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opinión

Miedo a la libertad

9 agosto, 2018

Disponemos de una variedad de “frases célebres”; algunas de ellas fueron, en efecto, pronunciadas por notables en la Historia; otras también, pero han sido tan manipuladas que se distancian mucho de la intención de la personalidad que las dijo; otras jamás fueron dichas o escritas por nadie, no obstante lo cual se atribuyen a un personaje en particular; por último, en fin, circulan frases que no se sabe de quién son.

La que tomo en préstamo para titular este artículo es de Erich Fromm. “Miedo a la libertad” encierra la idea de que al sujeto masivo la libertad de pensar y actuar le crea un estado psicológico incómodo, de incertidumbre, en razón de lo cual prefiere que le prescriban la pautas de esos comportamientos y se somete a la autoridad que lo hace. Explica la razón por la cual las dictaduras y demás sistemas políticos de “pensamiento único” cuentan con respaldo popular.

Otras frases célebres son “El fin justifica los medios” (supuestamente debida a Maquiavelo, sin que sea del todo verídico); “Sólo puedo ofrecerles sangre, sudor y lágrimas” (Churchill); la atribuida a Frankling D. Roosevelt refiriéndose al dictador de Nicaragua de su tiempo, Somoza: “Es un hijo de [email protected], pero es nuestro hijo de [email protected]” (no la pronunció él, sino su Secretario de Estado, Cordel Hull), y “Cuando escucho la palabra ‘cultura’ saco mi pistola”, de fuente imprecisa.

Se siguen repitiendo a lo largo del tiempo y en todas partes porque corresponden a la realidad y son una forma económica de sintetizar una idea o de respaldar un argumento con una cita de una autoridad.

La última citada sólo se dice con sentido irónico, porque, obviamente, es una crasa manifestación de barbarie; no obstante andan por ahí muchas personas que, sin decirla públicamente, in pectore comulgan con su significado literal. ¿Le parece una exageración? ¡No crea! La siguiente anécdota personal lo revela.

Conducía un espacio en una emisora de Caracas; la frecuencia se vendió a un grupo controlado por accionistas cubanos. Aclaremos que ocurrió por los años sesenta, en los días de la primera invasión de cubanos exiliados de su país por la revolución castrocomunista, muchos de los cuales eran personas del quehacer mediático: radio, TV, publicidad, etc., y algunos de ellos con reconocimiento internacional gracias a sus éxitos.

Los nuevos dueños decidieron reunirse con los productores y conductores de programas. En el transcurrir de la conversación de apariencia amable y civilizada, saqué a relucir la idea que siempre fue el espíritu de mis programas radiales: “La cultura puede ser un gracioso placer, en lugar de un penoso deber”; en efecto, creo que de presentarse en forma de un solemne ladrillo, la cultura se hace un “penoso deber”; no es así cuando los temas conceptualmente más densos y distantes de lo frívolo los exponemos de una manera sencilla, sin rebuscamientos idiomáticos, con un toque de humor aquí y quizá otro de erotismo más allá. Lo aprendí de un entrañable amigo de la juventud, Arnaldo Veracochea; iniciándome como crítico de teatro en El Nacional, una vez me preguntó: “Rubén, ¿para quién escribes tú?” Entendí el mensaje subtextual y su observación me condujo a modificar mi estilo.

A propósito de ilustrar el principio “La cultura puede ser un gracioso placer, en lugar de un penoso deber”, viene a lugar intercalar otra anécdota de mi experiencia en la radio.

Recuerdo una oportunidad en la que el director de otra emisora se interesó en saber los temas que abordaría durante la semana; al mencionar a “Wagner” como uno de ellos, frunció la nariz y comentó, sentencioso: “Recuerda, Rubén, que esto es un negocio”. El hecho es que mi programa salió al aire… y para su sorpresa fue uno de los que captó mayor audiencia en la temporada.

Porque, ¿cuál fue el Wagner de mi programa?; aparte de interludios musicales con fragmentos de algunas de sus más bellas melodías, “mi” Wagner fue un esbozo artístico-biográfico en el que se entretejían el genio de la música y de la puesta en escena operática; el bisexual travestista que lo mismo le ponía cachos a un amigo, que coqueteaba con un rey que lo adoraba más allá de las artes; el oportunista un tanto tracalero que siempre vivió perseguido por sus acreedores; el revolucionario nacionalista que durante los movimientos de abril de 1849, en Dresde, desafió soldados exponiéndose en las barricadas, respondiendo a sus camaradas que le rogaban refugiarse porque lo iban a matar con un altanero: “¿Morir yo? ¡Yo soy inmortal!”; en lo que tenía razón.

Volviendo al asunto de la reunión, en cuanto mencioné la palabra execrable, “cultura”, observe cómo uno de mis interlocutores de mayor peso se engrifó: tensión corporal, ojos inyectados de sangre, rubor… No se atrevió a alegar en contra de la odiosa cultura en forma explícita ni llegó a pronunciar la frase salvaje, pero procedió de acuerdo a ella; en efecto, en forma metafórica “peló por su revólver” al imponerme condiciones que me obligaron a dejar esa planta y buscar otro refugio más amable para la cultura.

Este prolegómeno tiene que ver con una declaración de Maduro sobre las Humanidades, opacada por el más escandaloso show de la magnifarsa drónica. Según el individuo mencionado, el estudio y desarrollo de las Humanidades no será amparado por el gobierno, en tanto recibirán respaldo las disciplinas tecnológicas. Aparentemente es una brutalidad pragmatista, que omite la influencia de las Humanidades en la formación de la cultura en general y de la personalidad individual, en la optimización de las tecnologías, en el cambio social, etc. No obstante, quizá debamos ver un poco más allá.

Detrás, oculta, en las declaraciones de Maduro hay algo más; y esto es el miedo a la libertad, porque las Humanidades son la fuente del pensamiento crítico y libertario. Descartarlas del sistema educativo es compatible con la tesis de la ideología única sustentada por Chávez desde el principio del desastre.

Así que Maduro ha puesto en práctica la idea de “Cuando escucho la palaba ‘cultura’ pelo por mi revolver” y con ella otra frase célebre, aquella según la cual “El fin justifica los medios”: tratándose de mantenerse en el poder, es válido destruir las Humanidades, la fuente del pensamiento crítico y libertario.

Las Humanidades son el alma de la tecnología; descartarlas de la educación es formar androides, quizá efectivos en tareas concretas, pero manipulables. El ideal de las autocracias.



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