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opinión

Enrique Viloria Vera

Rafael Caldera, el decano de decanos

24 agosto, 2019

Rafael Caldera Rodríguez (San Felipe, 1916) fue autor de notables ensayos sobre temas jurídicos, sociológicos, políticos y literarios. Individuo de Número de las Academias de la Lengua, y de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela, es Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua y Honorario de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Madrid. Doctor Honoris Causa de numerosas universidades venezolanas y extranjeras. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas. 

El 6 de noviembre de 1729 por Cédula Real firmada en Sevilla, el valeroso poblado sito en el hoy Estado Yaracuy de Venezuela, llamado en su origen El Cerrito o los Cerritos de Cocorote, pasó a tener por fin la condición de ciudad. En cumplimiento de esta regia disposición, el 15 de octubre de 1730, el entonces gobernador Sebastián García de la Torre procedió a designar el primer Ayuntamiento de la novísima villa. Al quedar definitivamente instalado el 1o de Mayo de 1731, el Consistorio en estreno, en reconocimiento a la Gracia otorgada por su Majestad el Rey de España y en homenaje al santo correspondiente en el calendario apostólico, designó a la nueva ciudad con el nombre de San Felipe, al que se le adicionó el calificativo de El Fuerte, en consideración, según unos, a la constancia y al valor de sus habitantes, quienes debieron soportar por largas décadas la feroz oposición de los barquisimetanos a la pretensión de ser una villa con vida propia y autónoma del Cabildo de Barquisimeto, aunque la opinión generalizada es que el título se le otorgó para rendir tributo adicional al monarca Felipe V, fuerte y poderoso soberano.

Ciento ochenta y siete años después de emitida la Cédula Fundacional, el 24 de enero de 1916, nace en San Felipe El Fuerte un niño varón bautizado ante la Iglesia Católica y presentado ante la Autoridad Civil como Rafael Antonio Caldera Rodríguez; sus futuras realizaciones como estadista, político, docente, periodista y escritor lo llevarán a erigirse como el yaracuyano por antonomasia. Huérfano de madre, de Rosa Sofía Rodríguez Rivero, el párvulo es adoptado y criado por su tía materna Marieva Rodríguez Rivero junto con su esposo el Dr. Tomás Liscano. El niño Rafael Antonio realiza estudios elementales en su San Felipe natal. El adolescente Caldera Rodríguez finaliza el bachillerato en el Colegio San Ignacio de Caracas. El joven Rafael Caldera se gradúa de Doctor en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Caracas con la mención Summa Cum Laude. En la universidad, el inquieto Caldera inaugura sus inclinaciones políticas como miembro de la Dirección de la Unión Nacional Estudiantil (UNE) y periodísticas en su rol de Director del periódico de la UNE que luego desarrollaría in extenso en La Esfera, El Universal y El Nacional.

Para 1935, a los diecinueve años de edad, el escritor en ciernes redacta el enjundioso ensayo Andrés Bello (Síntesis de su vida, su obra y su pensamiento) que obtiene el Premio “Andrés Bello” otorgado por la Real Academia Española de la Lengua. Esta biografía del precoz literato sobre el universal y polifacético venezolano anticipa quizás las aspiraciones de un joven constructor de su futuro que anhela también heterogéneo y multidisciplinario, encontrando en el maestro Andrés Bello un nutricio referente. El laureado Caldera divide en dos partes la meticulosa semblanza que dedica al ilustre caraqueño. En la primera sección – El Hombre – el ensayista plasma una síntesis de la vida de Bello que, en evolutiva y vegetal reflexión, compara con el Bucare, la Ceiba y el Samán. En la segunda parte – impresionado por la magnitud y el alcance de las realizaciones de su biografiado – el ensayista analiza las diferentes facetas de la plural obra de Bello, a quien, admirativamente, califica como El sabio. Así, el temprano investigador disecciona la prolífica escritura de Andrés Bello, y ofrece su personal punto de vista sobre seis dimensiones del quehacer intelectual del caraqueño, a saber: el filósofo, el poeta, el filólogo, el educador, el jurista y el sociólogo. Seguros estamos que en nuestros análisis encontraremos vestigios de esta categorización del trabajo intelectual de Bello en la obra del también multifacético Rafael Caldera.

Pero no es sólo la figura del enciclopédico humanista la que concita la curiosidad intelectual de Caldera, Simón Bolívar, ese otro caraqueño universal, es también objeto de la estilográfica y de las reflexiones del escritor yaracuyano. Sus bolivarianas consideraciones se encuentran plasmadas en el libro Bolívar siempre.

En 1939, el ahora certificado jurista Caldera publica su tesis doctoral, el libro Derecho del Trabajo será texto obligatorio para varias generaciones de estudiantes de derecho en las universidades venezolanas y en algunas latinoamericanas. Años después, en el crucial momento para el país de la reversión al Estado de las concesiones petroleras otorgadas a las empresas multinacionales, Caldera publica el libro La nacionalización del petróleo que recoge sus consideraciones jurídicas sobre el proyecto de ley, algunas de las cuales sirvieron de base para la redacción final de la Ley de Nacionalización Petrolera y, en especial, para la modificación del controvertido artículo quinto. A mediados de la década de los 80, su condición de jurisconsulto fue requerida para adelantar la Reforma de la Ley Orgánica del Trabajo que tanta polémica generó entre proculeyanos y sabinianos.

El jurista y el sociólogo se compenetran en la labor docente y en las inquietudes intelectuales de Caldera, quien simultáneamente dicta las Cátedras de Derecho del Trabajo y de Sociología Jurídica. Para la primera ya cuenta con el recurso académico de su libro Derecho del Trabajo, la segunda requiere de apoyo escrito para el aprendizaje. El maestro de generaciones se dedica a compilar el contenido de sus clases magistrales para concretar los libros Sociología Jurídica: El derecho y la Vida Social, y Temas de Sociología Venezolana. La sociología se convierte en materia fundamental de sus preocupaciones de erudito, su Discurso de Incorporación a la Academia Venezolana de Ciencias Políticas y Sociales versa por tanto sobre Una Idea de la Sociología Venezolana. En el libro Reflexiones de la Rábida, la ensayista concreta todavía más su antigua y genuina aspiración de hacer converger el derecho, la política y la vida social. Caldera confirma, más sabido, que de su Cátedra de Sociología Jurídica hizo “una especie de introducción al estudio del Derecho desde el punto de vista social, y he defendido su mantenimiento, pues creo más necesario ahora que nunca enseñar al futuro jurista que el Derecho no es norma puramente abstracta, sino forma de comportamiento emanada de una situación social dada y llamada a cumplir en la vida social un efecto trascendental.”

Rafael Caldera está hecho para la política, es un ser humano llamado a ejercerla y sobre todo a dotarla de sentido. El escritor se instituye en uno de los ideólogos fundamentales de la Democracia Cristiana mundial, junto con Lebret, Mounier, Papini, Maritain, Frei Montalvo, Barbeito, Calvani, Adenauer, Di Natale o Arias Bustamante. Con el mismo entusiasmo con el que caviló y redactó sus libros jurídicos y sociológicos, el ensayista le echa pichón a enseñar y difundir aquende y allende el pensamiento democratacristiano. Especifidad de la Democracia Cristiana, Ideario: La Democracia Cristiana en América Latina y Democracia Cristiana y desarrollo, reconcilian al operador partidista con el ideólogo político. En estos textos, Caldera, distendido y en arena propia, se explaya en comunicar las ideas y valores de la tolda democratacristiana. Con lógica de procurador organiza el pensamiento que sirve de trasfondo a los términos políticos en elucidación: El elemento democrático implica: realizar plenamente la democracia; Democracia personalista; Democracia pluralista; Democracia comunitaria; Democracia de participación; Democracia orgánica. El elemento cristiano se traduce en: afirmación de lo espiritual; el fondo ético de la política; la dignidad de la persona humana; la primacía del bien común; la perfectibilidad de la sociedad civil; y, en especial y por encima de todo, una concepción social en la que predominan: el valor fundamental del trabajo; la función social y formas de la propiedad; el papel del Estado en la vida social; la defensa de los grupos sociales; la solidaridad universal y la justicia social internacional.

Referencia aparte merece su inspirador libro Moldes para la Fragua que recoge breves ensayos sobre diversos personajes dignos de emular de acuerdo con la concepción vital del escritor.

El pensamiento del parlamentario nacional y mundial que también fue el escritor, permanece plasmado en cuantiosas publicaciones, al igual que su intensa actividad de comunicador cuando ejerció por dos veces la Presidencia de la República. Los libros Metas de Venezuela, Habla el Presidente, La Solidaridad Pluralista de América Latina, Parlamento Mundial: una voz latinoamericana, Mi compromiso solidario, entre otros, y más de 60 opúsculos o folletos sobre variados temas expuestos en diferentes escenarios nacionales e internacionales dan buena idea de la magnitud de la actividad intelectual ejercida por el político activo, quien más recientemente sorprendió a sus lectores con una personal historia de Venezuela: De Carabobo a Punto Fijo (Los causahabientes).

Caldera es además generoso prologuista de múltiples libros de amigos y colaboradores entre los que destacan: Venezuela: ruta y destino de Carlos Acedo Mendoza; El Estatuto del Funcionario Público en la Ley de Carrera Administrativa de Allan R. Brewer Carías; Profundización de la Nacionalización Petrolera de José Ignacio Moreno León; El Ciclo Diversificado de Rafael Fernández Heres; Las Estatuas de Simón Bolívar en el Mundo de Rafael Pineda. Mención especial merecen sus solidarias consideraciones a la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, a los 50 años de haber sido editada, las mismas dan buena muestra de la apertura intelectual de un político que en sus anacoretas reflexiones en el monasterio de la Rábida, hizo también suyos los versos del poeta Andrés Eloy Blanco para ilustrar su larga travesía por los diferentes mares del intelecto:

El marino es tan sólo la expresión de un anhelo / pues para andar sobre el azul del mar / hay que mirar el azul del cielo.



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