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opinión

Sergio Arancibia

¿El que convoca gana?

11 octubre, 2018

En Chile, el principio del fin de la dictadura de Pinochet comenzó con la derrota de éste en el plebiscito convocado por él mismo para el día 5 de octubre de 1988. En esa oportunidad las fuerzas democráticas apoyaron unidas la alternativa del No – que implicaba la realización de elecciones plurales en el transcurso del año 1989 – y que resultó triunfadora por sobre la alternativa del Sí, que implicaba la permanencia durante 8 años más de Pinochet en la Presidencia de la República.

Dicho plebiscito fue organizado íntegramente por la institucionalidad gubernamental pinochetista, que obviamente organizó las cosas de modo de hacer sumamente difícil el triunfo del No.

Pero perdieron.

En primer lugar, era necesario convencer a la población de que se inscribiera en los registros electorales, pues todos los registros anteriores habían sido destruidos. El gobierno inscribía con todo tipo de facilidades a sus adherentes – voluntarios u obligados – mientras que los ciudadanos desafectos a la dictadura debían sacrificar parte de su jornada de trabajo para ir hasta las oficinas del registro. Pero se logró movilizar a una masa crítica más que suficiente – según todos los cálculos electorales de que se disponía – como para dar esa batalla. Se ganó esa primera parte de la pelea, con unidad y organización, y se logró que la ciudadanía confiara en que esa contienda era posible de ganar y que era necesario, por lo tanto, darla.

El acceso a los todos de medios de comunicación social- televisión, radios, diarios – era sumamente modesto para la oposición y sumamente abundante para el gobierno. Se le otorgaron a los partidarios del NO 15 minutos de televisión a las 12 de la noche de cada día, y esos minutos se convertían, en todo el país, en el tema obligado de conversación del día siguiente. Un mensaje unitario, convocante y de alta calidad profesional permitió romper los muros del silencio donde estuvo condenada la oposición durante largos años.

Todos los vocales de mesa eran ciudadanos puestos allí por la dictadura. Pero La oposición logró poner sus propios observadores en cada mesa de votación del país. Otro triunfo de la unidad y de la organización.

Los resultados de cada mesa y de cada ciudad del país se conocían en Santiago, en los centros de acopio de la oposición – gracias al uso de los fax y del teléfono, pues no había internet todavía en ese entonces – lo cual permitía que todos los dirigentes de la oposición y todos los observadores internacionales – que fueron muchos – conocieran los resultados casi en tiempo real. La ciudadanía había respondido diciendo a Chile y al mundo que no querían más dictadura. La unidad y la organización generaban credibilidad y todo ello permitía una base segura de acción en esos momentos críticos para el país.

Finalmente, Pinochet hizo lo posible por desconocer esa noche el resultado de las urnas. Pero los comandantes en jefe de las otras ramas de las fuerzas armadas no lo acompañaron es esa aventura, no porque fueran ángeles ni arcángeles, ni porque tuvieran mucho talante democrático, sino porque un mínimo de realismo los condujo a ver que patear la mesa a esa altura de los acontecimientos no tenía ninguna viabilidad, máxime cuando los chilenos habían hablado con claridad y con libertad, después de 16 años de silencio y de dictadura y todos los ojos del mundo sabían la realidad de las cosas.

En resumen, se le ganó una batalla a la dictadura, en el terreno que ella había planeado, organizado y dirigido. Sería impensable el devenir posterior de Chile si esa batalla no se hubiera enfrentado y ganado. No es fácil, pero de que se puede, se puede.



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