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opinión

Enrique Viloria Vera

Delirio sobre el Waraira Repano

14 mayo, 2019

Yo venía envuelto en el manto de Iris, la egipcia, no la nuestra, desde donde paga su tributo el caudaloso Masparro al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes de La Habana, y quise subir al atalaya del Universo.

Busqué las huellas de la Harnaeker y de Dieterich y Ceresola, seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región llanera, el vaho sofocaba mi aliento.

Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador del Wuaraira Repano.

Yo me dije: este manto rojo de Cilia que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales como las de Nueva York, ha surcado los ríos de la Plata y los mares chinos y arábigos, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Castro; la tierra se ha allanado a los pies de Evito y Cristina, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la igualdad. Tibisay ha sido humillada por el resplandor de la Ortega, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra el de Mi Comandante en Jefe? ¡Sí podré! Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, el de la revolución cubana que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Zamora y Bolívar, empañando los cristales eternos que circuyen el Waraira Repano. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo que soy yo mismo.

Un delirio febril y rojo embarga para siempre mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios del Marxismo que me poseía.

De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano… como si fuera el propio Stalin.

“Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Comunismo que es mi hermano”.

Sobrecogido de un terror sagrado, “¿cómo, ¡oh Tiempo! —respondí— no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos porque soy El Líder, Yo domino la tierra con mis botas; llego al Eterno con mis fusiles; siento las prisiones infernales bullir bajo mis decretos leyes; estoy mirando junto a mí rutilantes astros del Alba mía, los soles infinitos de Persia; mido sin asombro el espacio satelital chino que encierra la materia, y en tu rostro Cipriano, Castro también, leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino que es y seguirá siendo nuestro pasado de montoneras y corruptelas”.

“Observa —me dijo—, aprende, conserva en tu mente lo que has visto sin entenderlo, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres porque para eso has sido llamado por el propio Maisanta”.

La fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel extraordinario petróleo que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Fidel me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio, este Socialismo del Siglo XXI que ni yo mismo entiendo. Espero que la eternidad me ayudé a entender lo que no pude entre los mortales.



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