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El breve espacio en que no estás

El título de estas líneas lo tomo prestado de una maravillosa canción de Pablo Milanés –de los tiempos idos de la “Nueva Trova Cubana”, pero que esta vez no tiene ninguna referencia con temas románticos, sino con la tragedia continuada de Venezuela, que, al parecer del horizonte que se atisba, va a seguir padeciendo, seguro que de manera agravada.

El otro fraude…

Cuando en Venezuela se habla de fraude, casi todo el mundo mira hacia el CNE y hacia quienes lo manejan, sea desde Miraflores o desde el Psuv. El fraude electoral es el más notorio, el que no se puede esconder, el que está a la vista de quien quiera ver. Tanto, que hasta el propio representante de Smartmatic, en relación a lo acontecido con las votaciones del 30 de julio, declaró que se había producido una “manipulación” de la situación, que es, digamos, una forma habilidosa de denunciar un fraude. Y al parecer, en esa temática hay experiencia y competencia.

Un instrumento ciego

Cuando en Venezuela había educación primaria y secundaria, y no un simple remedo de éstas, uno aprendía de memoria las más sonoras frases de Simón Bolívar, una de las cuales reza así: Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción… La frase corresponde a una consideración más amplia que forma parte del Discurso ante el Congreso de Angostura, de fecha 15 de febrero de 1819, mejor conocido como el “Discurso de Angostura”. Allí Bolívar expresó la citada frase en el siguiente contexto: “Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia”.

La comparación de Marco Rubio

La declaración del senador estadounidense, Marco Rubio, sobre el diputado venezolano, Diosdado Cabello, en el sentido de que éste es el “Pablo Escobar de Venezuela”, es cualquier cosa menos una crítica inofensiva. La mente humana se mueve a través de analogías, y por eso la mención de Escobar junto a Cabello, es como una carga explosiva para todo tipo de conjeturas.

Ni paz ni democracia

En Venezuela hay cualquier cosa menos paz y democracia. Por eso mismo, es que la abrumadora mayoría de la población aspira a vivir en un país en el que prevalezca la paz y la democracia. Pero la hegemonía que sojuzga a Venezuela no está interesada en ello, sino solamente en preservar el poder para seguir depredando a la nación. Eso es lo que explica el despotismo, la represión y la violencia que signan sus ejecutorias.

El asalto a la Asamblea

Lo ocurrido el 5 de Julio en el recinto de la Asamblea Nacional, o el asalto violento perpetrado por la hegemonía roja –vía sus colectivos armados y custodiados por “efectivos militares--, es algo barbárico y brutal, pero no es algo nuevo. Variaciones de lo mismo, con más o menos violencia física e institucional, vienen aconteciendo desde principios del siglo XXI. Espero que la razón ya no sea difícil de entender: la hegemonía roja es radicalmente incompatible con la democracia, y lo ha sido así desde el principio, por lo que todo aquello que represente una oposición democrática es considerado como un enemigo que tiene que ser destruido. Y no sólo en su acepción más usual, sino también en el sentido de anular, inhabilitar, impedir que el contrario pueda surgir como un contrapeso efectivo al ejercicio del poder despótico y depredador.

Poder tiránico y pueblo en rebeldía

A estas honduras de la tragedia nacional, todavía hay voceros políticos y comunicacionales que se expresan en términos de las “amenazas, obstrucciones o restricciones” a la democracia venezolana. Lo cual, obviamente, implica que hay una democracia en Venezuela. Pero se equivocan de cabo a rabo, porque en nuestro país no hay un sistema de gobernanza democrática desde principios del presente siglo. Quien no se ha dado cuenta, no es porque no ha podido sino porque no ha querido.

Pompeyo, un gran ministro

Pompeyo Márquez (1922-2017) fue uno de los más importantes luchadores democráticos de toda nuestra historia. Y en esta afirmación no hay un átomo de hipérbole. Sus luchas políticas empezaron cuando todavía era un niño en tiempos del general Gómez, y no terminaron sino hasta su reciente muerte. Y bueno, terminaron en un sentido pero en otro no, porque su ejemplo continúa y acaso inspirando con más vitalidad que nunca.

Restablecer el orden constitucional

¿Qué le pasa a un país cuando el orden constitucional, siquiera básicamente democrático, se desintegra por causa del poder establecido? Pasa que ese poder se transmuta en tiranía, y si además de despótica, también es depredadora, envilecida y corrupta, pasa que ese país se hunde en un abismo político, económico y social, de consecuencias trágicas para la población. Es lo que ha pasado en Venezuela durante el siglo XXI, y en particular en los años más recientes.

La vulnerabilidad de la hegemonía

No es una expectativa ilusoria, es una realidad. En toda su trayectoria, la hegemonía roja nunca ha estado más vulnerable que en el presente. La crisis económica y social pasó de grave a catastrófica y ya entra en los terrenos de la crisis humanitaria. Los conflictos internos del oficialismo son cada vez más externos y la guerra es sin cuartel al interior del poder establecido. El frente internacional está muy erosionado, al menos si le compara con épocas relativamente recientes. La oposición política se encuentra más sintonizada con las aspiraciones populares, y el rechazo a Maduro y los suyos supera el 80% de la población. Las protestas se acuerpan y el compromiso social por el cambio de fondo, también. Si esto no es vulnerabilidad, nada es vulnerabilidad.

Barbárica represión

La barbárica represión que el poder ejecuta en contra de la población, no sólo ahora sino por lo menos desde hace 15 años, no es de factura nacional o venezolana, sino de procedencia foránea o castrista. Me refiero, claro está, al concepto de la represión masiva, completamente desproporcionada y con una violencia que busca atemorizar y extinguir la protesta. No lo consiguen porque la realidad de Venezuela no es la de Cuba. Pero la intención y la estrategia son muy parecidas.

La fuerza es la clave

Para vencer a una hegemonía despótica, depredadora, envilecida y corrupta, como la que aún impera en Venezuela, es decir, para superarla por las puertas abiertas de la Constitución formalmente vigente, hay que sostener el esfuerzo desde una posición de fuerza. De fuerza perseverante, intensa, creciente y que conlleve, necesariamente, a una coyuntura final en la que la hegemonía deba abrirle paso a una nueva etapa. No lo hará, desde luego de buena gana o por obra de su mera voluntad. Lo hará por causa de la presión popular. Lo hará de manera inducida. Pero lo importante es que lo haga, que la hegemonía, pues, sea superada.

El padrino del caos

El general Vladimir Padrino López acaba de declarar que no permitirá que el país “caiga en el caos”. Habría que responderle, que el país cayó en el caos hace ya muchos años, y que el siglo XXI, en líneas generales, ha sido una época de creciente y accidentado caos. De hecho, quienes llevaron a Padrino López a las máximas posiciones militares, son los principales responsables de haber sumido a Venezuela en el caos. Y me refiero, claro está, al señor Maduro y a su predecesor.

Los dueños de la violencia

Una hegemonía despótica, depredadora, envilecida y corrupta es por esencia violenta. Más aún, extremadamente violenta. Y ello se agrava, al menos, por dos razones: una, la imbricación entre la hegemonía y la delincuencia organizada, lo cual intensifica la violencia del poder. Otra, por la aplicación del modelo castrista de represión, que se fundamenta en el principio de que “no hay enemigo pequeño”, y que la represión a la crítica y a la disidencia tiene que ser lo suficiente brutal como para extinguir sus manifestaciones externas.

Miserables

No me gusta utilizar palabras que juzgan, palabras que, en sí mismas, ya implican una connotación evidentemente negativa. Y no me gusta hacerlo, básicamente, por dos razones. Una, porque se coloca en un segundo plano el análisis de los hechos, la argumentación, la demostración de las cosas. Dos, porque tampoco me gusta que utilicen contra mí, palabras que juzgan; uno se siente como sin derecho a la defensa, como condenado de antemano. Y eso, estoy seguro, no le gusta a nadie.

El derecho a protestar

Un vocero del oficialismo acaba de declarar que en Venezuela hay un exceso de democracia… Acaso diría lo mismo el tirano de Corea del Norte, salvando, naturalmente, lo salvable entre ambas realidades nacionales. Pero la clave está en presentar las cosas exactamente al revés de como son y de como son percibidas por la inmensa mayoría de la población.

El pueblo en marcha

No es la oligarquía la que está marchando. No. Es el conjunto del pueblo venezolano. Los más pobres, lo que queda de la clase media, gente de barrio y urbanización, gente de todas partes del país y de todos los sectores que están padeciendo, con diversa intensidad, la crisis humanitaria que agobia a Venezuela.

Una voluntad recorre a la nación

Es mucho más que un anhelo o una aspiración: es una determinación determinada, como sabía decir el inspirador principal del papa Francisco. Desde San Félix hasta San Cristóbal, desde Maracaibo hasta Carúpano, pasando, claro está por todas las regiones y sus ciudades, comenzando por Caracas, una voluntad recorre a todo el país: Venezuela quiere que Maduro se vaya…

Defendiendo su impunidad

En el fondo, todo se resume allí. Ese es el meollo de todo, es decir, del porqué los jerarcas de la hegemonía están dispuestos a todo con tal de preservar el poder. No les importa un ápice la situación calamitosa del pueblo venezolano. Al contrario, no faltarán los cínicos que sostendrán que el empobrecimiento masivo de la población la hace más dependiente de la hegemonía. Y lamentablemente para Venezuela, tendrán, al menos, algo de razón.

La extrañeza es un mal síntoma

¿Qué es lo que hace una hegemonía despótica, depredadora y envilecida? Pues, despotizar, depredar y envilecer... Y entonces, por qué hay sobresaltos de extrañeza e indignación, cuando la hegemonía hace lo único que sabe hacer, es decir, despotizar, depredar y envilecer. Esto, por supuesto, que es terrible, pero aquello también lo es, porque diera la impresión –o más bien la certeza—de que a mucha gente todavía le cuesta asimilar la profundidad y extensión de la tragedia venezolana. El que haya, repito, mucha gente que aún se extrañe, se asombre, se lleve las manos a la cabeza, ante las ejecutorias de la hegemonía roja, es, sin duda un mal síntoma.

Obedecer la voz del pueblo…

En una de sus recientes, y cada vez más frecuentes, cadenas radiotelevisivas, el señor Maduro proclamó que “debe obedecer la voz del pueblo”. La frase es llamativa, proviniendo de él, por varias razones. Primero porque tiene razón, siquiera formalmente. Quien represente al poder establecido en Venezuela debería obedecer la voz del pueblo, en particular cuando se empeña en proclamar que su gobernanza es democrática... Hace pocos días, la canciller de Maduro, Delcy Rodríguez, se refirió al régimen del cual forma parte, como “nuestra vigorosa democracia”. Y en una vigorosa democracia, los gobernantes deben obedecer la voz del pueblo, o al menos tratar de hacerlo.

La Carta y el cartero

Primero lo primero. La planteada activación de la Carta Democrática Interamericana (CDI), por parte de la OEA, no es una iniciativa en contra de Venezuela. Todo lo contrario. Sería a favor de Venezuela. Porque el cometido esencial de ese acuerdo internacional –aprobado en Lima, el 11 de septiembre de 2001, con el voto favorable del gobierno venezolano presidido por Hugo Chávez, era y es el defender “el derecho a la democracia de los pueblos”. Y no hay que ser un experto en política para saber que el derecho a la democracia del pueblo venezolano ha sido y es pisoteado sin clemencia por la hegemonía que lo despotiza, depreda y envilece. En contra de esa hegemonía demencial y destructiva es que iría la activación de la Carta Democrática Interamericana. Luego es una iniciativa para tratar de ayudar a la nación venezolana.

30 mil muertos

La cifra es escalofriante. Y no se refiere al número de muertos por año en la guerra de Siria, o en el conflicto de Afganistán, o en la anarquía de Irak, o en los ataques del ISIS. No. Se refiere al número de homicidios que se estima se cometerán en Venezuela en este año de 2017. Estimación que se puede quedar corta, porque el Observatorio Venezolano de la Violencia, una ONG de reconocida solvencia internacional, dirigida por Roberto Briceño León, acaba de informar que el número de homicidios perpetrados en Venezuela en el 2016, fue de 28.479, y la tendencia va en aumento.

Traición a la patria

Por estos días, la hegemonía roja está reciclando un expediente muy suyo, usado y abusado a lo largo del siglo XXI, que es el de acusar a sus adversarios o críticos de traidores de la patria. Pero acusar sólo no. Perseguirlos, exiliarlos y meterlos presos, también. Militares y civiles son las víctimas de este reciente capítulo de tan manoseada maniobra.

Hurgando en la basura

El título de estas breves líneas no pretende ser una metáfora, aunque podría serlo porque sólo la masiva corrupción de la hegemonía roja es un basural, entre tantos otros pipotes, o más bien rellenos “insanitarios”... Pero no. El título pretende ser literal y se refiere, trágicamente, a lo que innumerables venezolanos tienen que hacer para buscar algo que comer: hurgar en la basura.


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