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opinión

Centenario de la Gran Guerra: No hay que humillar al enemigo

14 noviembre, 2018

Eso de que no hay que humillar al enemigo vencido es relativo. El Tratado de Versalles (1919), luego de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), ayudó al rearme clandestino alemán y al ascenso de los nazis. Alemania creció a la sombra del rencor y buscando la revancha. Los Aliados, la coalición entre Francia, Inglaterra y Rusia, sí bien ganaron a sangre y fuego, nunca pudieron incursionar en el territorio alemán. Eso les dolió mucho. Ganando una guerra de trincheras, en dónde todas las más sangrientas batallas se libraron en sus propios territorios, los alemanes se rindieron aun estando en pie. Sólo en la Batalla del Somme (1916) hubo un millón de bajas entre ambos contendientes.

La Primera Guerra Mundial puede ser considerada la culminación y el desenlace de una rivalidad entre Francia e Inglaterra, líderes de la colonización y el imperialismo mundial, y una Alemania, industrializada tardíamente, que quería un lugar protagónico en el reparto del mundo. Llamar “Guerra Mundial” es algo un tanto exagerado. Una vez más los recuerdos se elaboran alrededor de los actores históricos que gozan de una preeminencia que da entender que la sustancia de la historia, en su mayor peso, recae sobre ellos. En realidad, fue, una guerra europea, espacio geográfico éste que avasalló al resto de los continentes luego de los descubrimientos de África y América a partir del siglo XVI.

El uso de gases venenosos y la ametralladora determinó el signo de una guerra en donde la nueva tecnología (los primeros aviones y blindados) empezó a cuestionar toda la teoría anterior de los asedios con sus cañoneos largos y mortíferos junto a las cargas heroicas de la caballería e infantería con sus enfrentamientos cuerpo a cuerpo bajo el impulso de un coraje irreflexivo. El Alto Mando alemán perdió la guerra por abrir dos frentes a la vez: el ruso y el francés. Este esfuerzo, al final, no lo podía mantener. Y con todo, mantuvo la iniciativa en ambos frentes y luchando en territorio enemigo como ya antes se refirió.

No sólo la derrota alemana fue la consecuencia más importante del conflicto, sino el arribo de la Revolución Rusa en el año 1917. La madre de todas las revoluciones cuya influencia se hará presente durante el resto del siglo XX en China (1949) y Cuba (1959) además de influir en todo el proceso de la descolonización después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El nacimiento de la URSS la convirtió en una potencia emergente asumiendo un modelo político opuesto al capitalismo occidental: el comunismo. Que mediante planes de colectivización y planificación les permitió, a sangre y fuego también, alcanzar importantes avances industriales.

Humillar al vencido no está bien: pero el que gana quiere justicia y reparaciones. En el fondo, arde en deseos supremos de venganza y retaliación que las formalidades legales objetan pero que nuestra primaria humanidad desea. ¿Cuantas violaciones y asesinatos se cometieron sobre la población civil de parte de vencedores y derrotados mientras duró el conflicto con la vista puesta de lado por parte de los oficiales superiores? Miles.

Ya sabemos que las guerras son inútiles aunque representen la expresión de un orgullo herido por un nacionalismo cultivado desde tiempos ancestrales. Formar parte de la tribu te convierte en un potencial agresor sobre el otro y el vecino. El nacionalismo fue la ideología que justificó todos los crímenes de lesa humanidad que la “guerra legal” produjo entre unos beligerantes que se odiaron porque sus sectores dirigentes les inculcaron ese odio a través de ideas inflamables de sus respectivos imaginarios. Nacionalismo “pequeño” el de las minorías étnicas junto al nacionalismo “grande” representado por las potencias. El estallido de la guerra se debió coyunturalmente porque un nacionalista serbio asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria en la ciudad de Sarajevo.

Juzgar que el Tratado de Versalles fue muy duro contra los alemanes que perdieron junto a sus aliados: austro-húngaros y turcos, es una tara anacrónica. Eso lo sabemos por qué luego que pasó la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) los estudiosos sacaron esa evidente conclusión. En su momento los vencedores querían mostrar sus trofeos y no pensaban que la derrotada Alemania se fuera a levantar de sus propias cenizas. Es más, mientras los alemanes liquidaban la República de Weimar (1918-1933) y daban paso a la vendetta nazi, los Aliados descuidaron sus deberes. Francia y sus líderes político/militares quedaron traumatizados por la carnicería: 1.400.000 de soldados muertos y 500.000 civiles que les llevó a desarrollar una estrategia defensiva paralizante que hoy se juzga como la causante de la derrota en el año 1941. March Bloch (1886-1944), un esencial historiador del siglo XX pasado fundador de Annales, y que murió fusilado por los alemanes, escribió en la cárcel un lúcido ensayo sobre ésta cuestión: “Una extraña derrota” (1940).

Otra vez el anacronismo histórico, enfermedad muy común, la más común para distorsionar los hechos históricos de parte de analistas en el presente cuya piel y percepciones son muy distintas de los personajes y situaciones que estudia en el pasado. La Línea Maginot supuso imaginariamente, de parte de sus arquitectos, que Francia era una gigantesca fortaleza para evitar que los germánicos volvieran a esparcir el terror dentro de sus fronteras. Lo mismo pensaron los alemanes cuando encomendaron a Erwin Rommel (1891-1944) organizar el Muro Atlántico. Ya sabemos que los alemanes en 1941 se volvieron a meter por las Ardenas en Bélgica y flanquearon el dispositivo francés, estático e infuncional, y que la Invasión sobre Normandía en 1944 fue imparable y acabó con los nazis en el frente occidental.

En la guerra moderna gana el que ataca y no el que se defiende. En cambio en las batallas más celebres de la Primera Guerra Mundial como la de Verdún, Ypres y Somme las maniobras eran estrictamente defensivas: ejércitos atrincherados condenados a un contínuo bombardeo inmisericorde. Los asaltos a la bayoneta contra posiciones fortificadas invulnerables eran una invitación al suicidio en masa. Hay una película de Stanley Kubrick (1928-1999): “Senderos del Gloria” (1957), prohibida en Francia en su momento, que cuestiona todas las supercherías alrededor del patriotismo francés y de cualquier otro patriotismo.

Así que eso de “que no hay que humillar al enemigo vencido” es algo cuestionable, porque lo normal es devolver con la misma acción al que te ha perjudicado de una forma irreparable. En el caso venezolano nuestra Guerra de Independencia (1810-1823) no tiene nada de gloriosa. La Guerra a Muerte (1814) se instaló para hacer de la vida algo sin valor. Boves y Bolívar se regalaban las cabezas fritas de sus rivales y las consideraciones humanitarias nunca existieron. Los enemigos declarados no sólo se humillaban entre sí sino que se despedazaban.

Aunque hay una variable a esa máxima respecto a humillar al enemigo y ocurrió en el año 1992 en Venezuela cuando unos golpistas se alzaron contra el Estado y fueron indultados y tratados como héroes. Ahí no hubo castigo del delito, por el contrario, se les promovió. Eran visitados en cárceles dónde se les resguardaron sus derechos humanos y podían dar largas entrevistas que cubrían los principales medios de comunicación del país. Luego se les permitió participar en las elecciones que ganaron de manera aplastante en el año 1998. Hoy, esa blandenguería se condena luego del periplo chavista destructor. En su momento se justificó porque había que enterrar a la guanábana adeco/copeyana incapaz de renovarse y actualizar una Democracia desaliñada. Pocos imaginaron que los golpistas iban a promover con delirante terquedad, en estos últimos veinte años, la erosión de toda la institucionalidad democrática, cogerse los dineros nacionales indebidamente aupando la más grande corrupción y persiguiendo y encarcelando a sus enemigos. No siempre es bueno ser benevolente.

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

@LOMBARDIBOSCAN



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