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opinión

Enrique Meléndez

Una larga y ardiente transición

8 octubre, 2019

Si uno se dedicara en una hemeroteca a repasar la colección de ejemplares de determinado periódico a lo largo de estos veinte años de gobierno chavo-madurista, uno percibe que han sido dos decenios en los cuales el tiempo se nos ha ido en una forma transitoria; es decir, hemos vivido una larga transición histórica; como lo fue el largo siglo XIX; que nos tocó vivir: los años de la ira, como se dice.

Era la Venezuela levantisca; a cada instante y por todas partes estallaba una montonera, y de allí la proliferación de caciques locales, y esto en virtud de que, por una parte, había quedado mucho militar formado en las lides de nuestra guerra de independencia, cesante; sin oficio; a muchos de los cuales el Estado había tenido que pensionar; por otra parte, porque el país, como lo había previsto el Libertador, había quedado en manos de la multitud desenfrenada; en una situación de anarquía absoluta; siendo la última montonera al final de ese siglo la de Cipriano Castro cuyo jefe de campaña, un tal Juan Vicente Gómez, será el encargado de limpiar las regiones de caciques locales, y entonces vamos a pasar al espíritu de la abulia; que es cuando el Estado adquiere una situación de terror; sobre todo, una vez advenido Gómez al poder, y consumada su traición hacia su compadre Cipriano Castro; razón por la cual el venezolano predicaba del lema de su gobierno de trabajo, paz y prosperidad: paz, en los cementerios; trabajo, en las cárceles, y prosperidad, en la casa de gobierno; lo cual dio lugar a que se fraguara la figura del “gendarme necesario”, que tanto elogiara Laureano Vallenilla Lanz en su famosa sociología positivista; es decir, un hombre llamado a poner orden en una sociedad tumultuaria, con independencia de su grado de instrucción.

Que por cierto, la gran discusión entre los historiadores en la primera mitad del siglo XX se centró en el hecho de si fue Eleazar López Contreras o Rómulo Betancourt el que reinició los procesos de democratización, que habían arrancado, sobre todo, a raíz de la declaración de independencia el 5 de julio de 1811; cosas de historiadores, digamos de paso, e interrumpidos dichos procesos, sobre todo, con la llegada al poder por parte de José Tadeo Monagas; cuando entonces comienza a verse el nepotismo, el peculado, la demagogia y, sobre todo, el atropello a las instituciones, a propósito del asalto al Congreso de la República el 24 de enero de 1848, y digo demagogia; porque a su gobierno entra un hombre que había agitado mucho las pasiones de los venezolanos; atizando el odio que había sembrado José Tomás Boves, entre negros y blancos, en especial, desde un periódico que se llamaba El Venezolano, y donde le decía a las razas de color que el gobierno de Monagas se había instaurado con el fin de defenderlas de los blancos; cuyas pretensiones eran las de profundizar la esclavitud a la que habían estado sometidas, en un momento en que casi toda esa población ya estaba emancipada y hasta ya resultaba mejor para la llamada oligarquía liberal, reinante ahora en el gobierno, darle la libertad definitiva al reducto, que quedaba, y fue cuando vino la abolición de ese yugo, bajo la presidencia de José Gregorio Monagas.

Precisamente, la conciencia distorsionada de Chávez lo llevó a despertar estos prejuicios raciales en nuestra sociedad, y que se traducía en el hecho de que se consideraba el presidente de los pobres, y que logró calar en el alma del venezolano; gracias a su gran dominio de la demagogia, y en lo cual tenía mucho acierto; razón por la cual Arturo Uslar Pietri lo consideraba un hombre con mucho poder; sólo que no sabía para qué lo ambicionaba.

En efecto, se trataba de un hombre muy improvisado, y de hecho, su incursión en la política nace a partir del 4 de febrero de 1992; cuando da un golpe mediático, una vez que es presentado ante los medios de comunicación, con motivo de su rendición, tras la asonada de ese día, en el que incursionara junto con un grupo de compañeros de armas, conocidos como los Comacates (comandantes, capitanes y tenientes), y quienes como buenos venezolanos no dejaban de profesar el llamado culto a la figura del Libertador; utilizando el cognomento de bolivarianos, y que será la impronta que impongan hasta en el nombre de la República; que, por cierto, decía José Ignacio Cabrujas, que los dos grandes liderazgos mediáticos de este país eran los de Reny Ottolina y Hugo Chávez.

De allí el que se viera a Chávez como una figura pasajera; momentánea de nuestro devenir histórico; consecuencia de su tesis política, basada en la improvisación, y puesta de manifiesto ya el mismo día de su ascensión al mando, cuando expresó que juraba sobre la moribunda Constitución de 1961; un arrebato que llevó a la clase media con cuya votación se había hecho del poder, a que sintiera que había perdido su voto, y a decirse que, si bien lo había investido como presidente, ahora lo tumbaba, y desde entonces se ha jugado a la inmediatez; convirtiendo a nuestra sociedad en una especie de perro que trata de morderse la cola, esto es, en un círculo vicioso.

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