humberto Seijas Pittaluga

¿Cuántas coincidencias, no?

Estaba acopiando material para una conferencia que deberé dar próximamente y me topé con un documento —que ya tiene casi dos siglos y medio de haber sido publicado, y escrito para otras latitudes—, que he leído muchas veces en el pasado, pero que ahora se me ocurre de un paralelismo sorprendente con lo que ocurre actualmente en nuestro país. Es la declaración que hacen las trece colonias norteamericanas para explicar por qué deben separarse de Inglaterra. Invito a que hagamos una comparación entre las circunstancias que imperaban antaño por allá arrribota y las que nos tienen postrados por estos lares.

Humberto Seijas Pittaluga

El derecho de gentes

Con su más reciente intervención en la OEA, el primer yerno, quien funge de MinPoPoExteriores del régimen (que no de Venezuela), lo que hizo fue darse el auténtico tiro en un pie. El lenguaje camorrero, insultante, no solo no logró atraer votos favorables para los intereses que representa sino que, por el contrario, realizó el milagro de que algunos países que siempre habían apoyado las posiciones de la delegación venezolana —que, reitero, no son necesariamente las que convienen a Venezuela, sino a Cuba— saltaran hacia el otro lado, o por lo menos se abstuvieran.

Humberto Seijas Pittaluga

¿De cuál libertad hablan?

Todo el fin de semana pasado se llenaron las bocotas alardeando de que, como un gesto de reconciliación y facilitación del diálogo, le habían concedido la libertad a un grupo de personas encausadas por dizque “conspirar contra la estabilidad democrática” y demás zarandajadas parecidas.

Humberto Seijas Pittaluga

Colcha de retazos

La semana que recién pasó estuvo tan fecunda en noticias que uno no sabe a qué apuntarle; por lo que le toca embocar por la línea del esfuerzo mínimo, analizarlas al detal y dedicarse a hacer minicrónica de algunas de ellas. ¡Vamos allá!

Humberto Seijas Pittaluga

¡Nikolai, imita!

Ya todos sabemos qué va a pasar el próximo 20-M: la gran mayoría de los venezolanos no le haremos el juego al régimen y nos quedaremos en la casa, bien lejos de los centros de votación los cuales lucirán más desolados que en la farsa anterior, cuando designaron a una fulana constituyente que nadie reconoce y cuyos integrantes son una pila de ganapanes que son conocidos solo en las casas del Psuv. Y al igual que en esa inicua ocasión, en la noche, la muy inefable Tibi saldrá al balcón con su cara muy lavada a explicarnos que votó el 95 por ciento de la población y que la “tendencia irreversible” señala que el camarada Nicolás ganó con el ochenta y dele de los sufragios; y que, en razón de eso, será la persona que ha continuar dirigiendo lo que quede de Venezuela —si es que todavía subsiste algo después de tantos latrocinios e ineptitudes— por los próximos años.

Humberto Seijas Pittaluga

El síndrome de la infalibilidad

Para cualquier mortal debe de ser una carga muy pesada saber que nunca se ha equivocado en nada. Eso de llevar en la mente la preocupación de que pudiera perder ese record en su próxima toma de decisiones, debe ser fiero, espantoso. Menos para los del régimen, ellos saben que nada les sale mal porque para eso tienen a sus copartidarios que siempre les darán la razón legal. Eso que señalaba recientemente Moisés Naím, que en un lapso de diez años, el Estado no había perdido uno solo de los casos en que fue demandado (más de 54 mil), habla muy bien de los abogados de la Procuraduría y muy mal de los litigantes que accionan por las partes querellantes; además de que constituye un record mundial digno del libro Guinness y desafía toda la probabilidad estadística. Que toda la sapiencia jurídica esté en las mentes de un grupito de burócratas cobrasueldos debe hacer sentir muy mal a los jurisperitos más estudiados, más acreditados, que ejercen independientemente. Me imagino que a estas alturas, ninguno de ellos estará aceptando representar a clientes ante ese TSJ tan imparcial, tan lleno de lumbreras. Porque eso de llevar palo a pesar de lo sesudo y bien sustentado de las exposiciones no se lo cala nadie.

Humberto Seijas Pittaluga

El segundo advenimiento

El domingo pasado, Manuel Barreto Hernaíz, un querido amigo y un prolífico escritor, trajo a nuestra memoria algo dicho por Hannah Arendt: “'El súbdito ideal del régimen totalitario es el individuo para el cual la distinción entre realidad y ficción, entre verdad y mentira, no existe”. Es a ese tipo de gente a la cual se dirige (y en la cual se apoya) el ilegítimo que busca se reelección: la gente que sigue creyendo que estamos en el mejor de los mundos posibles, que aquí todo marcha a la perfección, que el punto de mira del fulano es el logro de la mayor cantidad de felicidad. Y que si eventualmente pareciera haber problemas con suministro de comida, medicinas, repuestos, dinero en efectivo, seguridad, salud pública, etc., se debe a que algunos malos hijos de la patria se han complotado con los representantes del imperialismo para declararnos la guerra económica. Pero, por lo demás, estamos en el verdadero Shangri-la, en una utopía hecha realidad, una tierra donde la felicidad es permanente y donde se puede (y se debe) vivir aislado del mundo exterior. Todo ello, hechura del muerto viviente y consolidada por su heredero. Tal tipo de gente crédula, acrítica —aparte de una cúpula militar igualita a la canción de Shakira: “bruta, ciega, sordomuda, torpe, traste y testaruda”—, es la que sostiene al régimen. Afortunadamente, cada vez son menos. Pero que todavía abundan, abundan.


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