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opinión

Éxodo y chantaje

3 septiembre, 2018

El éxodo venezolano sintetiza la tragedia que vivimos bajo la dictadura socialista, lanzados a la intemperie de un injusto e indecible esfuerzo de supervivencia. Median, por ejemplo, 4.500 kilómetros de Caracas a Lima, o 7.800 kilómetros de Caracas a Santiago de Chile, recorridos a pie o en autobús, por caminos peligrosos, con la familia y el hambre a cuestas.

Un problema desgraciada y completamente novedoso, ha aportado Maduro Moros, aunque tampoco debe sorprendernos. En distintas circunstancias, añadida la insularidad, los Castros apelaron a la fórmula para facilitar y consolidar el ascenso al poder; e, incluso, veinte años más tarde, aceptaron entregar a Huber Matos, junto a otros de sus meritorios coterráneos, contrabandeando a algunos delincuentes por el Puerto de Mariel, en 1980.

Sobrada razón tiene Carlos Espert, amigo de muchos años, al observar que la pretensión del régimen venezolano es la de generar una profunda perturbación en los países vecinos, alentando la desestabilización de la vida democrática y aguijoneando la xenofobia, además de atemperar la inevitable protesta en suelo propio. Por lo demás, convertido en un vil instrumento de la “diplomacia de los pueblos”, todo un eufemismo para la política exterior del chantaje, procurando un medio de defensa del proceso, incurre en la burda maniobra de sembrar a numerosos mercenarios en Lima para luego devolverlos, por vía aérea, festejando no sólo el rescate, sino promoviendo una misión que se ofrece como un modelo de negocios para las camarillas mismas del poder, adueñadas de todo servicio consular y diplomático.

La Alta Comisionaduría para los Refugiados (Acnur), con otras instancias internacionales, procuran aliviar la carga de los países afectados, por lo que la visita a Miraflores de sus altos funcionarios no constituye gesto alguno de cortesía, como sus ilegítimos ocupantes pretenden. Colapsados los servicios públicos y, particularmente, los médicos, de acuerdo a la constante reseña de la prensa, los países afectados reciben toda la ayuda posible que también agradecemos, al igual que la comprensión de pueblos y gobiernos que acogen a nuestros compatriotas, siendo inevitable la manifestación de rechazo de algunos sectores que todavía no entienden la calamidad de una dictadura habanera que desea alcanzar una proyección continental que soñó por siempre. Por cierto, entre los países que han recibido financiamiento para tales fines, se encuentran Guyana y Trinidad-Tobago.

Para el 17 de septiembre del presente año, Quito será sede de un encuentro de trece cancilleres, añadido el que funge como tal por Venezuela, dispuestos a concretar soluciones. Esta dictadura que niega el drama y, faltando poco, califica de apátridas a quienes ha forzado a un amargo exilio, evidentemente constituye un peligro real y cierto para el mundo.



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