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opinión

Humberto Seijas Pittaluga

Norma loquendi

13 agosto, 2019

No, hoy no vamos a hablar de una señora sino del lenguaje. Sí, ya sé; el título se presta a equívocos. Lo que pasa es que recibí tanto feedback por mi anterior artículo, con lectores sugiriendo que siga en la vena de tratar de corregir los muchos errores que cometen los de la nomenklatura al hablar, que decidí olvidar aquello de “segundas partes nunca han sido buenas” y reincido en los temas de la gramática y la etimología. Pero primero, aclaremos lo del título que se presta a confusiones: Horacio, en Ars Poetica, explica que el modo correcto de hablar y pronunciar un idioma lo establece la costumbre de cada nación; Consuetudo, ius et norma loquendi, en sus propias palabras. O sea, que así rabien mucho los señores de la Real Academia (personas a quienes respeto muchísimo), es muy correcto que nosotros llamemos “cambur” —y los canarios, “plátano”— al fruto de la musásea que sus señorías denominan “banana”.

Entonces, ya que no se usa mucho en estos días sería raro que se designase a un adulante del régimen —que todavía los hay, a pesar de lo cochambroso de este— como “sigüí”, porque el término ha caído en desuso. Solo la gente de mi edad sabe que esta palabra es sinónimo de “jalamecates”, de aquel que se solaza mostrando su servilismo a los gobernantes con la esperanza de que le tiren algo. De esos, abundan. Nosotros los fisnos, por el contrario, empleamos el adjetivo “abyectos” para calificar a esos seres serviles. “Abyecto” viene del latín “abiectus”, conformado por el prefijo “ab”, lejos, y el participio pasado del verbo “iacere”, que significa “lanzar”. Total que, si los unimos, resulta “lanzar lejos”. Que es lo que provoca hacer con esa pila de güelefritos…

Hay una palabra que no está aceptada todavía por la RAE y que es poco conocida, pero que se adecua a lo que pasa en las relaciones del régimen con sus todavía adeptos: “barmecídico”. ¿Se acuerdan de “Las mil y una noches”? Uno de los cuentos narra acerca de un príncipe que invitó a comer en su palacio a un pordiosero. Todo eran finas atenciones, pero nada más. Hacía que los mesoneros sirvieran unos platos invisibles, que no existían, para hacerle befa al pobre mendigo. El indigente le seguía la corriente, para ver si alguna vez llegaba un platillo real; pero pasó toda la noche, ¡y nada! Algo parecido es lo que hace el régimen con los que todavía creen en él: promesas de que algo muy bueno llegará, pero nunca aparece en el horizonte. Lo que hay que tomar como punto de enseñanza es lo que decidió hacer el pordiosero para vengarse de la burla: con la excusa de que había bebido mucho de los licores que, supuestamente, le había brindado el anfitrión, y que ya estaba ebrio, agarró un plato y se lo partió en la cabeza al príncipe. Puede que algo parecido suceda en el futuro próximo por aquí, sin importar las muchas tácticas dilatorias que inventa el régimen…

Y “dilatorio” es otra palabra que vale la pena analizar hoy. Es algo que se realiza con la intención de causar un retardo. O, mejor, una procrastinación, porque es premeditada. La palabreja viene del latín, dilatus, el participio pasado del verbo differre, que significa “posponer” o “diferir”. Dan dos pasos y retroceden uno. O los dos ya dados. El ejemplo mejor son las conversaciones —prefiero no emplear los términos “diálogos” o “negociaciones” porque, en este caso, son malas palabras. Que si iban a conversar en Santo Domingo; que no, después iban a ser en Noruega; que no, otra vez, que ahora, en Barbados. Y con cualquier excusa baladí, se paran de la mesa. Con tal de no soltar el poder y, sobre todo, las pocas divisas que quedan y todavía no han podido robarse, ¡a dilatar se ha dicho!…

Es que, desde hace ya veinte largos años, no hay diafanidad en el manejo de los dineros públicos. Que es otro vocablo que vale la pena analizar. Los griegos inventaron un término, “diaphanes”, juntando dos locuciones: el prefijo “dia-”, que significa, “a través”, y el verbo “phainein”, que se puede traducir como: “mostrar”. Y si hay algo que esta gentecita no quiere que se vea es la forma cómo despaturran el erario y las reservas…

Porque no hay ni contralor que saque cuentas –solo está para inhabilitar opositores que estén cogiendo mucho vuelo–, ni fiscal que ponga presos a sus copartidarios. Este, que se llenaba la bocota diciendo que era un “defensor de los derechos humanos”, apenas llegó a la manguangua dejó de lado esas “inquietudes”, porque, sea como fiscal o como dizque “defensor del pueblo” tendría que haberse ido al helicoide a sacar de los calabozos a cuantos secuestrados por el régimen están recibiendo torturas allí. El tipo no pasa de ser un enamorado de sí mismo y un poetastro…

Que es la última expresión que voy a considerar hoy porque ya debo haber sobrepasado las novecientas palabras. En castellano, y heredado, cuando no, del latín, el sufijo “-astro” se reserva para calificar a las cosas que parecen pero no son, que son de segunda clase. Por eso, y para nuestro mal, Venezuela abunda en politicastros, filosofastros y poetastros. El mejor ejemplo de los tres es el ridículo Isaías Rodríguez, que acaba de renunciar a la Embajada en Roma. En todo caso, Tarek es lo que los alemanes llaman: “ersatz”, que no es la cosa verdadera, algo que sustituye lo real. Y si fuese eso solo, pero a mí me huele que también es un Ersatzmann…

Y eso era todo. Tenía en el tintero otras palabras que pueden ser utilizadas cuando se habla de los desesperadamente aferrados al poder. Será para otra oportunidad que comente sobre: “execrar”, “importunar”, “indoctrinar”, “ineluctabilidad”, “obsequiosidad”, “ostentación”, y otras palabras parecidas.

Hasta entonces…

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