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Las fuerzas armadas ante la crisis: soberanía y estado de excepción

El día que uno de estos infames gamonales amanezca sitiado y preso en su madriguera por los mismos hombres de que pensó servirse, y éstos, rehabilitados por su acción, alcen la dignidad de la república sobre la hoja de su espada, habrá terminado para siempre el ciclo de las barbarocracias y el apogeo de los barbarócratas”. José Rafael Pocaterra, Memorias de un venezolano de la decadencia, 1907[1]

Doña Elena y la venganza de Bolívar

A las frenéticas indigestiones causadas por el consumo del chile jalapeño, las enchiladas y el pozole, que suelen pillar desprevenido al turista que visita ese país asombroso llamado México, los naturales le llaman, entre sarcásticos y compasivos, “la venganza de Moctezuma”. Ellos, que mantienen una relación cordial y respetuosa con la muerte, saben que en el trasfondo de los pueblos late el fantasma de la venganza. Pronto a caerle a saco a aquellos que lo traicionaron o se burlan de sus afanes.

La encrucijada final

“Se cuenta excesivamente con la lenidad de la Historia en nuestro país. Es menester que surja a cada momento, renovada y terrible, la eterna verdad; que la sanción, los fueros sociales, los derechos conculcados dejen de ser una lívida procesión de espectros; y que los trogloditas de hoy no imaginen que han de quedar, con el correr de los tiempos, amparados por ese manto lejano, borroso, impreciso en que se han arrebujado dentro de la historia contemporánea los malhechores de ayer, los conculcadores, los consejeros del despotismo, los responsables que salen a lavarse las manos a todos los pretorios de la humanidad”.

¿Guaraleo o final del juego?

No es la primera ni seguramente será la última vez que una revolución arranque con bríos mesiánicos y anunciatorios y termine arrastrándose en el fango. De las socialistas, inventadas por el alemán Carlos Marx, no se ha salvado ninguna. Y la única que sobrevive, la china, lo ha hecho tirando al basurero todas la aseveraciones seudo científicas incorporadas al canon de las revoluciones proletarias en 1848, año del bautismo londinense del Manifiesto Comunista. Todas cuyas predicciones pecaron de ingenuas, ilusas o atrabiliarias. De Cuba y Corea del Norte, dos esperpentos tercermundistas que pertenecen al museo de la infamia, ni siquiera vale la pena ocuparse. Cuba ha vivido del chantaje y la caridad ajena. Corea del Norte, encapsulada en una burbuja de cristal, como el príncipe durmiente. La venezolana ni siquiera alcanzó a entrar al catálogo documental de los socialismos marxistas. Fue un aborto de la naturaleza, un feto ideológico de segunda mano prestado por otro alemán, Hans Dieterich, el “socialismo del siglo XXI”, un vulgar asalto populista al petro estado, una pesadilla de una noche de un largo verano en el que se entremezclaron el pandillerismo mafioso de la marginalidad sociopolítica caribeña – el así llamado castro comunismo - , el militarismo corrupto y desalmado surgido como seña de identidad cultural con las montaneras libertadoras del siglo XIX y la absoluta carencia de densidad cultural y antropológica de un pueblo que tras dos siglos de República aún hoy, en el 2016, no ha cuajado su propia personalidad histórica: esa crisis de pueblo de que se quejara con amargura Mario Briceño Yragorri en medio de la última dictadura del siglo XX, la de los generales y acompañantes civiles de Marcos Pérez Jiménez. Una joya modernizante comparada con este carnaval de la estafa. De todos los factores mencionados que siguen atentando contra la existencia y conformación de una república liberal democrática a que tendríamos las mejores condiciones y un perfecto derecho, el más grave y de más difícil resolución sigue siendo el diagnosticado por Briceño Yragorri: la crisis de pueblo. Sólo un pueblo que no se reconoce en el espejo de su confusa identidad, que ni conoce ni ha metabolizado su propia historia, que carece de los más elementales instintos de sobrevivencia patriótica, ha podido tolerar que un ágrafo y funambulesco oficial de sus fuerzas armadas, además de dar un golpe de Estado felón y miserable, se haya apoderado del Estado, con todos los símbolos republicanos y las inmensas riquezas de su territorio para entregárselos llave en mano a unos tiranos de una isla del Caribe, satrapía colonial en tiempos en los que Venezuela regaba con su sangre los territorios liberados de cinco repúblicas, que fuera odiada por los dos libertadores de Venezuela: Bolívar y Sucre. Una colonia ascendida a república gracias a las fuerzas armadas norteamericanas, que prefirieran “independizarla” a cañonazos antes que adquirirla a precio de gallina flaca, como llegara a pensarse a mediados del Siglo XIX mediante una transacción del Citibank y un grupo de inversionistas cubano norteamericanos con la corona española. Ello explica que tal como lo escribiésemos en marzo de 2015,[1] implosionado el chavismo por la muerte de su partero y la baja de los precios del crudo – por ninguna otra razón, que hasta el momento de su muerte continuaba siendo el amo y señor de esta pobre provincia usurpada – la eventual resolución de la crisis, que ya alcanza niveles de crisis humanitaria y amenaza con la disolución de la República y un apocalíptico desenlace, se halle en manos de fuerzas ajenas a Venezuela misma: “la gravísima crisis venezolana no se dirimirá en Caracas ni sus factores esenciales son los que aparentemente se enfrentan sobre el terreno. Ella se dirimirá en el tablero que acuerden Washington y La Habana.” Ni Washington ni La Habana, a quienes se había sumado el Vaticano luego de la visita del papa Francisco a los hermanos Castro, imaginaban a esa fecha que la crisis venezolana se aceleraría y adquiría una dimensión de extremas urgencias, escapándoseles de las manos tanto por la gravedad alcanzada por la situación socioeconómica - desabastecimiento crónico y una inflación descomunal, que ya ronda el 800% - y el derrumbe estrepitoso del respaldo popular al gobierno títere de Nicolás Maduro. Cambio de 180% en la situación política, traducida en la resonante victoria electoral de la oposición en diciembre de ese mismo año. Un giro copernicano del que vivimos las zozobras. Dicha victoria abrió la perspectiva concreta de una resolución de la crisis a corto plazo, estrictamente política, pacífica y constitucional, dada la inesperada mayoría calificada de la Asamblea Nacional, y la disposición sobre todo un andamiaje de medidas constitucionales como para ponerle fin al régimen títere de Nicolás Maduro. De una manera ejemplar: política, civilizadamente. En rigor, una situación de extrema gravedad, una crisis política pre revolucionaria, que ponía al régimen al borde del descalabro y situaba a la dirección de la MUD ante la posibilidad inmediata, objetiva y concreta de pasar a la ofensiva en todos los frentes, particularmente en el frente de masas, como para imponer una salida del mismo orden del que resolviera una situación semejante el 23 de enero de 1958: el desalojo del régimen. Pero se estaba ante una situación política objetiva para la cual la oposición no se encontraba subjetiva, estratégica y tácticamente preparada. Se verifica un cuadro pre revolucionario, insurreccional, con un liderazgo incompetente e incapaz de asumir las consecuencias prácticas. Es cuando, a pesar de la aparente disposición inicial de Maduro a aceptar el triunfo opositor en toda su amplitud, como se lo reconocería en un encuentro privado celebrado inmediatamente después de las elecciones del 6 de diciembre al ex presidente colombiano Andrés Pastrana, sostenida en el Palacio de Miraflores, los factores hegemónicos del régimen – desde La Habana hasta el PSUV y desde el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas a los llamados “colectivos” – deciden negar toda posibilidad de entregar el Poder, desarrollan una táctica confrontacional – un Tribunal Supremo espurio con la función de anular la existencia y legitimidad de la Asamblea Nacional, incluso su disolución – y fuerzan un enfrentamiento del todo por el todo contra una oposición estructural, psicológica, política y existencialmente incapacitada para responder a la altura del envite: mediante la movilización popular de un pueblo indignado y pronto a estallar con una insurrección popular de consecuencias imprevisibles. Como apenas se insinuara con la revolución de febrero del 2014, que pusiera al gobierno títere entre la espada y la pared, removiera la conciencia internacional, fuera respondida con el asesinato de medio centenar de jóvenes y terminará en el primer diálogo de la traición. Una perspectiva, que por sus eventuales consecuencias revolucionarias habrá provocado el espanto del Departamento de Estado y de la cancillería vaticana, ni siquiera sería considerada por la MUD y su dirigencia, dando espacio, una vez más, al fortalecimiento de la estrategia “del guaraleo”, en la que el chavismo se ha mostrado experto desde la crisis del 2002: dar largas y enredar a las fuerzas opositoras en sus redes, el guaral estratégico del castrocomunismo militarista venezolano. Que le ha permitido mantenerse aferrado al Poder durante largos diecisiete años, correr la arruga de su entronización de elección en elección, de fraude en fraude, de engaño en engaño. La extrema ambigüedad opositora, las contradicciones internas que dividen sus fuerzas, y la decidida acción golpista y confrontacional del madurismo, han provocado un impasse aprovechado por los socios del gobierno títere para introducir la cuña del diálogo, mediante la puesta en acción de sus agentes de la Internacional Socialista, de gran influencia en el seno de las fuerzas social democráticas opositoras. Pretenden con ello negociar una salida a la crisis con el objetivo de postergar el fin del régimen hasta las elecciones presidenciales del 2019 y avanzar, tal como lo señaláramos en el artículo mencionado, hacia una transición compartida. ¿Constituye esta nueva yunta de gobierno cívico militar Maduro-López Padrino la punta de ese iceberg negociado con exclusión de la sociedad civil venezolana y algunas de sus fuerzas políticas? ¿Se impondrá la no realización del revocatorio y, con ello, la estabilización del régimen, vale decir: un madurismo sin Maduro? ¿Transitamos solapadamente hacia una dictadura militar? El tiempo y la crisis lo dirán. Si la oposición no toma mayores cartas en el asunto, el chavismo sin Chávez volverá a salirse con la suya. El guaraleo continuaría con el control de la situación. A no ser que la dimensión de la crisis rebalse los cauces y la indignación popular se lleve al toro por los cuernos. Amanecerá y veremos. @sangarccs

Fidel, el monstruo, la política y el mal

1. Llegué a Venezuela cuando, con todas sus imperfecciones, era la versión más perfecta imaginable de una democracia social en América Latina. En Chile, en Argentina, en Uruguay y en Brasil gobernaban feroces dictaduras militares, puestas en pie como últimos intentos reactivos para reconstituir el tejido social que los conatos castristas por liquidar sus tradiciones, sus formas de vida y sus logros sesquicentenarios habían puesto al borde de la extinción. El nombre bajo el cual habían tenido lugar esos asaltos, siguiendo la impronta establecida por Fidel Castro en Cuba, era el de revolución. El proyecto prometido, el socialismo. Una forma de estructuración y organización socioeconómica y política diametralmente alternativa a la imperante. Una promesa que pretendía superar las contradicciones históricas de las sociedades latinoamericanas.

Recordando el 5 de julio

No quisiéramos compartir el pronóstico del gran historiador. Me conformo con esperar que una gota de luz ilumine a los patriotas que aún militan en sus filas - si existen -, y opten por el único repliegue justo, deseable e históricamente necesario: contribuir al desalojo de la satrapía, respaldar a la civilidad apertrechada en la Asamblea Nacional - único Poder venezolano legitimado por el pueblo soberano - y reconquistar nuestra perdida grandeza. La esperanza, bien dice el refranero, es lo último en perderse.

¿Por qué?

Nadie puede argumentar ignorancia. Que como bien establecen los códigos, la ignorancia no es causal eximente de las responsabilidades penales. Que Venezuela está en bancarrota, que su crisis económica y social es devastadora, que no sucede un día sin que se verifiquen saqueos y desmanes con sangrientas consecuencias a lo largo y ancho de su territorio, que su pueblo se halla sometido a las peores sevicias y carece de los alimentos básicos, incluso de medicinas que podrían resguardarle su vida, que su gobierno se encuentra en franca y ya irreversible minoría, que a sus ciudadanos se les niegan los más elementales derechos civiles y políticos, entre ellos los de revocar al responsable de sus desdichas, quien sólo puede mantenerse en el Poder gracias a una brutal represión de sus cuerpos policiales y que la situación sólo puede empeorar y alcanzar cotas desconocidas en la región, es perfectamente sabido por todos los gobernantes, por todas las cancillerías, por todos los parlamentos, por todas las fuerzas vivas de todas las naciones del hemisferio. Es un tema de portada en todos los medios del mundo. Y no debe existir un solo ciudadano bien informado de lo que acontece en su circunstancia que no sepa que Venezuela se encuentra al borde del caos, la desintegración y la muerte. Sería incluso ridículo calificarlo de notitia criminis: quien se niegue a reconocer que Venezuela naufraga a la deriva sin luces en su horizonte lo hace por intereses creados. Por siniestros intereses creados. ¿Por qué?

Esa ardiente paciencia

A Antonio Ledezma Dos Venezuela muestran sus rostros al mundo, como para que nadie dude de lo que sucede en nuestros paralelos: la que obedece ciega, muda y sorda a las órdenes dictatoriales que recibe del fondo de su tribu, y la que se rebela ante las injusticias: la que saquea y la que se habilita. La que insiste en regresarnos al oscuro corazón de nuestra barbarie y la que lleva un tiempo casi insoportable de ardiente paciencia intentando corregir, siempre obediente a las leyes que un día se diera y que sólo ella respeta, aquello que también ella, en un rapto de desquiciamiento y desesperación, contribuyó a crear: el telúrico desencajamiento de sus instituciones. De nuestras instituciones, señas de nuestra identidad. Aquella, voraz y hambrienta, sin límites ni medidas, reaccionando salvajemente a la situación que padece obedeciendo la orden secreta de sus instintos. La otra manteniendo en alto y con orgullo su dignidad de pueblo herido.

No llores por mi, Venezuela

Susana Duijm, in memoria Como lo expresara maravillosamente Mario Briceño Yragorri en su desesperado Mensaje sin destino, un grito escrito y como echado al océano en una botella cuando la inmensa mayoría de los venezolanos, entre ellos el responsable de la última de nuestras tragicomedias, aún no había nacido, y que hoy recogemos en nuestras naufragadas costas de la barbarie: el pueblo venezolano es amnésico. Desmemoriado e inconsciente de su propio pasado, su propia grandeza, sus propia identidad. Dio por azar con la perfecta metáfora de su extravío: un llanero arriando a sus forajidos, inconscientes del mal que promovían. Y se dio a destruir lo que lo mejor de nuestras conciencias elevaran. Hoy, ese pueblo que se hizo con el Poder, es un moribundo topo que cava, ciego, su perdición. Sin orden ni concierto, sin siquiera saber si es que existe un país llamado Venezuela, con una tradición llamada historia, que tuviera un orden llamado democracia. Zombis hambrientos y delirantes que aún le siguen, vagan por nuestros pueblos haciendo lo que bien saben hacer desde los lejanos tiempos de la Guerra a Muerte, cosa que tampoco intuyen: arrasar. Ante el asombro, la sorpresa y el desconcierto de quienes aún no aciertan a comprender en toda su magnitud la tragicomedia que vivimos.

Una cruzada por la salvación de Venezuela

Que tras diecisiete años de poder omnímodo, absoluto, dictatorial: el control total de todas las instituciones, la sumisión servil y concupiscente de sectores dominantes en nuestras fuerzas armadas, el sometimiento inicial, pleno, gozoso e incondicional de los medios de comunicación o su posterior represión o enmudecimiento, la pasividad del empresariado, la práctica inexistencia de una oposición consciente de su deber moral y concertada para impedir la barbarie, y los mayores recursos financieros jamás habidos en la bicentenaria historia de la República, Venezuela haya llegado a este estado de postración, ruina y devastación en que se encuentra, no tiene otra explicación que una falla genética, en el componente antropológico cultural de nuestra sociedad, enferma de una crisis orgánica irremediable, según lo afirmara con agudeza y amargura el intelectual venezolano Mario Briceño Yragorri.

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Del arma de la crítica a la crítica de las armas

“Es cierto que el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse con el poder material”. Marx, Crítica de la filosofía del derecho

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La puñalada por la espalda

A Casto Ocando, periodista del Miami Herald, le debemos dos revelaciones de gran importancia: el encuentro en Punta Cana entre el trío de mensajeros de CastroMaduro y las partes venezolanas en conflicto, que tras el drástico rechazo de Leopoldo López, “mercancía” de recambio propuesta por Maduro para un cambalache de casa por cárcel y revocatorio por elecciones, terminara en agua de borrajas. Y ésta última, hoy hecha pública en Miami, de un encuentro secreto entre Susana Malcorra, la canciller argentina, y Delcy Rodríguez, la canciller venezolana, sostenida en Washington y continuada en Caracas. Un encuentro que fue más allá de los habituales tête-à-tête del mundo diplomático para convertirse en un jubiloso intercambio de favores: Malcorra viajó a Caracas a sellar su compromiso de respaldo al gobierno de Nicolás Maduro en un avión puesto a su disposición por PDVSA. ¿A cambio del respaldo de CastroMaduro y su paquete de votos forista-caribeños a su candidatura a la Secretaría general de la ONU? Sólo un necio creería lo contrario. En política, séase neocomunista, como Maduro, o neoliberal, como Macri, no se da puntada sin hilo. Como diría el también argentino Enrique Santos Discépolo hace ochenta años en su maravilloso tango Cambalache, “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también”.

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Los idus de junio

Si los dioses hubieran acordado ofrecerle a la OEA, en bandeja de plata, una ocasión propicia para ejercer su autoritas, recuperar su prestigio y salir fortalecida de esta prueba de fuego, mejores circunstancias no hubiera podido elegir. Venezuela se desangra, martirizada por una crisis orgánica, ya humanitaria y sin precedentes en la región. Su gobierno, manifiestamente entregado a los caprichos y veleidades de la tiranía cubana, pasa por el momento más mezquino en cuanto a respaldo popular. Los casos de neonatos e infantes muertos por falta de medicinas para enfrentar sus graves enfermedades son dignos de una telenovela trágica. De las farmacias han desaparecido hasta las aspirinas. No se hable de medicamentos esenciales para controlar enfermedades graves o mortales, como el cáncer o la diabetes. Las colas para conseguir los alimentos esenciales son verdaderamente espeluznantes. La gente comienza a morirse, literalmente, de hambre y la desesperación provoca saqueos a diario, a lo largo y ancho del país. Los transportes de alimentos son asaltados por masas hambrientas en calles y carreteras, ante la absoluta pasividad de las fuerzas de orden. También apáticas a la hora de proteger a manifestantes de la furia homicida de los sectores oficialistas. La violencia se ha apoderado a tal nivel de las calles y los asaltos callejeros y a domicilio proliferan a tales niveles, que la gente comienza a movilizarse en caravanas para elevar sus opciones de sobrevivencia cuando cae la noche. Acuciada la ciudadanía por falta de luz y agua. Vivimos una hecatombe.

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El diálogo y la Asociación de Estados del Caribe (AEC)

Sin pretender menospreciar a ninguno de sus miembros, valga comenzar preguntándonos ¿cuán iguales en territorio, dimensión, población, historia, densidad y cultura son los siguientes estados miembros de la llamada Comunidad de Estados del Caribe, aquí enumerados por orden alfabético?: Antigua y Barbuda, Mancomunidad de las Bahamas, Barbados, Belice, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, Granada, Guatemala, Guyana, Haiti, Honduras, El Salvador, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, Venezuela y los estados asociados Aruba, Curazao, Guayana francesa, Guadalupe, Martinica, Sint Maarten e Islas Turcas y Caicos.

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Con nuestras propias uñas

Venezuela tendría que esperar, de no arañar por su libertad con sus propias uñas, al fin del mandato de Mauricio Macri para contar con su respaldo, una vez que hubiera dejado la presidencia y se hubiera integrado al grupo de expresidentes. Pues esa ha sido la maroma con la que la hipocresía política de la derecha latinoamericana ha resuelto sus problemas de conciencia con la dictadura madurochavista, de Álvaro Uribe a Sebastián Piñera: cuando su rechazo hubiera sido útil, vale decir, mientras ejercían el Poder, miraron de soslayo, expresaron sus buenos deseos, le sobaban la espalda a las izquierdas y todos ellos, sin excepción, terminaron picándole el ojo y respaldando al dictador.

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Venezuela, Cuba y la gran traición

“Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso.” Jorge Luis Borges A la inolvidable memoria de Rómulo Betancourt ¿Qué fue lo que apagó en su pecho ese límpido fuego misterioso que es la Patria? ¿Qué lo llevó a darle la espalda a Venezuela y a entregarse de rodillas al mismo tirano que sus ancestros combatieran, sus mayores le hicieran pagar caro el atrevimiento de pretender apropiarse de nuestra historia y nuestras riquezas y los soldados, sus predecesores, a combatirlo al precio de sus vidas hasta expulsarlo, humillado, de nuestras costas? ¿Por qué Rómulo lo sacó de un portazo y él corrió a humillársele con desconcertante entusiasmo?

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¿Jorge Rodríguez o Henrique Capriles?

“Este año es imposible un revocatorio.” Jorge Rodríguez en entrevista con José Vicente Rangel. Televen, 29 de mayo de 2016 1 Cuando el psiquiatra y cuentista Jorge Rodríguez Gómez se asomó al escenario político venezolano – corría el año 2003 -, prácticamente nadie, salvo los viejos amigos de su padre, como Teodoro Petkoff, quien fungiera como uno de sus padres putativos, o cualquiera de los compañeros de la Liga Socialista, fundada por Jorge Rodríguez padre involucrado en el secuestro del gerente de la compañía multinacional norteamericana Owen Illinois William Frank Niehous, sí tenía conocimiento todo aquel que hubiera leído los periódico con el suceso del secuestro, que sacudiera a la adormecida sociedad venezolana en 1976. Gobernaba por entonces Carlos Andrés Pérez y se disfrutaba de las mieles de la concordia del Estado con las guerrillas gracias a la mediación pacificadora - ¡cuándo no! – del socialcristiano Rafael Caldera. A pesar de lo cual y en un hecho por demás rocambolesco, un comando guerrillero asaltó la casa del joven empresario norteamericano en Prados del Este llevándoselo secuestrado hasta que fuera liberado, tres años y cuatro meses después, en la selva venezolana. Por entonces, Jorge Rodríguez padre había padecido el via crucis de una detención en las mazmorras de la DIGEPOL, el SEBIN de la época, y había muerto en los “apremios” a que lo sometieran los interrogadores. Era ministro del interior Octavio Lepage y vice ministro Marco Tulio Bruni Celli. La pareja de interrogadores fue detenida, encausada, condenada y encarcelada hasta cumplir la condena. Eran otros tiempos.

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Los diálogos del ultraje

No son los diálogos ni los dialogantes los que han faltado en esta turbia historia de las relaciones entre demócratas y golpistas. Conviene rehacer esa historia para memoria de los jóvenes y para que se compruebe la insólita reiteración de los mismos vicios, las mismas taras y los mismos errores por parte de los aparentemente débiles eslabones de la cadena, sin los cuales Venezuela no se hubiera sumido en la tragedia en la que ha venido a encallarse. Pues en todos esos diálogos, sin excepción ninguna, se salieron con las suyas los asaltantes, ellos, y terminaron con las tablas por la cabeza los asaltados, nosotros. Pues más que de diálogos, se trató siempre y sin excepciones de conciliábulos, amagos, celadas y traiciones de una de las partes en conflicto sobre la otra, representando ambas dos sistemas enfrentados – dictadura o democracia. Diálogos que han terminado siempre con la democracia aherrojada a los pies de la barbarie.

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Más que un error: Un dislate

Henrique Capriles es, sin lugar a dudas la figura emblemática de la Mesa de Unidad Democrática, dos veces su candidato a la presidencia y candidato presidencial in pectore para cualquier nuevo proceso que pudiera presentarse en el futuro inmediato. Su tenacidad y perseverancia lo han asentado ante los venezolanos como el candidato natural: debe ser la figura más conocida y reconocida, nacional e internacionalmente, como el líder de quienes, constituyendo ya una inmensa e invencible mayoría, tienen todo el derecho a exigir el cumplimiento de la Constitución y las debidas correcciones a las brutales desviaciones autocráticas y dictatoriales del régimen. Su palabra, no sólo ante los venezolanos sino ante los demócratas del hemisferio – de Chile a España y de Argentina a los Estados Unidos - pesa más allá de lo que él mismo imagina, pues supone el respaldo de todos los partidos que conformar la MUD, desde Primero Justicia, su partido, hasta Acción Democrática, y desde Voluntad Popular, el partido liderado por uno de los presos emblemáticos de la dictadura, Leopoldo López, hasta ABP, liderado a su vez por el otro preso emblemático: Antonio Ledezma.

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Comentarios a las tesis de Albert Einstein sobre la crisis

Primera tesis: “La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.” ¿Hay una mejor perspectiva desde la cual analizar y enfrentar la grave crisis en que nos encontramos que no sea la comprensión de nuestra incompetencia como ciudadanos, como sociedad, como país, como nación para haberla enfrentado con inteligencia, lucidez y coraje cuando se asomara a nuestra perspectiva histórica?

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¿Chávez sí, Maduro no?

1 Inolvidable el encuentro entre Francisco Arias Cárdenas, entonces líder indiscutido y candidato presidencial del partido UNIÓN, recientemente fundado por Teodoro Petkoff, y Claudio Fermín, todavía líder de Acción Democrática y candidato presidencial por ese importante sector de la oposición a Hugo Chávez. Corría el año 2000. Frustrados por la tajante negativa de Teodoro a asumir él una candidatura que se sabía condenada a la derrota, pero que lo dejaría en solitario al frente de la creciente oposición al caudillo, se abrían esas otras dos candidaturas, que fueron las que finalmente se presentaran y fueran aplastantemente derrotadas por Hugo Chávez el 30 de julio del 2000, por entonces en la cresta de su popularidad.

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El histórico fracaso del empresariado venezolano

A Lorenzo Mendoza Muy contrariamente a lo que afirma Lorenzo Mendoza, posiblemente el empresario más exitoso, culto, honesto y preparado de entre los empresarios venezolanos, la política no es un ejercicio basado exclusivamente en la hipocresía y la mentira. Es la esencia, presente o encubierta, que rige las relaciones sociales en todo lugar y en todo momento, siendo sobre determinante en todas las actividades humanas y exclusivo y principal factor de la resolución de los conflictos, cuando estos, en medio de una crisis de excepción, adquieren la mortal trascendencia – de vida o muerte – que han adquirido en Venezuela. Asumirla es la obligación moral de todos los ciudadanos, so peligro de permitir el reinado de la barbarie.

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El histórico fracaso de las derechas

1 Sería injusto culpar en exclusiva al Departamento de Estado por la inexistencia de una política concertada a nivel regional para enfrentar al nuevo y exitoso embate del castrocomunismo en América Latina a partir de la conformación del Foro de Sao Paulo impulsado por Fidel Castro y Lula da Silva en compañía de todas las fuerzas y organizaciones políticas de la izquierda castrista latinoamericana en 1990. Esa tarea, así involucrara una estrategia regional concertada para impulsar el desarrollo de salidas social liberales a las crisis nacionales y ponerle la proa a sus eventuales derivas dictatoriales, debía contar con la activa participación de los sectores democráticos de cada uno de los países de América Latina y sus respectivos gobiernos. La situación ha sido particularmente grave en referencia a la tragedia venezolana, que no ha encontrado la más mínima solidaridad de parte ni de las izquierdas democráticas ni de las derechas continentales. A pesar de la existencia de dos instrumentos multilaterales diseñados precisamente para circunstancias como las que comenzaron a tomar cuerpo, luego del golpe de Estado del 4 de febrero en Venezuela, con la conquista del gobierno en 1998 por parte de su principal beneficiario, el teniente coronel Hugo Chávez. Dichas cartas preveían y pretendían impedir la repetición de las trágicas dictaduras militares que ensombrecieran la historia de Chile, de Argentina, de Uruguay y de Brasil. Ellas eran sendas cartas de intenciones en defensa de la democracia asumidas por la OEA y el MERCOSUR, a las cuales el Estado venezolano se había suscrito y que lo obligaban a cumplir con sus normas y principios. De los cuales, el principal de ellos: respetar el Estado de Derecho y la inviolabilidad de los Derechos Humanos. Ambos gravemente violados en Venezuela bajo el gobierno del teniente coronel Hugo Chávez y su heredero, Nicolás Maduro.

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El histórico fracaso de las izquierdas

A Antonio Ledezma 1 La caída de Cristina Kirchner, arrastrando al populismo peronista afincado desde hace más de ochenta años sobre el expoliado cuerpo de la nación argentina, ha marcado un giro copernicano en la historia contemporánea de América Latina. Ha señalado, por una parte, la crisis agónica de los embates exitosos del neo populismo puesto en acción por la yunta Lula Castro desde los años noventa, a través de esa auténtica cuarta internacional del socialismo marxista en la región que ha sido el llamado Foro de Sao Paulo. Y con la victoria de Mauricio Macri ha venido a marcar, por la otra, la única alternativa posible al desalojo del populismo estatólatra y socializante: el desarrollo de un proyecto político liberal democrático. Afincado en el emprendimiento, el desarrollo de la autonomía de la iniciativas privada frente al autoritario predominio del Estado y la independencia y fortalecimiento institucional, en gran parte sustentado en la civilidad y el respeto irrestricto a la autonomía de los poderes y la absoluta abstinencia política y estricta profesionalidad de las Fuerzas Armadas.

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Los idus de abril: Dilma, Vázquez Velasco, Baudel y Chávez

1 Las campanas están repicando por el Foro de Sao Paulo. Dilma ha sido separada de su cargo, Lula y su Partido de los Trabajadores han recibido un contundente varapalos y un nuevo ciclo político se ha abierto para la democracia brasileña. Insólito: Fernando Collor de Melo, separado de la presidencia siguiendo el mismo procedimiento, fue uno de los senadores que anoche votaron a favor del Impeachment de la ex asaltante de bancos. Es la dulce venganza permitida por las reglas del juego democrático: lo que es igual, no es trampa. Dilma ya había preparado sus maletas, una de las características más esenciales de la democracia, como bien lo señalara el ex presidente chileno Ricardo Lagos: la democracia consiste en saber hacer las maletas.

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