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opinión

Humberto Seijas Pittaluga

Evacuo preguntas

10 septiembre, 2019

La gramática y la etimología son materias que me gustan mucho, las asumo con entusiasmo y hasta coleccionista de palabras soy; pero en la mayoría de las ocasiones, me refreno para escribir acerca de ellas porque estoy claro en que no a todo el mundo le llaman la atención. Sin embargo, esta semana, los correos recibidos en relación con mis más recientes artículos fueron abundantes en preguntas sobre esos asuntos. Por tanto, ¡vuelve la burra al trigo!, como diría un paleto andaluz.

América, la hija de uno de los periodistas más reconocidos que ha tenido El Nacional a través de toda su historia, José Ratto Ciarlo, me pide que comente acerca del plural de los apellidos. Le contesté algo parecido a lo que sigue y que comparto con los pocos lectores que no han abandonado todavía. Casi todos damos por descontado que, en castellano, los apellidos van en singular. Muy diferente del inglés, donde la regla es que se pluralicen (the GilliganS, the JonesES, the WilsonS y the TrumpS). Sin embargo, hay ocasiones, en nuestro idioma, donde deben ser puestos en plural. Resumo algunas de las “reglas” que trae el “Diccionario panhispánico de dudas” de la RAE. Los ejemplos sí son míos.

1. Si se refiere a una familia, van en singular: los Camejo, los Maldonado, los Pérez; pero, 2., si se refiere a varias familias con el mismo apellido, se pluralizan: “en el Táchira abundan los Zambranos y en el Zulia, los Montieles”. 3. Cuando los apellidos terminan en “s” o “z”, mantienen el singular. 4. La complicación viene cuando hay dos variantes del mismo apellido: Torre y Torres, Fuente y Fuentes. Lo sensato es mantener la grafía original para evitar confusiones. 5. Con las dinastías no hay regla: los Borbones y los Borbón, los Habsburgo y los Habsburgos, los Grimaldi y los Grimaldis. Y, por último, 6., cuando los apellidos devienen en marcas comerciales, si terminan en vocal se pluralizan, si en consonante, se mantiene el singular: los Toyotas, pero los Renault.

En otro correo, que encontré muy gracioso por lo descrestador, un lector me pide: “deje de echárselas de erudito y dígame el origen de esa palabra”. Lo complazco. El adjetivo “erudito” —que también se emplea como sustantivo— sirve para calificar a quien está instruido en varias ciencias, artes y otras materias parecidas. En especial si ese conocimiento ha sido adquirido por medio de la lectura en varias ciencias, artes y otras materias. La palabra nos viene directamente del latín. Eruditus es el participio pasado del verbo erudire, que se traduce como “instruir”. Si miramos con más atención, notamos que esa palabra está formada por un prefijo, “ex” —que ha perdido, como en muchos otros casos, la letra “x”—, para significar “ausencia”, y el adjetivo rudis, que traduce como “rudo”. Que tiene dos sentidos entre nosotros: como “descortés”, “mal enseñado” y como “falto de conocimientos” o “inculto”. “Erudito”, entonces, es quien se ha sacudido la rudeza y ahora está más pulido en modales y conocimientos. Vale decir, Platanote no puede serlo, porque la ordinariez y la incultura se le rebozan. Y como él, muchos otros rojos que lo que hacen es desmandar. Todos ellos se vanaglorian en ser ásperos. No se esmeran en ser mejores. No luchan por dejar de ser patanes.

Lo que nos lleva a otra palabra: “ineluctable”. Que el mataburros define como: “Dicho de una cosa: Contra la cual no puede lucharse”. Y yo añado: imposible de evitar, cambiar, resistir o evadir. El término también nos llegó directo del latín ineluctabilis. Desmenucemos la palabra: el “in” es el prefijo que las más de las veces traduce como “no”; la “e” que sigue, al igual que en el ejemplo del párrafo anterior, es un “ex” que perdió la “x”, y el verbo luctari, “luchar para salir de algo, para ser libre”. “Luchador”, en latín es luctator. De esta gente podemos decir que solo luchan, los de abajo, para ver cuantos bonos y bolsas Clap van a conseguir con sus carnés de la patria y sus actitudes perrunas; y los de arriba, para ver quién de ellos roba más del erario y se convierte en otro nuevo rico que sufre de aporofobia (anoto esta palabra para comentarla en otra ocasión).

Para definir a estos últimos, los franceses tienen una palabra que me encanta: parvenú. El vocablo es el participio pasado de parvenir —que viene del latín pervenire, “llegar”, “alcanzar”. Y, en ese sentido, es muy bueno para describir a esas personas que, de repente, alcanzan un alto nivel económico pero que no gozan de la aceptación social, en mucho, porque se sabe de dónde vienen esos reales. Remato con una anécdota que tiene que ver con lo tratado.

Recién llegado el gañán sabanetense al poder, Marisabel se vino a dar una vuelta por Valencia, invitada por algunas señoras que estaban ilusionadas con el nuevo gobierno. Le brindaron atenciones y se sacaron fotos con ella que fueron publicadas en las páginas sociales de los diarios locales. Tratando de encontrarle una explicación a esta “deferencia” en una ciudad y una sociedad bastante conservadoras, se le preguntó a uno de los valencianos más distinguidos y rectos acerca de lo acontecido. La respuesta fue un dechado de concreción y contundencia: “Hay tiempos en que la gente se vuelve m… y la m… se vuelve gente”.

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