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El abandono más notorio

No me refiero, exclusivamente y ni siquiera principalmente, a la iniciativa de la Asamblea Nacional de declarar el abandono del cargo del señor Maduro. El tema me recuerda, por cierto, cuando se hacen o dicen cosas en las que no se cree, más bien para salvar ciertas apariencias, o para no hacer o decir lo que de verdad se necesita para producir un cambio efectivo. Lo que en lenguaje coloquial se llama “saludo a la bandera”.

¿Nuevo elenco?

Es muy difícil que la palabra "nuevo" pueda asociarse con el señor Maduro. Los recientes "cambios" en el "gabinete" así lo confirman, por enésima vez. No sólo se trata, en principio, de más de lo mismo. Se trata de peor de lo mismo. Quizá uno de los peores "gabinetes" en el siglo XXI, lo que ya es mucho decir.

Un reclamo nacional

Por todas partes se escucha lo mismo: la oposición tiene que ser más activa, más beligerante, más comprometida con superar a la hegemonía. Ello se comprende, porque el año 2016, que prometía mucho al principio en materia de cambio político, terminó más bien en una gran frustración al respecto. Ni revocatorio, ni elecciones, ni autonomía de poder para la Asamblea, ni nada que sea, en efecto, un cambio de verdad.

¿Feliz Navidad y próspero año nuevo?

La tradicional expresión de estos días decembrinos, suena, en esta Venezuela menguada, a chiste de mal gusto, si no a punzante ironía. No hay derecho a que ello sea así. Pero la hegemonía despótica y depredadora que aún impera ha conducido al país a una gran crisis humanitaria en medio de una bonanza petrolera. Y en este mes de diciembre, todo se ha hecho más notorio por las “loqueteras monetarias” que han dejado a gran parte de la población sin efectivo.

La Nasa y la extinción de Venezuela

Un científico asociado a la Nasa acaba de suscitar algunos titulares de prensa, al sostener la probabilidad remota, pero probabilidad al fin, de que el planeta sea embestido por un meteoro que pueda generar niveles de extinción generalizada de la vida. El tema parece propio de una película de ciencia ficción, pero no lo es porque ya ocurrió hace millones de años.

La hegemonía sin Fidel

No me refiero al régimen castrista que viene imperando en Cuba desde 1959. Ese será tema para una próxima ocasión. Me refiero a la hegemonía despótica y depredadora que aún impera en Venezuela, fórmula habilidosa que fue montándose paulatinamente por Fidel y Chávez –acaso en ese orden, que Maduro y los suyos han continuado, y que ha tenido la “hazaña” de transmutar a Venezuela en una trágica crisis humanitaria, en medio de la bonanza petrolera más prolongada y caudalosa de la historia.

Tres mentiras

En el charquero de confusiones, matrices distorsionadas, simplificaciones erradas, opiniones tan consagradas como superficiales y, en general, numerosas manipulaciones que caracterizan a la opinión pública y publicada o transmitida en Venezuela –al respecto no se debe subestimar la labor tozuda del G-2 cubano, al menos resaltan tres mentiras que son de carácter monumental. Tres mentiras que se repiten y repiten, abierta o encubiertamente, y que van asentándose en las percepciones colectivas con consecuencias nefastas para Venezuela, y beneficiosas para la hegemonía despótica y depredadora que la sojuzga.

Un naufragio en medio del océano

Hay naufragios de naufragios. Cuando se producen cerca de tierra firme, e incluso cerca del puerto de destino, el naufragio puede ser menos oneroso, menos trágico. Hay más posibilidades de auxilio, hay más posibilidades para que se mantenga la esperanza de salir con bien. Pero si se produce en la mitad del océano, aún con los avances en la tecnología de las comunicaciones y los sistemas de rescate, el naufragio tiene una gran probabilidad de que sea completamente ruinoso.

La parábola del campo de concentración

Se trata de una “exageración pedagógica”, pero que en lo esencial ayuda a comprender la tragedia en que está sumida Venezuela. Como se sabe, una parábola, en la acepción de estas líneas, suele ser la narración de un suceso fingido, del cual se deduce, sin embargo, una verdad importante. Así nos lo enseña el principal diccionario de nuestra lengua.

¿Quién gana y quién pierde?

Con el tema del denominado “diálogo consensuado”, por lo menos en esta etapa, llevamos cerca de un año. Ha habido de todo un poco. Reuniones reservadas, informales, semi-formales, formales; anuncios de todo tipo, mediaciones de personajes políticos extranjeros, actuaciones del Vaticano, encuentros en República Dominicana; comentarios de la más diversa índole, críticas, apoyos, en fin, ¿qué no ha habido con el “diálogo consensuado” en esta etapa?

Aumentar la presión

Sí, es positivo para el país y para la causa de la reconstrucción de la democracia, que se le esté aumentando la presión a la hegemonía roja. Eso es lo que quiere la gran mayoría de venezolanos, que aprecia con esperanza la posibilidad de un cambio sustancial, que, al menos, empiece a sacar a la nación del foso.

Un craso error

Mucha gente, incluso con buena voluntad, sostiene que lo que hace falta es un proceso de diálogo bien concebido y concertado para que del mismo salga humo blanco, es decir, una transición relativamente ordenada que permitirá al país entrar en una etapa de democracia pluralista, hacer realidad la reconciliación de los sectores políticos, e impulsar el ascenso definitivo de Venezuela por el camino de la paz y la prosperidad. Gente de excelente formación y de incuestionable espíritu de servicio así lo considera.

La agonía de una ilusión

Con el debido respeto a los invidentes, verdaderos héroes de la humanidad, me permito recordar un viejo refrán popular: no hay peor ciego que el que no quiere ver… Y muchos se resisten a ver las realidades que no sólo están claras ante sus ojos, sino que las hemos y estamos padeciendo de manera implacable.

El “no”colombiano

Al presidente Santos le dieron el Premio Nobel de la Paz, pero los colombianos están dedicados a comprender qué significó, significa y significará el triunfo del “no” en el llamado “plebiscito por la paz”. Y quien debe tratar de comprender con mayor ahínco es el inquilino principal de la Casa de Nariño. Por lo pronto, debería estar claro que el estrecho margen a favor del “no”, no quiere decir que la mayoría de los electores estén en desacuerdo con la paz y prefieran la guerra. Concluir algo así sería absurdo.

Puro descaro

Hay gente que es cínica, y hace falta una cierta inteligencia para eso. Pero hay otros, también de mala fe, que no son cínicos sino descarados. Es decir crasos, acaso con no muchas luces en las entendederas, pero sí capaces de decir y proceder de manera absolutamente descarada: sin respeto por los demás ni tampoco por sí mismos. Todo ello viene a cuento porque algunos voceros del oficialismo alegan que no deben realizarse las elecciones regionales, porque son muy costosas, y el dinero debe destinarse al abastecimiento de alimentos... Son varios los que andan planteando eso, lo que significa que no es una iniciativa particular o una ocurrencia personal, sino muy probablemente una decisión política que están tanteando para luego anunciarla con más formalidad.

Sin sorpresas

Lo que está pasando con este revocatorio es muy parecido a lo que pasó con el revocatorio anterior. Todo un tributo a la manipulación política por parte del poder establecido. Cambian las fechas, algunos protagonistas –comenzando por el predecesor; cambian cierto tipo de artimañas, el contexto nacional también presenta cambios, pero en esencia los dos “procesos revocatorios” son la demostración de que la hegemonía hace y deshace lo que le da la gana. Incluso, podría razonarse, ahora con más descaro que en los años 2003-2004, época del primer revocatorio. Por lo menos en ese entonces estaban los saludos a la bandera de la OEA y el Centro Carter. Ya ni eso.

Oír todos los ruidos

En la historia venezolana, en general, el ruido del que más se habla cuando se habla de graves conflictos políticos es el llamado ruido de sables. Sólo durante dos largas épocas ello no fue tan así. Durante los lustros duros del gomecismo, donde más bien la política casi no hacía ruido, con muy pocas excepciones como los sucesos de 1928. Y durante décadas de la República Civil –hasta 1992-, donde el ruido de la política se hacía sentir, sobre todo, en las plazas y en los medios. Los venezolanos pueden dar testimonio responsable al respecto, a partir del proceso de pacificación.

Los tres tableros de Miraflores

Lo primero es una aclaratoria. Cuando coloco la palabra “Miraflores” en el título, no me refiero, solamente al viejo caserón de Misia Jacinta, sede principal del poder soberano de la República de Venezuela en otros tiempos. Me refiero, más bien, al lugar donde se reciben y se ejecutan las órdenes básicas que provienen del exterior. Las imparten los hermanos Castro Ruz desde La Habana, a veces directamente a Maduro que se lo pasa por allá, pero en todo caso se procesan en Miraflores. Triste destino para un palacio presidencial. Y esperemos, por lo demás, que ese destino cambie por completo y Miraflores se reconstituya en el sitial del poder democrático y soberano de nuestro país.

Mucho más que un desahogo

La marcha opositora del 1° de septiembre fue exitosa en varios sentidos. Hacía tiempo que no se daba una concentración tan masiva y entusiasta. Los preparativos e indicaciones de sus organizadores se fueron cumpliendo con respeto por parte de los marchistas. La cantidad de los mismos fue extraordinaria y la gente se movilizó por sus propios medios. El contraste con la coreografía de la actividad oficialista en la avenida Bolívar fue mayúsculo. Esto fue, como dicen los militares, un POV o un procedimiento operativo vigente, aquello fue una expresión libre y decidida del pueblo soberano.

Lo confirma Ban Ki-moon

Lo de la crisis humanitaria venezolana no es una especulación tendenciosa ni una argucia de opositores frontales. No. Es una realidad tan pero tan avasallante que hasta un diplomático en extremo prudente como el secretario general de la ONU, el coreano Ban Ki-moon, la ha reconocido de manera notoria, pública y comunicacional.

La guerra no convencional

Un funcionario de importante figuración en el entorno de Maduro acaba de declarar que “Venezuela es ejemplo mundial por su resistencia ante la guerra no convencional”. Y en esas declaraciones agregó que: “Venezuela es un ejemplo por la resistencia estoica, por el vigor y por la profunda moral de nuestro pueblo”. Lógicamente, mi primera impresión es que dicho funcionario, el vicepresidente de Planificación, Ricardo Menéndez, estaba mirando el espejo de los desastres de la hegemonía que representa.

Venezuela no está muerta

Hay quienes sostienen que los países no mueren. Pero los países sí mueren. La historia de la humanidad está repleta de cementerios de países, y no sólo de países sino de imperios y civilizaciones. El más reciente imperio en morir fue la Unión Soviética, a finales del siglo XX. A veces, los países no mueren en el sentido de que se extingan y desaparezcan de la faz de la tierra, sino que mueren en su vitalidad y destino. Permanecen como entidades formales, pero ya sin viabilidad, sin verdadera vida nacional.

Cambios de gabinete

Para empezar hay que decir que Maduro no ha tenido ni tiene lo que se llama un Gabinete o un Consejo de Ministros. Es decir un verdadero equipo de trabajo, entregado al servicio público y a convocar a todos los sectores para la participación en la definición de políticas públicas. Lo que al respecto ha habido y hay son unos funcionarios con títulos ministeriales, que nadie sabe exactamente qué hacen, y que los rotan o enrocan con tanta frecuencia, que en realidad suelen pasar por los cargos con pena y sin gloria.

Una muy pesada confusión

Una de las dimensiones más peligrosas de la crisis histórica que está agobiando a Venezuela, es la consideración de que los “problemas y dificultades” son consecuencia de fallas de gestión, de políticas públicas mal implementadas, o de poca confianza en los responsables del manejo estatal, tanto por su incompetencia, como por su improbidad, como también por sus desfases ideológicos…

Doble responsabilidad

La hegemonía roja tiene una doble responsabilidad en relación con la crisis humanitaria que padece Venezuela. Haberla causado, por una parte, y por la otra negar que exista a fin de impedir que el país pueda recibir la ayuda humanitaria que corresponde en estos casos extremos. Es un patrón de comportamiento, porque lo mismo pasa con la democracia o con el diálogo: los han destruido en los hechos, niegan que ello haya sido así, y cuando se presenta una iniciativa internacional para intentar contribuir con la reconstrucción de la democracia o del diálogo, la empantanan para que no sea capaz de producir resultados efectivos.