end header begin content

opinión

Enrique Meléndez

La tortura del Metro de Caracas

4 septiembre, 2018

Una señora de muy baja estatura; apabullada en el Metro de Caracas donde no cabe un alma dice, en su profundo malestar (aires acondicionados del sistema dañados, al igual que las escaleras mecánicas):

-Yo estoy loca porque pase todo esto. Yo prefiero a los ladrones…

No dijo de la otra época; cuando entonces se decía que Carlos Andrés Pérez era el hombre más corrupto de Venezuela, y que fue lo que le empedró el camino a Chávez, para apoderarse del poder; un teniente coronel golpista y con una cierta incontinencia verbal, y, en ese sentido, manejaba con mucha pegada la moral de la ética de la probidad ciudadana; tanto más porque se trataba de un militar, con mucha proyección entre una clase media; que no ponía reparo alguno en las locuras, que soltaba este hombre, a propósito de su incontinencia verbal; pues la idea era salir de estos “ladrones” lo más pronto posible; dado que estamos, además, en un país militarista; y en un momento en que la corriente de la antipolítica; que se expresaba entre la ex reina de belleza Irene Sáez y él, es decir, dos personas que no habían transitado el camino del activismo político; pues en otra época; cuando Venezuela era un país mucho más profundo, que este de ahora: la Venezuela de Rómulo Betancourt, la de Rómulo Gallegos, incluso, la de Eleazar López Contreras, en su condición de presidente de una transición democrática; como la que había regido durante su gobierno en la década de 1930; en un país, decía, que tenía una visión de mundo; mucho más aguda que la de nuestra época, esta gente no hubiera tenido cabida: ¿una ex reina de belleza y un militar ignaro y felón, eran quienes acaparaban el protagonismo del andamiaje político? ¡Qué frivolidad!

-Robaban, -agrega la señora; para estupor de la gente que la rodea-, pero hacían las cosas bien-.

Estamos hablando de un vagón del Metro donde la gente está sofocada por el calor; porque no cabe un alma en ese espacio tan cerrado; tomando en cuenta que el vidrio de las ventanas de los vagones no permiten un respiro, y cuando el aire acondicionado no funciona, adquieren un carácter de invernadero insoportable; lo que lleva a la señora a quejarse; entonces alguien le responde por allá; porque a la hora que sea y en el lugar que nos encontremos, la Venezuela de hoy vive en una permanente queja.

O, al contrario, más bien que en “esta tortura”; como le oí decir a un joven antes de montarse en el tren en la estación Plaza Venezuela: “llegó la tortura”; porque el sistema está tan colapsado, y el servicio resulta tan ineficiente, que en el transporte subterráneo se anda en forma atropellada: uno atropella y lo atropellan a uno; he allí el salvajismo del venezolano, y que ha sido puesto en videos, con ejemplos, en las redes sociales: esa forma que se ha adoptado de abordar el tren; lo mismo que en el ferrocarril que va los Valles del Tuy, y, entre tanto, rueda también un video de la forma como en Japón se entra en el Metro de Tokio en una forma ordenada, y no hay atropello de ninguna especie; quizás con la intención de que le sirva de aleccionador al alma del venezolano; decía que en lugar de quejas, hay momentos en que también se oye la expresión de humor, que nace de una profunda ironía; como el caso de señora de aspecto afrodescendiente; como suele hablar al chavismo, para no decir negroide; incluso, entrada en años; que, de pronto, le da por una cierta mamaderita de gallo, para decirlo a la venezolana, con la figura de Trump:

-Que vaina nos echó Trump, nos mandó a quitar la luz esta semana-. Ese día se había vuelto a caer la corriente eléctrica, consecutivamente, durante tres días; el sistema del Metro se había detenido por unos minutos; lo que había llevado al congestionamiento de los usuarios; que se han doblado en los últimos años; porque medio parque automotor está parado; bien sea por falta de repuestos; bien sea porque los dueños de determinado auto se han ido –no se pase por alto que ya van más de cuatro millones de compatriotas, los que han migrado-, y han dejado el auto en el estacionamiento de su edificio, al cuidado de un familiar cercano; pongamos por caso; aparte de que no hay plata, para pagar el transporte público, y así que todas las rutas del Metro explotan de usuarios a toda hora; con el lamentable resultado que, por ser un transporte donde no se cobra un centavo, en esas condiciones, ofrece un servicio muy ineficiente. En esa situación: ¿qué le queda al venezolano? Reírse de su tragedia:

-Es Trump quien da la orden –agregaba esta otra señora de espíritu ingenioso, como diría Cecilio Acosta- de que cierren o no las puertas del Metro-. Lo decía, porque el operador intentaba cerrar las puertas del tren sin obstáculo de ninguna especie, y siempre había la espalda de alguien, que se ha querido meter a la fuerza en aquel apretujado mundo; espalda que se atravesaba, y que impedía dicho cierre; una situación que entonces volvía más angustiante el momento de espera del reinicio del recorrido del tren, ya que las puertas, una vez cerradas, se volvían a abrir; cosa que se repetía, hasta que la computadora le emanara la señal al operador, de que sí se habían cerrado; algo que suelen advertirlo los altoparlantes del sistema, a los fines de que a última hora no se meta más esa espalda. Es decir, estamos en el típico caso de un pueblo; que comienza a reírse de sus gobernantes; teniendo presente que nadie se cala ese cuento de que al imperialismo estadounidense lo tenemos metido hasta en el transporte público, con el afán de sabotear la gestión de Maduro; cuando, por el contrario, si algo apostaría Trump es por el éxito de su gobierno; en el marco de una Venezuela, que se encuentra en los niveles de ayuda humanitaria, y que esta gente soberbia y presumida, no lo quiere admitir; mintiendo, en ese sentido, en una forma vil e inhumana; todo por el interés de quedarse a toda costa en el poder.

[email protected]



Etiquetas:

Canal Noticiero Digital

Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com