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No reconozco, pero…

Si un candidato afirma que no reconoce los resultados de los comicios en los que acaba de participar, y además sostiene que no los reconoce porque tiene evidencias de que fueron fraudulentos, entonces está obligado a asumir una actitud general de no-reconocimiento a la situación política emanada de esos comicios. Si ello no es así, entonces la referida afirmación se disuelve en la nada, y con ella lo que tenga de credibilidad la figura política de que se trate.

Nuestra guerra económica

Todos conocemos el eslogan oficialista: “guerra económica”. Es lo que el G-2 cubano inventó para justificar el caos socio-económico que padece el país, y echarle la culpa de ello al imperialismo y sus etcéteras. Maduro y sus voceros no se cansan de repetir el eslogan y de buscar cualquier alegato para tratar de darle sustento. No parece que hayan convencido como convencía el predecesor, pero el efecto de la propaganda masiva y la combinación de censura con autocensura, no se puede despreciar.

Anarquía nacional y despotismo mafioso

Mucha gente piensa, equivocadamente, que el despotismo político-militar implica la existencia de un orden generalizado en la sociedad, en la que ese despotismo impera. No es así. De hecho, puede ser exactamente lo contrario. La situación de Venezuela lo expresa. Aquí impera un despotismo, pero al mismo tiempo el país se deshace en un caos que lo abarca todo. En el imaginario popular se conserva la noción de que los regímenes de Gómez o Pérez Jiménez, en Venezuela, alcanzaron un orden social que estaba asociado con el despotismo, o la llamada “mano dura”. Pero ello no tiene nada que ver con el presente.

Dejó la presidencia, pero no el poder

Los medios informan que ha ocurrido un “traspaso de mando” en Cuba. Pero, ¿en verdad ha ocurrido? En circunstancias ordinarias, no valdría la pena dedicarle un breve artículo al presidente títere de Cuba, Miguel Díaz-Canel, quien en su país es conocido como “Migue”. Pero claro, no vivimos en circunstancias ordinarias, sino trágicamente extraordinarias, porque Venezuela ha devenido en una colonia de la Cuba castrista, y todo lo que pase allá, lógicamente, repercute acá. De allí la pertinencia del tema, sobre todo con miras a la farsa electoral que se monta en Venezuela. Ciertamente, el general Raúl Castro Ruz le dejó la presidencia del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros a Miguel Díaz-Canel, un burócrata nacido y "formado" durante la "revolución cubana". Y Maduro no perdió tiempo para irlo a visitar en La Habana. Acaso como excusa para poderse reunir con el jefe de ambos… ¿Pero el general Castro dejó el poder? No parece, porque se queda como primer secretario del partido, es decir como jefe del partido. Y en Cuba el Estado depende del Partido Comunista, que a su vez depende de la familia Castro. En la “conmemoración” habanera del 1° de Mayo, el protocolo colocó en primer lugar al general Castro, después a Díaz-Canel. Y más allá de las ponderaciones protocolares, tan importantes en los regímenes comunistas, el poder real, efectivo, sustancial, sigue en las manos de Castro Ruz. Cierto que Díaz-Canel pertenece a una nueva generación, pero no creo que se justifiquen demasiadas expectativas con la referida “sucesión presidencial”. La reconocida blogera Yoani Sánchez ha escrito, desde la capital cubana, que todo esto sólo ha continuado la apatía habitual de la población, en especial de los más jóvenes, que no imaginan un futuro de oportunidad, sino fuera de Cuba. Podría argumentarse que el crimen de mayor calado que el castrismo ha perpetrado en Cuba, es apagar la esperanza natural que suele existir en los países cuya historia todavía es relativamente joven. Que la falta de esperanza sea irreversible o no, está por verse, pero al menos en los tiempos que corren, no hay espera de bienes futuros en la sufrida nación cubana. Ahora bien, ya casi nonagenario, es natural que el general Raúl Castro tenga un horizonte de vida muy limitado. Aún quedan otras figuras, de las llamadas “históricas”, en cuanto a su participación en la “revolución cubana”, que hasta son mayores que Castro Ruz. En pocos años, probablemente, ya habrán seguido el destino final del “líder máximo”, Fidel Castro. ¿Y entonces?

Potencia o chatarra

Una de las consignas publicitarias más favorecida por los voceros de la hegemonía roja, comenzando por el predecesor y continuando por el sucesor, es la de “Venezuela Potencia”, esto es, uno supone, el convertir a Venezuela en un país potencia, en una potencia regional, sobre todo en lo económico y social.

Mil millones de bolívares por un dólar

La tasa de cambio real, efectiva, de estos días es prácticamente –y sin el prácticamente-, mil millones de bolívares por un solo dólar. La cuenta es sencilla, si continuamos la numeración monetaria que existía cuando el predecesor de Maduro empezó su primer gobierno, entonces la tasa no es de un millón de bolívares por dólar sino de mil millones de bolívares por dólar. Recordemos que la “reconversión monetaria” le quitó tres ceros al bolívar.

¿Antesala de cuál cambio?

Se oye por todas partes que la situación venezolana es insostenible y que en cualquier momento ocurrirá un cambio político en relación con el poder. Lo que pasa es que eso se viene oyendo desde hace bastante tiempo, y tal cambio no ha ocurrido, y ni siquiera la situación catastrófica que sufre Venezuela ha sido debidamente tomada en cuenta para tratar de producir el ansiado cambio.

Un caos económico y social

¿Qué pasa cuando un médico pirata y pesetero le pone la mano a un paciente que puede estar en relativo buen estado de salud? Es probable que hasta consiga matarlo, pero en todo caso bien no le hará, sino mucho mal, llegando incluso al extremo de producirle la muerte. Cambiando lo cambiable eso es lo que ha pasado en la Venezuela de estos años, y sobre todo en los largos y penosos años en los que Maduro ha estado en Miraflores. El caos económico y social avasalla sin clemencia, y los más pobres son lo que sufren más. En el ámbito político y cultural pasa lo mismo o peor, pero ello será tema para otras líneas.

“Nunca entregaremos”…

Entre tantas expresiones que rebosan de ambigüedad engañosa, nos topamos con una que es inequívoca. Es inaceptable, pero esta declaración no admite interpretación en cuánto a su significado. La verdad es que no se anda con muchos rodeos la presidenta de la pretendida constituyente de Maduro, Delcy Rodríguez, cuando manifestó, por la calle del medio, que “nunca entregaremos el poder”…

¿Saldremos de esto?

Primero hay que identificar qué significa “esto”, y para mi significa el sojuzgamiento de un país por parte de una hegemonía despótica, depredadora, envilecida y corrupta. Lo de la “nueva reconversión de la moneda” lo reconfirma plenamente. ¿Y qué quiere decir “saldremos”? Pues superarla, dejarla atrás, transmutarla en una etapa de la mala historia del país, pero no para caer en otra modalidad de tragedia política, económica y social, sino para empezar a transitar el camino de la recuperación integral de Venezuela, lo cual incluye a la república, al estado, a la democracia, a la economía productiva, a la convivencia social. ¡Casi nada! Pero es así, porque todo ello ha sido derruido hasta sus cimientos, y por lo tanto la reconstrucción tiene que comenzar en las bases fundamentales de la nación venezolana.

La misma cantaleta

En la proximidad de cada atropello “electoral”, en especial durante los últimos dos años, cuando es público, notorio y comunicacional que la hegemonía despliega todas sus malas artes para controlar los resultados, es decir para defraudar descaradamente a la voluntad popular (antes, durante y después de la fecha comicial), nunca faltan los voceros políticos, los cometas de la política, algunos “expertos” politólogos, otros “encuestadores-consultores-oráculos” y otras especies de la misma fauna, que alegan con argumentos habilidosos –cuando no abiertamente falsos— que lo más prudente es participar en las anunciadas “elecciones”, a pesar de los pesares, y que se debe negociar con la hegemonía para buscar transiciones pacíficas al menor costo posible… Esta cantaleta se repite y repite, siempre con efectos desastrosos para la causa democrática de Venezuela y para el conjunto de los venezolanos, y sin embargo en cada repetición la cantaleta se difunde como si se tratara del descubrimiento del agua tibia.

Los criminales de la emigración

El sólo hecho de que uno de los países más reconocidos del mundo –Venezuela—por su histórica apertura a la inmigración, por la inclusión de los inmigrantes en el grueso de la sociedad, por su hospitalidad y acogida a los refugiados y exiliados de cualquier parte y de cualquier ideología, haya pasado a ser, a lo largo del siglo XXI, uno de los países con mayor cantidad y calidad de emigrantes, sobre todo de las nuevas generaciones, es una prueba irrefutable de la tragedia económica, social y política que se vive: una verdadera catástrofe humanitaria. Es la explicación lógica, cerebral, desapasionada e imparcial para explicar este fenómeno de tan graves consecuencias para la nación venezolana.

El candidato de Maduro

Maduro y los suyos necesitaban un candidato de cierta resonancia en el terreno de la oposición política, para tratar de convalidar las anunciadas “elecciones presidenciales”, ahora ampliadas con votaciones para otros cargos. Si Maduro corría solo en esos “comicios” quedaban más notoriamente al descubierto como lo que son: un fraude con mayúscula de la primera a la última letra. Una operación habilidosa siempre y cuando se consiguiera un candidato de cierta resonancia que, precisamente, la resonara como una iniciativa competitiva, seguro que no plenamente democrática, pero aceptable conforme a los estándares del “esto es lo que hay”…

La agonía de un país

La agonía es el estado que precede a la muerte. Y Venezuela, sin duda, es un país en situación de agonía. Los países no necesariamente mueren en el sentido de la extinción histórica, pero sí pueden morir como naciones independientes y viables, es decir capaces de ofrecer una vida digna y humana a su población. Tal cual lo que ya ocurre en nuestra patria, pero además lo que podría convertirse en una realidad definitiva o irreversible. Pero si es cierto que la agonía suele concluir con la muerte, también lo es que se puede salir de la agonía, recuperando la salud. Traducido esto al caso venezolano, sólo superando la hegemonía roja que aún impera, es que la agonía puede dejarse atrás, y el conjunto del país enrumbarse hacia su reconstrucción integral.

Venezuela no es Maduro

Una de las argucias más abusadas por las hegemonías despóticas, es el tratar de confundir una parte con el todo. En este caso, Venezuela es el todo, y el poder que la destruye es una parte –importante por su infinita capacidad destructiva, pero una parte. Sin embargo, cuando Maduro y los suyos se refieren a las denuncias, críticas, sanciones o condenas que reciben del exterior, siempre alegan que son denuncias, críticas, sanciones o condenas en contra de Venezuela… Mentira. Son en contra de ellos, Maduro y los suyos, y por razones más que merecidas.

¿Llegadero o calle ciega?

Tenemos por delante, básicamente, dos opciones. Terminar de llegar al llegadero, con las consecuencias catalizadoras de un cambio que ello podría implicar. O quedar bloqueados en una calle ciega, atrapados en el entramado de la hegemonía despótica, sin salida probable o por lo menos no a la vista. En ese sentido, entendemos por llegadero, el punto, la encrucijada, la circunstancia principal que, finalmente, supone el arribo al final de una etapa trágica –la revolución bolivarista, y el inicio, así sea sumamente complejo, de una etapa distinta que nos pueda conducir a la reconstrucción de la república, de la democracia, del estado, de la convivencia, de la economía, en suma: a la reconstrucción de Venezuela.

Arístides Calvani

En medio de la catástrofe venezolana, tanto política, económica y social, no faltará quién pregunte –con todo derecho--, por qué dedicar unas líneas al centenario del nacimiento del canciller Calvani. ¿Por qué ponderar a un personaje tan aparentemente remoto, cuando lo necesario es pensar en el presente y en el futuro? Pues bien, ese tipo de preguntas implican ya la respuesta. Y es que si desconocemos lo afirmativo de la trayectoria venezolana, no encontraremos asidero para superar la tragedia que padece la nación, y tampoco lograremos que el país se encamine hacia un destino digno y humano. Así de sencillo.

¿Qué hay? ¡No hay!

La escasez rampante y creciente, y los precios de hiperinflación de lo que a duras penas se podría conseguir, lo que hace que esos pocos productos sean muy difíciles o imposibles de adquirir, lleva a la gran mayoría de la población a preguntarse: ¿y qué hay?

No se puede o sí se puede

A cada rato uno se topa con declaraciones de personas reconocidas, sobre todo en el campo del derecho, en las cuales afirman, a veces no sin cierta jactancia, que tal anuncio de la hegemonía no se puede llevar a cabo porque es ilegal o inconstitucional, o que tal ejecutoria de la hegemonía no se puede continuar por las mismas razones, o que tal hecho cumplido de la hegemonía no se puede aceptar y tiene que ser revertido de inmediato, por las razones ya expuestas.

Radicales y fanáticos

En Venezuela hay un “debate”, por llamarlo de alguna manera, en el cual se cataloga a los participantes de la dinámica política en moderados o radicales. Los primeros serían los prudentes, los sensatos, los incluyentes, los que mejor entienden lo que pasa y debe pasar; los segundos serían los extremistas, los intolerantes, los polarizantes, los que son incapaces de ver más allá de su estrecho radio de opiniones o actitudes.

Negociación y acuerdo

En relación con el "diálogo dominicano", previsto a continuar formalmente en estos días, según han señalado, al alimón, voceros del oficialismo y de la oposición política oficial, hay que reiterar, por enésima vez, que para Maduro y los suyos lo importante no son los acuerdos que se pudiesen alcanzar (que de todos modos nunca han estado dispuestos a cumplir). No. Lo importante es la supuesta negociación como tal.

El 2018…

Mucho me gustaría repetir de manera sincera, el popular deseo de un “Feliz y Próspero Año 2018”, pero hacerlo sería una mentira descarada. Si ya las “Navidades” del 2017 fueron una absoluta catástrofe, sin precedentes en la memoria colectiva de los venezolanos, ¿qué se puede esperar del 2018? Si ya el 2017 fue peor que el 2016 –lo cual parecía imposible, y el 2016 fue peor que el 2015, y así hacía atrás durante varios años, ¿qué nos queda para el 2018?

Los huérfanos de la calle

Hace muchos años, el predecesor tuvo una fijación con el tema de los niños de la calle. A pesar de sus consabidas exageraciones y de su infaltable demagogia, se trataba de un tema nuclear para las nociones más elementales de la justicia social, y por eso, entre otras razones, alcanzó una gran resonancia en la opinión pública. Los niños de la calle que había en algunas ciudades importantes de Venezuela, no disminuyeron sino que aumentaron. Los supuestos centros de atención que fueron inaugurados en cadena nacional, se los tragó la incuria y el abandono. En la actualidad, los niños de la calle no son un mero tema que merezca una mejor atención del Estado y la sociedad en su conjunto. No. Es una tragedia de proporciones calamitosas, que va a la par con la catástrofe humanitaria que padece Venezuela, en plena bonanza de los precios petroleros en el mercado mundial.

¿Combatiendo la corrupción?

Mucho de que hablar –y escribir, está dando la pretendida campaña contra la corrupción que de manera pública, notoria y comunicacional se lleva a cabo por parte de Maduro y los suyos. Al respecto, lo primero es lo primero: una hegemonía política que es esencialmente corrupta no puede combatir la corrupción. Puede tratar de dar la impresión de que lo hace. Puede incluso ser eficaz en proyectar tal mensaje. Pero un combate serio, integral y a fondo de la corrupción es un imposible lógico para la hegemonía roja. Y no del presente sino desde el primer día. Una revisión objetiva, por ejemplo, de las ramificaciones del caso de los “narco-sobrinos”, recién sentenciados, daría suficiente cuenta de ello.

Se alborotó el avispero

La verdad sea dicha, el avispero oficialista siempre ha estado alborotado a lo largo del siglo XXI, e incluso durante el año constituyente de 1999. Sólo que en vida del predecesor, éste lograba mantener por dentro la procesión de las discordias, y cuando ya se agotaba el disimulo, se apelaba a las purgas, algunas definitivas y otras con ticket de retorno. Las historias e historietas son tantas, que la brevedad de las presentes líneas no permite abundar en ellas, ni siquiera hacer una relación más o menos significativa. El cementerio de los purgados es un erial extenso, y muchos de los que “resucitaron” siguieron siendo o se convirtieron en boliplutócratas.


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