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opinión

Carlos E. Aguilera A.

La institucionalización de la corrupción

10 septiembre, 2019

La investigación del periodista argentino Hugo Alconada Mon, autor del libro “La raíz”, quien enfoca el tema de la corrupción es fruto de veinte años de trabajo, en el cual trata de sistematizar toda la documentación acumulada para vislumbrar que existe una suerte de sótano y que en definitiva hay todo un montaje, un sistema desarrollado para la corrupción y la impunidad.

Explica que “hay infinidad de políticos, empresarios, que son dignos, honestos, probos y que todos los días trabajan para sacar adelante a su país. El punto es que hay un entramado de fondo que también incluye a operadores, lobistas e intermediarios que trabajan para aumentar la corrupción y la impunidad”, advierte el periodista.

“Cuando se trata de contrabando o de narcotráfico es más común toparse con Bolivia, Paraguay, Perú o incluso Colombia, refiere Alconada.. Pero cuando se trata de lavado de dinero “es más habitual para nosotros en nuestras investigaciones, toparnos con las sombras de Uruguay, Panamá, Venezuela. y Nicaragua”, dijo en entrevista con una conocida radioemisora argentina.

Los impulsores de la corrupción son la ambición por el dinero y el ejercicio del poder. Lord Acton lo expresó: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El ejercicio del poder va de la mano con el oportunismo para captar los negocios del Estado empresario y con las prebendas y protecciones especiales que se dan en ausencia de la libre competencia. Para justificar estas acciones existen también las “razones de Estado” que muchas veces no pasan de ser sino maniobras para proteger los rabos de paja de los gobernantes.

La ausencia de institucionalidad contribuye a estos quebrantos. La cartelización del poder abre el camino para que oferentes y quienes deciden sobre los bienes y servicios a contratar enhebren entre sí y con sus allegados y testaferros las beneficios extraordinarios que se originan en las coimas y sobreprecios de los negocios estatales. En el extremo, y como producto de la degradación ética y la falencia institucional, los gobernantes corruptos emplean tácticas y estrategias propias del crimen organizado que toma la opción de ser la ley (a través de la conquista del poder), antes que estar al margen de esta.

En nuestra historia reciente, la expoliación extrema se ha dado por el dominio del socialismo del siglo XXI, ideología practicada por organizaciones que asumieron el poder basando sus promesas en el populismo de izquierda; son grupúsculos que surgieron como consecuencia del quebranto del antiguo régimen de partidos tradicionales, Acción Democrática, Copei y otros aliados en circunstancias oportunas, en el que sus actores también usaron el poder para sus propios fines.

La corrupción y la honestidad son antípodas; culturas que no se encuentran jamás. En nuestro país, es lamentable tener que admitirlo, se ha asentado la cultura de la corrupción que va desde el el más simple policía hasta los mega proyectos innecesarios. Enfrentarlos a la justicia, a los protagonistas de los actos de corrupción, que pasean tan campantes en las propias narices del pueblo venezolano, ha sido gracias la impunidad reinante en el presente régimen comunista del siglo XXI, lo cual constituye virtualmente un triunfo para quienes debieran estar pagando sus fechorías.

Odebrecht es un vergonzoso ejemplo de ello, pues nuestro país es el único de la región que no ha juzgado a sus felones que se enriquecieron descaradamente, pese a atener contundentes pruebas de que recibieron coimas, regalías, comisiones o como se le quiera llamar, por más de 93 millones de bolívares.

Es necesaria la transparencia, la rendición efectiva de cuentas, los castigos ejemplares incluyendo la incautación de las fortunas mal habidas, el repudio social a las conductas delictivas, el imperio de la ley y de la verdadera justicia independiente, y el ejercicio pleno de la libertad ética, poderosos antídotos con los que contamos para cambiar la cultura y transitar firmemente por los caminos de la integridad individual y colectiva, pero que se hallan truncados por el silencio cómplice de quienes desde el alto poder, se convirtieron en vulgares culpables por omisión.

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