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opinión

Humberto Seijas Pittaluga

El gobierno de los animales

14 mayo, 2019

Hablando en días pasados con otros carcamales de más o menos mi misma edad surgió el recuerdo de Benito Quirós, un cantante popular de una voz impresionante que cantaba joropos, fulías, golpes y, especialmente, galerones. Comenzó itinerante, presentándose en cuanta fiesta patronal, Cruz de Mayo o parranda lo invitaran. Después, alcanzó a grabar discos y a aparecer en programas famosos de televisión, como los de Víctor Saume y Renny Ottolina. Llegó a ser conocido como “El rey del galerón”. Lo primero que viene a la mente de mis contemporáneos es aquello de: “Soy un pobre chofer que te ha querido / con toda le extensión de su cariño, / y hoy me encuentro llorando como un niño / en medio del camino, embarrancado…”

Pero no es a “La inspiración del chofer” a lo que quiero referirme hoy sino a otro galerón, el que se titula como pongo al comienzo: “El gobierno de los animales”. Porque, de cuando en cuando, Benito —al igual que muchos autores, en todas las latitudes, en todos los tiempos— le metía a la sátira política con su música.

En esta pieza explica que “Se hizo una reunión en todo el reino animal” para “tratar de hacer un gobierno”. Como resultado, entre otros funcionarios fueron designados: “el sapo pa’l Interior, el cochino a Sanidad, (…) el cachicamo se asoma como jefe del Trabajo; un poquito más abajo, nombraron sin dilación almirante al tiburón y, para estar más seguros, quedo nombrado el zamuro comandante de la aviación”.

En solo un par de cosas se equivocó don Benito: primero, dijo que “quedó nombrado el caballo, por toditos sus vasallos, soberano presidente”. Y resulta que en la vida real el escogido —aunque todavía se duda si en verdad ganó— fue el burro. En el galerón original, este cuadrúpedo tenía designado el Ministerio de Educación. Porque el tipo también rebuzna. Y muy seguido. Y, segundo, también acertó en que “fue nombrado el león, presidente del Congreso”. Claro que la robolución, en su afán de cambiarle el nombre a todo, lo convirtió en “Asamblea Nacional”. Porque el tipo, en verdad, le ha echado un camión de valor y voluntad a lo que hace. Y sin perder la majestad del cargo, que es algo que los rojos echaron por la borda desde el mero comienzo. Ha sido reconocido y recibido por jefes de Estado dejando muy bien puesta la venezolanidad.

En fin, que la figura del león le cuadra bien. No se arredra ante las amenazas, no se deja apurar por los impacientes, mantiene con muchos esfuerzos la unidad de los opositores, sacrificó la tranquilidad hogareña y la cercanía de la familia por el cumplimiento del deber y la búsqueda de la libertad para su patria oprimida. No podemos darle la espalda. Porque ha demostrado ser un líder y estar rodeado de dirigentes jóvenes que no se han contaminado. Que no es poca cosa; y que no puede afirmarse de otros, pertenecientes a una generación anterior. O sea, que no tiene reemplazo.

Pero, regresemos a los animales del régimen. Sus ineptitudes y latrocinios le han causado a Venezuela un daño como nunca antes se ha visto aquí. El noventa por ciento de la población vive en la pobreza y carencia más absolutas; la escasez de alimentos y medicinas hace la situación desesperada para todos, incluido ese grupo que alguna vez llegó a ser clase media. En razón de eso —más que por la opresión política, que influye muchísimo también—, según las Naciones Unidas, casi tres millones y medio de paisanos nuestros se han visto en la necesidad de huir del país. Un país que se caracterizó, desde el mismo siglo XVI, por lo contrario: por recibir con cortesía y generosidad a los extranjeros que quisieron (o tuvieron la necesidad de) residir entre nosotros.

Y todo, por imponer entre nosotros, a juro, una ideología que nos es ajena, que ha fracasado en todos los países que la han ensayado; lo hacen solo por complacer a sus amos cubanos. Quienes son los que mandan por sobre el régimen.

Esta es una crisis, fabricada con maldad, que está matando a los venezolanos ex profeso por unos senescales deseosos de congraciarse con sus mandantes. Unos que han demostrado su incapacidad absoluta para hacer crecer la isla y su gente; que solo se mantienen en el mando por la opresión de los suyos y el chuleo de cuanta potencia se deje chupar la sangre por esos vampiros. Cuando se les acabó el patrocinio de la URSS, pasaron el hambre pareja hasta que se empataron en el tráfico de drogas con Pablo Escobar y otros capos colombianos. Al ser descubiertos, fusilaron al general Ochoa como chivo expiatorio, pero no abandonaron el negocio (que continúa hasta hoy). Después del 99, apareció el Mandante como Salvador con el arpa, y saltaron como garrapatas sobre Venezuela. Ahora, que la han dejado exangüe, después de chupársela por veinte años, ya están listos para seguir con su parasitismo en México. Y, parece que, nuevamente, con Moscú.

Espero que llegue pronto el día en que podamos cantar, como don Benito: “Y aquí termina señores, para su bien o su mal, este gobierno animal que ha conocido la historia. Quedará en la memoria el relato, más o menos, de todos los animales que para aliviar sus males hicieron este gobierno”. Lean bien: sus males; esos fueron los únicos que se aliviaron. ¡Y cómo!…

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