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opinión

Sergio Arancibia

¿Qué significa el anclaje?

22 agosto, 2018

Partamos con un ejemplo histórico claramente entendible, sobre todo por los venezolanos mayores de 50 años. Durante más de una década imperó en Venezuela el famoso dólar a 4.30. No se estaba en presencia exactamente de un mercado libre, pues ese precio del dólar no se fijaba en el mercado, por la vía de las fluctuaciones de la oferta y la demanda, sino que todas las compras y ventas de dólares se tenían que hacer a esa tasa, fijada potestativamente por el Ejecutivo y/o por el BCV. El valor del bolívar estaba atado o anclado al valor del dólar. Pero cualquier ciudadano del país podía comprar dólares con bolívares, y/o bolívares con dólares.

Para que este sistema funcionara – como efectivamente funcionó durante largos años – el país, y en particular el BCV, tenía que disponer de una cantidad de dólares cómodamente suficientes como para satisfacer la demanda de dólares que proviniera tanto de personas naturales como jurídicas, para importar, viajar, ahorrar o lo que estimase conveniente cada uno. Y esa disponibilidad de dólares fluía, a u vez, por la vía de las exportaciones de petróleo y de otros bienes y servicios, y en alguna medida por la vía del turismo y la deuda externa.

Si en algún momento circunstancial la demanda de dólares que se volcaba sobre el BCV era mayor que la oferta, ésta instancia vendía dólares de sus reservas, que existían en la cantidad adecuada, con lo cual retiraba de la circulación activos monetarios nominados en bolívares, medida que disminuía la demanda de ciertos bienes importados, y los equilibrios volvían a restablecerse.

En otras palabras, si a esa tasa de cambio fija, la oferta no era igual a la demanda, habían mecanismos que permitían cerrar esa brecha, sin modificar el precio preestablecido del dólar.

Volvamos ahora al presente. Para que el bolívar soberano esté anclado a algo – al petro, al dólar, al barril de petróleo, o a lo que sea – se necesita que el poseedor de bolívares pueda convertirlos, sin trabas en aquella moneda o en aquel bien al cual esté anclado. Es decir, que los bolívares se puedan convertir libremente en dólares, en petro o en barriles de petróleo. Pero como el grueso de los que quieren deshacerse de los bolívares lo hacen para tener un activo que pueda ser usarlo como medio de cambio en las transacciones internacionales, lo más probable es que demanden dólares, y no petros, ni barriles de petróleo, pues la inmensa mayoría de las compras de bienes y servicios en el mercado internacional se realizan en dólares. No se conoce hasta este momento que ningún agente económico extranjero haya aceptado petros a cambio de los bienes que entrega, ni tampoco barriles de petróleo enterrados todavía unos cuantos metros bajo tierra.

Si en este nuevo esquema – a una tasa de cambio fijada por el Ejecutivo – la demanda de dólares fuese mayor que la oferta, el BCV no tendría dólares disponibles como para cerrar esa brecha, a menos que los obtenga de alguna fuente misteriosa que todavía no se conoce. Se generaría, por lo tanto, una discrepancia estructural entre oferta y demanda de dólares – si es que esa discrepancia no está ya presente desde el día 1 de la existencia de este experimento – que tarde o temprano se traduciría en mercado negro, y en una modificación de hecho, de la tasa de cambio. Se rompería así el anclaje, y el bolívar quedaría librado a su suerte, arrastrado de un lado a otro por los mares tempestuosos de la política y de la economía.



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