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opinión

De héroe épico a cobardón silencioso

21 enero, 2019

A lo largo de mi vida he acumulado experiencias suficientes para formarme una actitud de antipatía hacia los militares; de modo que si aquí los invoco es porque creo que su participación es esencial en la recuperación de la democracia. Sin su respaldo seguiremos con el vampiro narcocomunista montado en la yugular.

Siendo niño aprendí de mis mayores a tenerles no precisamente respeto, sino temor, por el uso abusivo su poder, y a sentir hacia ellos cierto sentimiento de rabia sorda por sus privilegios.

Recuerdo uno de esos chocantes privilegios que asumían los militares; uno minúsculo y ridículo, pero no por ello menos irritante y representativo de la consabida picardía criolla en su versión castrence, consistente en dejar la gorra galoneada en un lugar visible dentro del carro estacionado en un sitio prohibido, con el fin de evitar que un fiscal de tránsito pusiera una boleta o llamara la grúa.

En una de mis desagradables experiencias, una vez me chocó una sargento técnico que retrocedía sin precaución. Seguramente alertados por un angustiado telefonazo de la encantadora suboficial súbitamente el sitio se llenó de militares: desde un teniente motociclista con pinta de galán de telenovelas y actitud de macho dominante, hasta gente de tropa. Después me enteraría de que gracias a la manipulación artera de la información por los fiscales que intervinieron, yo resultaba culpable del hecho.

Llegado el momento de escoger una carrera me impusieron las cinco opciones de rigor para un muchacho de una familia sin recursos: médico, ingeniero, abogado, cura o militar, por cuanto sólo siguiéndolas podía uno llegar a ser respetable, rico y poderoso. Mi madre, que ya estaba bastante atormentada por mis inclinaciones hacia lo artístico: teatro, ballet, literatura… puso el grito en el cielo cuando le dije que quería estudiar Filosofía y Letras; fui calificado de vago, de irremediable perdedor; anticiparon para mí un destino incierto, y me amenazaron con internarme en una escuela militar; ante esa posibilidad me fui de la casa y me metí en la marina mercante.

Más adelante, en mi experiencia como articulista de prensa queda constancia de esa actitud. Tuve una polémica (véase El Nacional) con el que para la época era Cronista de las Fuerzas Armadas, a causa de una nota sarcástica sobre un acontecimiento ocurrido en la Escuela Militar que involucró a los cadetes. Los mismos que llevaron al inmortal Aquiles Nazoa a acuñar la frase “Más ridículo que un cadete”, la cual, creo, nunca escribió: sólo la decía en situaciones privadas; y llevado por su bonhomía de inmediato complementaba con el siguiente comentario: “¡Pobrecitos esos muchachos, a los que sus padres meten en esa Escuela!”, tal como habían pretendido hacerlo conmigo para garantizar mi futuro.

En ese debate fui sometido a censura, no así mi opositor. Se tacharon mis frases más contundentes; en cambio, en uno de sus artículos el teniente hasta llegó a poner en tela de juicio mi virilidad, sin que mi orientación sexual tuviera algo que ver con la polémica. Así me encontré peleando con una mano amarrada detrás. Me vi obligado a hacerle llegar una carta al Jefe de Redacción en la que protestaba por mis condiciones y decía más o menos lo siguiente: “¿Vamos a seguir los civiles dando la cara para que los militares no den de cachetadas?” Supongo que el asunto recibiría atención de los más altos niveles de dirección del periódico y finalmente tuve libertad.

Expuestos los antecedentes, voy al grano.

Los analistas políticos focalizados en la cuestión castrence coinciden en que la Fuerza Armada está fraccionada, según algunos, prácticamente disuelta; el poder primitivo de la dictadura se fundamenta más en los colectivos facinerosos que en la lealtad o complicidad de los militares; pero son estos los que controlan el poder realmente serio, el de las armas más efectivas y la acción organizada para operarlas. No obstante la descomposición de la FFAA, todavía albergo la esperanza de que una unidad de nuestros soldados, debidamente equipada y dirigida, daría de baja en un dos por tres a una muchedumbre vociferante de delincuentes motorizados pagados por el gobierno.

Tanto como prácticamente todos los demás sectores de la sociedad venezolana el estamento militar se encuentra en estado de anomia (del griego a, “ausencia de” y nómos “ley, orden, estructura”): la falta de normas. Se caracteriza por una pérdida o supresión de valores (morales, religiosos, cívicos…) junto con las sensaciones asociadas de la alienación y la indecisión. Y esta disminución de los valores conduce a la destrucción y la reducción del orden social. Este estado lleva al individuo a tener miedo, angustia, inseguridad e insatisfacción. Anomia significa una desviación o ruptura de las normas; se hace sentir en las sociedades o grupos en el interior de una sociedad que sufren un caos debido a la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, implícita o explícitamente, o peor: debidas al reinado de reglas que promueven el aislamiento o incluso el pillaje más que la cooperación.

Los sociólogos nos hacen ver que la anomia aparece cuando el entorno social asume cambios significativos; generalmente cuando se abre una brecha profunda entre las ideologías y valores comunes enseñados y la práctica en la vida diaria. Exactamente las condiciones presentes en el contexto de la sociedad venezolana actual.

En el ámbito castrence las solicitudes de baja entre oficiales se multiplican, asimismo la deserciones de elementos de tropa; hace poco la prensa hizo eco del grotesco caso de un efectivo que desertó llevándose consigo su arma de reglamento y municiones, y pacíficamente se fue a su casa, porque probablemente su propósito era vender esas cosas para comprar algo de comer. Hay centenares de oficiales presos y torturados, hambruna entre la tropa, moral en cero, delincuencia ejercida por uniformados, indiferencia y complicidad con la criminalidad común, cada día más desatada e impune; paranoia generalizada entre la oficialidad como efecto del espionaje cubano, generales y almirantes honorables desplazados de cargos de mando. Nadie se atreve a expresar desacuerdo con la cleptocracia castrochavista de inaudita crueldad y cinismo, y aquel sospechoso de disidencia por alguna conducta o delación ─enérgicamente estimulada por los regímenes comunistas─ sin aviso ni protesta va a la ergástula. Es el miedo, uno de los componentes psicológicos de la anomia, lo que explica su inercia, su aparente apatía ante la crisis, su silencio, en un momento en el que silencio es complicidad.

Probablemente no todos están podridos, no todos son corruptos, no todos son cómplices ni están involucrados en el tráfico de drogas. Es el miedo el factor clave de la falta de reacción que la gente está pidiendo a grito herido. Lástima, porque se supone que no es un atributo propio de un soldado; pero el hecho es que la imagen del militar venezolano ha cambiado radicalmente.

De símbolo de lo heroico, que en algún momento lo fue por su rol en la Guerra de Independencia y su participación fundamental en la forja del país, pasó a ser sujeto de una categoría social privilegiada, y represor que no obstante inspirar temor y otros sentimientos adversos, era un modelo digno de imitar en una colectividad dominada por la motivación de poder; y de aquí a repulsivo cobardón que rehúsa asumir su responsabilidad constitucional e histórica, cuando no es actor o cómplice de una acción evidentemente criminal.

Insisto en afirmar que probablemente no son todos, pero es el estereotipo generalizado, y esta clase de imagen, aunque incompleta, involucra a todos los elementos de un componente social.

Rescatar la imagen del militar heroico es difícil, como ardua será la tarea de reestructurar un país destrozado; y el inicio de esa reconstrucción está en el indispensable líder dotado de los cojones de un Páez, digamos, dispuesto a jugarse el todo por el todo. Desde luego, no es fácil: el régimen no vacila en encarcelar, torturar y matar (¡todavía está fresco el incidente del Junquito!), pero cuando el peligro es grande, la recompensa puede ser inmensa.



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