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opinión

Ideología y realidad

9 febrero, 2019

Si usted quiere socialismo, pero no ha leído los libros de Marx, Lenin, Engels, Trotsky, Gramsci y Rosa Luxemburgo, entonces usted es un zombi ignorante.

Conozca a profundidad la doctrina, vívala en Venezuela o en Cuba, como ciudadano común, y luego la defiende, si queda vivo.

Ignoro el origen de esta reflexión; lo único que la identifica es el nombre “Karito” que la precede; apareció en Facebook y la copié en mi muro porque me pareció de interés para originar un foro. La resonancia del comentario ha sido tremenda.

Es inobjetable; en efecto, para asumir una doctrina cualquiera lo primero es conocer los fundamentos de la misma. No menos verídica es la segunda afirmación; soñar con el comunismo es distinto a vivir en el comunismo. Mi experiencia en este punto fue radical; viajé por los países comunistas con la mejor disposición; sentí que algo no cuadraba desde el cruce de las fronteras hacia ciudades sombrías, solitarias de noche, plagada de soldados y policías con caras de pocos amigos; corriendo riesgos, logré zafarme de las excursiones de rigor programadas por las autoridades; fui a los barrios pobres, recorrí edificios residenciales de personas comunes, comí en los comedores populares, recorrí los abastos, me desplace en autobús… El shock fue traumático; la impresión inicial se convirtió en convicción: El supuesto paraíso de los trabajadores es una utopía.

Los personajes citados por Karito le dieron forma a una ideología que, no obstante ser cuestionable desde perspectivas científicas (principalmente, la económica y la sociopsicológica), ha logrado enorme difusión mundial por su contenido moral, por cuanto proclama la redención de los desposeídos y la igualdad de derechos de los seres humanos, entre otros valores altruistas.

Este último aspecto del marxismo-leninismo et alii ha sido la clave de su penetración, así como el estandarte de su propaganda en el debate político. Gracias a la ilusión que llevan a forjar al desposeído algunos líderes y agrupaciones alcanzaron el poder, presentándose bajo el aspecto de “socialistas”.

Y aclaro: hay diferentes socialismos, el socialcomunismo es uno de ellos. Hay socialismos humanistas que propugnan la distribución equitativa de las riquezas, uso de los recursos mediante una administración honesta en beneficio del pueblo, sin exigir sometimiento a un partido único, ni bloquear la iniciativa individual en la economía; en general, respetando los derechos humanos.

Invariablemente el régimen comunista en el ejercicio del poder ha sido desastroso. Algunas contadas experiencias de esa naturaleza lograron mejorar las condiciones de vida de la gente, llevándola del estado de siervos al estilo medieval, al de trabajadores asalariados sujetos a condiciones impuestas por el Gobierno; a cambio, eso sí, de que se mantuvieran arrodillados y sumisos a la nueva clase dominante. Porque una de sus propuestas: la “sociedad sin clases”, es totalmente falsa desde la perspectiva sociológica; el socialcomunismo genera nuevas clases; una estructura formada en la cúspide de la pirámide por la aristocracia de dirigentes del partido único (la aborrecible nomenklatura) y “enchufados”, más abajo, la capa de activistas y colaboradores y en la base la mayoría silenciosa, los sometidos volitivamente o no, conformistas. Los disidentes, a los campos de reeducación mediante trabajo forzado, a las ergástulas o a la tumba.

Es sencillamente imposible que los políticos modernos, obviamente observadores de la Historia, ignoren los sucesivos fracasos del socialismo de inspiración comunista; todos los habidos a larga implosionaron, o en el esfuerzo por continuar terminaron haciendo concesiones de rasgos capitalistas; véase el caso de China.

Tomando en consideración esa evidencia, resulta que aquel político que se declare socialcomunista sólo puede ser un manipulador de torvas intenciones que se vale de los conmovedores cantos de sirena de la ideología para llegar al poder mediante el engaño de la masa, o es un zombie, en su sentido individuo bobo, sin visión histórica, orientado por indoctrinamientos huecos; siendo esto último lo menos probable…



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