Opinión

Columnistas

Leopoldo López ante sus torturadores

Dele las vueltas que quiera: hacer desaparecer de la escena a Leopoldo López, prisionero de la justicia del horror y rehén por antonomasia de la farsa castrocomunista imperante en Venezuela que obedece a los titiriteros cubanos; ocultar al líder indiscutido de la oposición democrática y héroe de la resistencia activa y militante echando a correr la voz de que está muerto luego de haber sufrido una intoxicación en la cárcel de Ramo Verde, filtrar la noticia para que fuera difundida internacionalmente por un republicano que ha hecho de la causa de los venezolanos su propia causa, y aterrar a su madre, a su esposa, a sus hijos, al círculo más íntimo de sus compañeros y al país entero con las dudas sobre si ha sido efectivamente asesinado, ha sufrido una intoxicación mayor o menor, se encuentra en tal o cual hospital, negándose a dar la más elemental información sobre su condición y verdadero estado pone absolutamente de manifiesto el talante fachista, despótico, totalitario, siniestro y tortuoso de la dictadura de Nicolás Maduro y sus pandillas.

El papa y Venezuela

Suelto de cuerpo, sin la parafernalia multitudinaria de la Plaza San Pedro, en la intimidad de un vuelo privado y un cortejo de periodistas invitados, Jorge Alejandro Bergoglio se dignó otorgarle algunos minutos a Venezuela. Sus declaraciones son, por decir lo menos, de una impiedad indignas de su cargo y más propias de un político argentino claramente sesgado a favor de la dictadura y sus fuerzas de choque. Dos consideraciones le parecieron destacables, a juzgar por la información de las agencias de noticias internacionales que lo reportan: que de haber un diálogo, las condiciones debían ser claras. Cabe preguntarle, ¿no lo fueron cuando se prestó a ellos? ¿No lo supuso, en conocimiento de los reiterados engaños sufridos por la oposición que se prestara a ellos antes de recurrir, en un último esfuerzo, a una mediación seria, piadosa y justa, y frente a cuyo fracaso hoy se lava las manos, dejando colar sibilinamente la segunda consideranción que podría concurrir a explicar desde su muy peculiar perspectiva la tragedia que sufrimos los venezolanos, a saber que la oposición está desunida? ¿Quiénes son los culpables de que esos diálogos no hayan sido “claros”? ¿El régimen dictatorial o la oposición dividida?

La biografía de Kim Il Sung que nunca escribí

1 Debe haber sido durante la primavera del año 1976. Recibí un llamado desde Paris pidiéndome me desplazara de München, donde vivía – trabajaba por entonces en el Max Planck Institut en Starnberg, a algunos kilómetros de la capital bávara – a Berlin Oriental. Me comunicaron los datos del apartamento en el que debía presentarme al día siguiente para encontrarme con Andrés Pascal Allende, máximo dirigente del MIR chileno luego de la muerte de Miguel Enríquez y el más alto dirigente del MIR, que acababa de salir al exilio tras un rocambolesco enfrentamiento con los agentes de seguridad del dictador chileno.

El ultimátum de Almagro y la internacionalización de nuestro conflicto

A @hectorschamis Desde comienzos del año 2015, mientras se celebraba en Panamá el encuentro interamericano que consagrara finalmente la apertura del Departamento de Estado al restablecimiento de las relaciones diplomáticas con La Habana bajo la protectora complacencia y la incondicional recomendación del papa Francisco I, el columnista del periódico El País de España y catedrático en una afamada universidad norteamericana, Héctor Schamis, puso el dedo en la llaga y dio con la clave de la resolución del conflicto venezolano: en tanto no existieran en el interior de Venezuela fuerzas capaces de dirimir el conflicto, en uno u o en otro sentido, y no existían, dicha resolución quedaría en manos de factores externos. Y dado que dichos factores definitorios – Washington y el Vaticano – no tenían el menor interés en resolverlo, y Cuba se aprovechaba de la insólita alcahuetería de los demócratas norteamericanos para con el régimen de Raúl Castro, el resultado final sería el mantenimiento del status quo, dejando correr el conflicto, por lo menos formalmente, hasta el 2019. Luego, ya se vería.

Asalto en Caracas

Thomas Hobbes, el gran pensador inglés autor de uno de los escritos constituyentes del Estado moderno, el Leviatán, atribuye la necesidad de su origen al máximo temor del hombre: no a la vida, que la carga inconsciente de su valor, sino a la muerte. Y no a cualquier forma de muerte, un hecho inevitable al que la cultura ha intentado dar una respuesta satisfactoria, aunque siempre frágil e insuficiente, sino al temor a una muerte violenta, la más espantosa de las muertes. La muerte causada por el hombre en su lucha existencial por el poder.

Julio Borges, la MUD y la teoría de los espacios

El último remanente argumental del que continúan aferrándose los náufragos de la oposición ahora revalidada para legitimar su disposición a someterse a las humillaciones de Nicolás Maduro, Vladimir Padrino y Tibisay Lucena fue inventado allá por el año 2006, en los prolegómenos del turbio arreglo entre Teodoro Petkoff y Julio Borges para desbancar el empuje y los ímpetus de la sociedad civil – que venía arrastrando en solitario el pesado carro de la oposición a la entonces proto dictadura – para hipotecar su fuerza contestataria, endosársela a los partidos políticos – que recién medio que se recuperaban del desastre de la Cuarta - y acoplarla al carro del candidato Manuel Rosales. Basta comprobar el estado en que se encuentra el entonces candidato, el poder efectivo y real de la Asamblea Nacional en mayoritarias manos opositoras y el doloroso fracaso del Referéndum Revocatorio propuesto por Henrique Capriles para desmantelar la falacia que encubría dicho argumento. Que más que un argumento, era una infamia. No fue la abstención la causa de la dictadura. Fue la dictadura la causa de la abstención.

Venezuela, Bergoglio y nuestros enemigos

“Der Feind ist unsre eigne Frage als Gestalt. Weh dem, der keinen Feind hat, denn sein Feind wird über ihn zu Gericht sitzen. Weh dem, der keinen Feind hat, denn ich werde Sein Fein am jüngsten Tage.”[1] La intromisión papal en un grave problema político como el que nos afecta atenta contra la propia religión y, lo que es muchísimo más grave, contra la propia política. Pues religión y política, llevados a sus extremos existenciales, son absolutamente antinómicos. La religión, por lo menos la cristiana, que es de la que se trata, se sintetiza en una sola frase: “amaos los unos a los otros”. La política, en el extremo opuesto, trata y se sintetiza en otra de tan profundo y singular calado como la de Jesucristo, expresada de manera extraordinaria por quien, de origen profundamente religioso, cristiano y católico, como el alemán Carl Schmitt escribiese en 1922, todavía frescos los millones de cadáveres dejados sobre los campos de batalla por los enemigos de las potencias políticas europeas: “el concepto de lo político puede ser reducido a la relación amigo-enemigo”. Llegado al punto del mortal enfrentamiento puesto en acción por las fuerzas golpistas, militaristas y castrocomunistas venezolanas a partir del 4 de febrero de 1992, su leit motiv no ha sido otro que el opuesto al de Jesucristo, impuesto en América Latina por Fidel Castro desde el 1 de enero de 1959: “odiaos los unos a los otros”.

Venezuela, la decadente

A Pedro Pablo Aguilar "Porque hemos escrito nuestra verdad -deficiente y todo- pero verdad. Llegó la hora de que se llamen las cosas por su nombre y no los nombres por su cosa". José Rafael Pocaterra, Memorias de un venezolano de la decadencia 1 Duele comprobar la discontinuidad que caracteriza a la atormentada historia de nuestra república. Ascensos a las más altas cumbres y caídas a los más oscuros abismos. Avances que auguran pisar el firme terreno del progreso, la paz y la prosperidad para retroceder de inmediato a los más funestos períodos de la anarquía y la desintegración. Pareciera que nuestra sociedad no soporta el esfuerzo continuo y ascendente que caracteriza a las grandes naciones y una maldición atávica empujara a la regresión y la barbarie.

Don Andrés Bello, el bisabuelo de piedra

A Alfredo Coronil ¡Qué inmensa fortuna para Andrés Bello haberse quedado varado en Londres y no haber contado con el beneplácito y respaldo de su contemporáneo y discípulo Simón Bolívar para volver a Venezuela! ¡Qué feliz azar de su destino verse obligado a pasar hambre y penurias, soledad y miserias en la pérfida Albión y evitarse así, contra su propia voluntad, los espantosos desastres de la guerra y los más desastrosos primeros años de la Segunda República! ¡Qué feliz jugarreta del destino haberse visto obligado a atenuar sus penurias sirviendo de humilde y mal pagado escribano al servicio del embajador de Chile en Londres, el guatemalteco Irisarri, y haber pasado luego a servir a su sucesor en la legación, el patricio chileno don Mariano Egaña, que lo viera primero con gran desconfianza, para tomarle luego un afecto convertido en familiar cariño, hasta llevárselo finalmente consigo a Santiago de Chile, esa “fértil provincia y señalada, de la región Antártica famosa”, que cantara don Alonso de Ercilla y Zúñiga. Lo esperaba una vida inmensamente fructífera y provechosa, el encumbramiento a las más insignes alturas de las letras, las leyes y la política chilenas y echar hondas raíces en el seno del patriciado sureño, hasta convertirse en el ideólogo y jurista del emergente aparato de Estado chileno y el más insigne protector y promotor de sus artes, sus letras y su cultura. Con su discreción, su sobriedad, su disciplina, su inagotable espíritu de servicio y su portentosa cultura sería el perfecto “intelectual orgánico” del Estado Nacional fundado por su compadre y estrecho amigo, Diego Portales. Y el consejero y principal asesor de todos los presidentes chilenos, hasta su muerte.

A María Corina Machado: de colaboradores y quintacolumnas

Enrique Ochoa Antich le ha escrito bajo la cortés apariencia de una “carta abierta” una requisitoria a María Corina Machado digna de figurar en un manual del perfecto colaborador y quinta columnista de la dictadura: la acusa del pecado capital de boicotear el diálogo entre Nicolás Maduro y la MUD, según él única, inexorable y la más perfecta y deseable de las vías para resolver la agonía que sufre la república y que él reduce a un mero desentendimiento entre ambos términos, la oposición y el gobierno. Para legitimar lo cual se sirve de los clásicos ejemplos de dictaduras cercanas – si bien se cuida, como todos sus congéneres, por cierto, de caracterizarlas, evadiendo así el meollo del asunto - que habrían dejado el poder gracias a esa fórmula mágica de sentar a los contendientes en una mesa redonda para discutir sus diferencias y terminar en el mejor de los acuerdos: un abrazo, el desalojo del tirano y la entronización de los demócratas. Ya Eduardo Fernández le ha estado llevando aguas a ese molino e la mano del dictador polaco Jaruselsky. Sólo le faltó el inolvidable epílogo de los cuentos infantiles: “y bajaron a la playa, comieron perdices y fueron felices”. Happy End. Un clásico ejemplo de la descerebrada izquierda borbónica, para usurpar el selfie de su maestro Teodoro Petkoff.

Suffragio, ergo sum. Voto, luego existo

Votar, qué duda cabe, constituye uno de los más entrañables rituales de la democracia. Pero ni es su principal condición de existencia ni la definitoria. Muchísimo menos su condición suficiente. Sin excepción ninguna, en todas las dictaduras también se ha votado. Hayan sido o sean de izquierdas o de derechas. De Lenin en adelante. Incluso en la cubana. Y, desde luego, en la de Pinochet. No se diga en la de Adolf Hitler, que aunque no llegó al poder en andas de una mayoría electoral – una lección que nuestros sufragistas debían, por lo menos, conocer, asunto respecto del cual tengo las más serias dudas – sino empujado por la trémula decisión de un decrépito, vencido y aterrado Von Hindenburg, a pocos meses de haber asaltado el poder en andas de sus colectivos y disponiendo a sus anchas del atronador poder del estado alemán, todos los medios económicos a su alcance y el implacable terror callejero se haría cómodamente de la mayoría parlamentaria. Para no soltarla jamás. Por cierto: desde el incendio del Reichstag y cuando oponérsele era prueba de un inconsciente heroísmo. Después vino lo inevitable: gobernaría 13 años en andas de un decreto “de defensa del pueblo alemán” y con el respaldo del 99,99% de los ciudadanos. Hasta su muerte. Fin de la farsa.

Sofía Imber, in memoriam

Estaba profundamente fastidiada por su circunstancia. Ser llevada de un lado al otro en silla de ruedas, tener que contar con una asistente para realizar sus tareas más nimias, tal como se lo contara a Diego Arroyo, la fastidiaba hasta extremos insoportables. Imposible de estarse quieta, ella, un volcán en permanente erupción, por lo cual exigía ser paseada por su chofer por las calles de su ciudad dos o tres horas diarias hasta agotar sus ansiedades. Que siempre fueron inagotables.

La MUD, nuestras debilidades estratégicas y la acefalía internacional

Cuando la oposición contó con el mejor equipo de políticos con experiencia en asuntos exteriores de toda su historia – Humberto Calderón Berti, ex ministro de relaciones exteriores y jefe de la Comisión de asuntos internacionales de la Coordinadora Democrática - y un excelente cuerpo de asesores con experiencia diplomática – Fernando Gerbasi, Maruja Tarre, Asdrúbal Aguiar, Adolfo Salgueiro, Reinaldo Figueredo y Diego Arria, entre muchos otros – logró el récord de tener una alta capacidad de convocatoria ante el cuerpo diplomático apostado en Caracas. Que la tenía en alta consideración. Pero ni siquiera así logró quebrar el poderío del régimen chavista en el ámbito internacional: nadie reconocía o avizoraba la naturaleza clara y abiertamente dictatorial del teniente coronel castrista y su garrote y/o beneficencia petrolera entre los mendicantes y pobres países de la región le aseguró un amplio e inquebrantable respaldo de los países caribeños, que le aseguraron una amplia mayoría en el seno de la OEA.

Dictaduras, elecciones y transición

A Leopoldo López Ni la de Cipriano Castro, dictadura travestida de revolución libertadora, salió por elecciones, ni la de de Gómez, que luego de traicionarlo gobernó durante 27 años hasta salir del Poder de muerte natural. Tampoco la de Pérez Jiménez, cuyo derrocamiento y destierro celebramos por estos días. Dos impecables democracias, en cambio, fueron violentamente desalojadas por regímenes dictatoriales: la de Rómulo Gallegos en 1948 y la inaugurada con el Pacto de Punto Fijo y la clamorosa victoria de Rómulo Betancourt, defenestrada aviesa y turbiamente, mediante un golpe en cámara lenta que ha tardado 25 años en venir a escorarse en esta crisis humanitaria, con el estúpido e incomprensible consentimiento cívico militar golpista y la complacencia de las élites a partir del 4 de febrero de 1992.

¿Y la MUD?

A Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma Tras transitar durante algunos años el desierto de la desunión y la orfandad, luego de la intempestiva, irreflexiva y desgraciada disolución de la Coordinadora Democrática, que cumpliera un papel fundamental sabiendo articular a la sociedad civil y a los partidos políticos, dos fuerzas políticas propusieron y empujaron a la creación de una instancia unitaria, con el fin de coordinar la participación electoral opositora y, superando diferencias de forma y fondo, contribuyera a sacarle el mayor provecho posible a los procesos electorales que deberíamos enfrentar en el inmediato futuro. El desiderátum era obtener consensos en torno a los candidatos eventuales y, si nos fuera posible, poder presentarlos bajo una sola consigna, un solo emblema, una sola organización.

Behemot en lontananza

La experiencia histórica enseña que, por lo menos, una vez por siglo aparece un monstruo apocalíptico en el panorama de los pueblos. Behemot, lo llamó la Biblia. Sin que ello signifique que baste y sobre: el siglo XX ha de haber sido el siglo más prolífico en monstruos apocalípticos, de todo tamaño y todo formato. Estrictamente nacionales y hasta con apetencias de dominio universal.Inglaterra y los Estados Unidos, las grandes excepciones a la regla. Gracias a lo cual nos salvaron del gran monstruo bicéfalo totalitario.

El fin de las ilusiones, la hambruna y los militares

1 Leo a media semana dos artículos verdaderamente demoledores, aparentemente distantes en su temática y su objeto, pero sin ninguna duda profundamente emparentados pues se refieren a dos graves crisis: la crisis estructural, económica, política y moral que afecta a la globalización y el orden internacional sustentado sobre los resultados de la Segunda Guerra Mundial, el primero de ellos; y porque el segundo desnuda en toda su crudeza y horror el papel jugado, según su autor, por quienes obtienen provecho en la generación y aprovechamiento de la hambruna que sufre el pueblo venezolano en estos días aciagos de los tiempos que vivimos: las fuerzas armadas.

La iglesia ante el presente

“Por tanto, restituir a Pablo a su contexto mesiánico significará para nosotros ante todo intentar comprender el sentido y la forma interna del tiempo que Pablo define como ho nyn kairós, el “momento presente”. Giorgio Agamben, El tiempo que resta, Comentario a la carta a los romanos.[1] En sus palabras inaugurales ante la Conferencia Episcopal Venezolana, Monseñor Diego Padrón realizó una síntesis crítica, con sentido evidentemente apostólico, de lo que Pablo en su Epístola a los Romanos llama ho nyn kairós: el momento presente. Con una perspectiva histórica, posiblemente la más aguda, acuciosa y angustiante que haya expresado la Iglesia venezolana desde los tiempos de la famosa homilía de Monseñor Arias Blanco, cuando saliera en defensa de la felicidad de su feligresía, humillada, escarnecida, perseguida, encarcelada, amenazada de muerte y asesinada por los esbirros de la penúltima dictadura venezolana, la del general de ejército Marcos Pérez Jiménez. Con ello, ha acompañado a su Iglesia, nuestra Madre Iglesia, a su más auténtica y mesiánica vocación paulista: pre-ocuparse por el tiempo que resta. No el tiempo de la postergación, la apatía y la claudicación que esperan a que los problemas se resuelvan solos o se los enfrente cuando ya el enfrentamiento es innecesario, sino el que golpea preñado de urgencias ante nuestra puerta, hurga en la basura para alimentarse y poder sobrevivir, carga con sus cadáveres como María con Cristo o pregunta, consumido por la duda y la desesperación: Dios mío, Padre mío, ¿por qué me has abandonado?

El fujimorazo de Chúo y la profecía autocumplida

Le di mi respaldo pensando que era el más veterano de nuestros parlamentarios – un vetusto sobreviviente de la democracia liberal, se había criado entre tiburones y sabría pescar en las pantanosas y traicioneras aguas del poder de esta extraña dictadura. Confieso mi error. Era el más veterano, pero no el más diablo. Que según la conseja es más sabio por viejo que por diablo. De todas sus ejecutorias la más resonante fue la más inútil: sacar ese bolívar esperpéntico parido por la estética de la zarrapastra chavofascista del hemiciclo. Todo lo demás ha sido un preparado jubiloso de agua de borrajas. Con un saldo nefasto: el denuncismo ante festum. Denunciar las tragedias de que seremos inevitablemente víctimas. Sin que la prevención nos haya curado de los males ya existentes. De los que en rigor, esta Asamblea no se ha ocupado como esperamos lo hiciera los millones de electores que la elegimos.

Sra. Imber, genio y figura

A Adriana Meneses y Beatrice Rangel En una proeza de alquimia y empatía sin igual, el joven escritor venezolano Diego Arroyo Gil, ya consagrado por su extraordinaria biografía de Simón Alberto Consalvi, uno de nuestros más prolíficos, cultos y lúcidos polígrafos, políticos y diplomáticos, ha logrado lo que bordea la magia: internarse en ese rico laberinto de historia, vivencias y experiencias existenciales de una de las más destacadas mujeres de nuestro siglo XX venezolano, Sofía Imber. El resultado es un libro de confesiones redactado en primera persona, sin que a quienes conocemos y amamos a esa extraordinaria mujer podamos distinguir donde comienza la personalísima voz de Sofía y dónde termina la brillante pluma de nuestro joven escritor. Sencillamente deslumbrante.

La moral pública, nuestra gran falencia

Moral y luces son nuestras primeras necesidadesSimón Bolívar A Luis Ugalde, s.j. Hace 39 años, cuando llegara a esta tierra de gracia – por entonces lo era y repartía sus dones a raudales con una generosidad sin límites – quise saber qué diferenciaba a adecos de copeyanos que se turnaban en el gobierno y compartían el poder, controlando la totalidad de las instituciones, de magistrados a diputados y de generales a senadores. La respuesta me dejó estupefacto. Aparentemente no tenía nada que ver con ideologías ni otras señas idiosincráticas de índole política, como las que dividen en Estados Unidos a demócratas de republicanos, en España a socialistas de populares o en América Latina a derechistas de izquierdistas. “Los adecos roban y dejan robar. Mientras que los copeyanos roban sólo ellos y para ellos” – fue la respuesta, al unísono. Unos eran corruptos solidarios, los otros eran corruptos mezquinos. Pero corruptos, lo eran ambos. Lo que en el fondo poco importaba. El petróleo daba para todo.

desalojo o desaparición

A) EL DIAGNÓSTICO 1.- El Estado de bienestar financiado por el rentismo petrolero y la democracia subvencionada cayó en una crisis estructural a mediados del ciclo liberal democrático de Punto Fijo. Con dos graves consecuencias inmediatas: la devaluación del bolívar, que repotenció la crisis y la desafección de las clases medias y altas, comprometidas con el mantenimiento del sistema más por lucro y beneficios que otorgaba el Estado rentista que por auténticas convicciones democráticas. Fueron la masa crítica del golpismo civil: de los notables a jueces, fiscales, académicos y columnistas.

entre la espada y la pared

El estruendoso fracaso del último diálogo – una vez más – ha venido a poner dramáticamente de manifiesto las graves y aparentemente insuperables limitaciones estratégicas de la MUD y los partidos que la controlan: AD, PJ, UNT y la agrupación larense de Henry Falcón. Sirven al fin de coordinar sus pretensiones electorales, pero no sirven a la histórica necesidad del pueblo venezolano por liberarse de las cadenas de la dictadura, superar los impases estructurales del estatismo rentista e impedir que avance y se consolide en un sistema de dominación totalitario, semejante a los dominantes en las dictaduras del bloque soviético durante las décadas de Guerra Fría: sedicentes democracias populares con la bendición de algunos partidos clericales y de centro, disminuidos hasta la caricatura y tolerados como “compañeros de ruta” del comunismo, así como la iglesia protestante y/o católica consentidas mientras no intervinieran en los asuntos públicos.

Fidel Castro Ruz

Cuando el 30 de abril de 1945, a diez días de haber cumplido los 56 años, el mundo se enteró de la muerte de Adolfo Hitler, nadie osó manifestar sus condolencias. Por supuesto: Pío XII mantuvo el más solemne silencio. ¿Cómo el papa de la cristiandad iba a expresar su pesar por la muerte de un asesino serial, responsable de la mayor conflagración mundial de la historia y del aberrante holocausto de seis millones de judíos? ¿Cómo iban a expresar algún signo de dolor quienes tenían perfecta conciencia de que había sido un tirano, de que impulsado por sus odios y atávicos rencores había llevado a su pueblo al peor desastre de su historia, empujando a la humanidad al borde de su abismo? ¿Cómo atribularse por la muerte de quien era el responsable directo de la muerte de decenas de millones de seres humanos sacrificados en las hogueras de la guerra más espantosa de toda nuestra historia?

Luis Miquilena, QEPD

El símil del Dr. Frankenstein con que lo caracterizamos en los comienzos del nacimiento de la creatura política que terminara devastando a la comarca se ha convertido en matriz de opinión. Haber esculpido de esa piedra bruta del chafarote sabanetero – un payaso farsante, bufonesco, torpe, cobarde y ridículo - el diamantino caudillo de multitudes que asaltó el gobierno y concentró el mayor poder social, político, económico y militar jamás poseído por gobernante alguno en la Venezuela de todos los tiempos, sólo puede ser comparado con el Doktor Frankenstein, quien, en la maravillosa novela de Mary Shelley, le da vida a un amasijo de desperdicios humanos: un monstruo desalmado y contradictorio, testigo de todas sus impotencias pero armado de la fuerza descomunal de su ingenua crueldad, construido con despojos robados de la morgue de la comarca por su asistente, un obsecuente lacayo a su servicio.

Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com