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opinión

Noel Álvarez

Dictadoras

13 septiembre, 2018

Son muchos los que piensan que la civilización ha avanzado significativamente a lo largo de la historia de la humanidad. “Sí, ha habido avances considerables, pero mayormente en la ciencia y la tecnología, mucho más que en cuanto a civilización”, dicen los científicos. En cuanto al ser humano, el progreso es escaso y habría que buscarlo con lupa.

Biológicamente somos los mismos desde que Dios creó nuestra especie y socialmente mantenemos las bases de conducta de los primates que somos, complicadas y disfrazadas por lo que “hemos llamado cultura, y a las adaptaciones de los sistemas jerárquicos tribales a niveles supra tribales las terminamos llamando política”, escribe un antropólogo. Es cierto que el empaque resulta difícil, el lenguaje extraño y la distancia con el contexto hacen que el lector se extravíe cuando intenta abordar la lectura de un clásico griego, pero cuando encuentra la palabra dictador se estremece y le entra un frío en el cuerpo.

Hablar de algunos de los autócratas más conocidos del siglo XX a través de la visión de sus esposas, amantes e hijas, y del lugar que la mujer ocupaba en sus proyectos megalomaníacos, es poder ahondar en la historia europea desde otra perspectiva y ampliar la comprensión de las tragedias sociales por medio del análisis de las tragedias domésticas. “Es como meterse por la puerta de atrás de las dictaduras”, dice Rosa Montero en el prólogo de su libro Dictadoras, que aborda el poder de las mujeres a la sombra de Hitler, Franco, Stalin y Mussolini y tangencialmente de Franco.

Al enfrentarse a las mujeres de los cuatro sanguinarios europeos, Montero parte de la base de que “Francisco Franco era de una liga diferente. Los otros eran extremadamente mujeriegos, incluso Hitler, quién tenía problemas sexuales. Cultivaban además la mitificación de la mujer hacia ellos, como uno de los registros con los que podían imponer su fuerza socialmente”. Estos “psicópatas” utilizaban a la mujer como si fueran “fans enloquecidas de un cantante”. Hitler, por ejemplo, ocultó a Eva Braun para no decepcionar a sus fans. Stalin, Hitler y Mussolini tuvieron muchas enamoradas personales, fueron muy mujeriegos y, “en realidad, no prestaron ninguna atención a las mujeres, las utilizaban para sus fines”, escribe Montero.

“Eran medio pedófilos. Les encantaban las niñas pequeñas”, como demuestra el hecho de que Stalin tuvo hijos con una niña de trece años, mientras que Hitler y Mussolini tuvieron relaciones con menores. A todos ellos perseguían mujeres que luego se suicidaban o intentaron hacerlo, “lo que refleja el tipo de relación que establecían con ellas”, dice la autora. Frente a todos ellos se sitúa Franco, un hombre “absolutamente cero mujeriego, un meapilas. A diferencia de los otros, no era un hombre carismático sino invisible. Fue un ser maltratado por su padre cuando pequeño, que había hecho el ridículo en la escuela, de quien todo el mundo se reía por su voz aflautada. Era un renacuajo”.

Al contrario de los demás, su mujer tuvo una importancia capital en la vida de Franco y en la dictadura. “Ella impulsó su ambición como una forma de venganza por todos los oprobios recibidos”. Entre estas mujeres, Rosa Montero considera especialmente interesante y trágica a Nadia, la segunda esposa de Stalin. Hija de comunistas, a la que conoció pequeñísima, enseguida la hizo su amante. Era inteligente, muy pura en sus ideales y la única que realmente se intentó enfrentar a Stalin en momentos en que nadie le criticaba. Finalmente, “se suicidó en un día en que como otros muchos lo más seguro es que él le había pegado”.

Rosa Montero considera también fascinante la figura de Margherita Sarfatti, notable intelectual amante de Mussolini, de origen judío “y eminencia gris del fascismo, que, cuando el Duce implantó las leyes antisemitas, tuvo que salir del país”. Frente a estas mujeres, la autora sitúa a Carmen Polo de Franco, “mujer tremenda que la única cosa agradable que hizo fue enfrentarse al militar Millán Astray para defender al poeta Miguel de Unamuno, el día en que, él pronunció su famosa frase contra los franquistas: “Venceréis porque tenéis la razón de la fuerza, pero no convenceréis porque os falta la fuerza de la razón”

Como colofón de este artículo yo agregaría que, a Rosa Montero le faltó citar en su libro a una que otra dictadora, pero claro, en su descargo, debo reconocer que solo se refirió a las damas acompañantes de algunos autócratas que vivieron y arruinaron a sus pueblos, así como también, a buena parte del mundo, durante el siglo XX.

Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE

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