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opinión

Pedro Luis Echeverría

Vivan los jóvenes

27 agosto, 2018

El pasado sábado 25 del corriente tuve la oportunidad de asistir a un foro organizado por la Fundación Espacio Abierto en el que participaron como ponentes jóvenes dirigentes de varios de los partidos que forman parte del espectro político nacional.

Entre estos jóvenes se hizo evidente que existe una capacidad de diálogo realmente encomiable, evidenciaron la arraigada visión que tienen del concepto que la unión de todos los venezolanos es la clave para avanzar, con posibilidades de éxito, en la tenaz lucha que se libra para propiciar un cambio en la conducción del país, dando con ello un ejemplo de madurez política que ojalá fuera emulada por parte de los dirigentes mayores de sus organizaciones políticas.

A lo largo de sus intervenciones, estos jóvenes nos hablaron de la necesidad perentoria que tienen los opositores a la dictadura de construir y organizar la unión, como concepto más amplio que el de unidad y que comprenda propósitos, valores, principios, objetivos que sean coherentes, verdaderos, contundentes y viables y cuya organización y funcionamiento sea la expresión de toda la sociedad civil y no la exclusiva visión, ideológicamente limitada, de los partidos políticos.

A juicio de estos jóvenes la unión es el más valioso instrumento del que dispone la disidencia para derrotar al régimen.

Ese es y debe ser el objetivo fundamental para la oposición venezolana. La salida de Maduro del poder solo es posible con la unidad. La voluntad popular unida le pondrá fin a una era de despotismo, arbitrariedades, violaciones a la Constitución, envilecimiento de las instituciones públicas, al sistemático y artero engaño a la población y a la más profunda ineficiencia operativa del Estado que registra la historia de Venezuela. Ella conducirá a sellar el final del mandato de un régimen que se identifica y representa el pasado, y que, por lo mismo, su líder no puede ser el conductor del país hacia el futuro. En efecto, la agobiante continuidad de errores y omisiones del gobierno en la definición y conducción de las políticas públicas y el asociado despilfarro de los recursos de la Nación ha generado un ámbito de riesgos que ha puesto en peligro la supervivencia y la factibilidad del país.

En síntesis, coincidieron en que el régimen ha tratado por todos los medios a su alcance y con el poder totalitario del Estado, aplastar la voluntad de cientos de miles de personas, tratando de potenciar su sumisión y la desaparición del ansia de libertad que es la condición esencial de los seres humanos. El gobierno irresponsablemente asume el rol de feroz contendiente, en lugar de abrir, mediante acciones políticas contundentes y veraces, los caminos para el entendimiento y la paz; los cierra a través de un discurso altanero y desconsiderado en el cuál campean intentos de dominación gubernamental a la sociedad, perversas órdenes de incremento y profundización de la represión, falsedades, descalificaciones y violaciones a las leyes. A pesar de ello, la fuerza de la protesta crece, persevera, se mantiene, se reinventa y se extiende a diversas ciudades y sectores sociales. Es una suerte de loca espiral en donde se confrontan la violencia oficial y la resistencia heroica.

Esta decisión unitaria se debe fundamentar en el establecimiento de una nueva relación entre los miembros de la sociedad que garantice una amplia coalición social y la vigencia de una verdadera comunidad de ciudadanos dispuestos a darle un rumbo diferente a la marcha del país.

Se trata, en síntesis, de construir, con la fuerza que confiere la unidad, una visión de nuestra sociedad que rompa con los conceptos populistas y el estatismo aberrante. Esta visión debe sustentarse en un eficiente sistema organizacional y en un paradigma de progreso compartido y equitativo para impulsar políticas que permitan superar los niveles de pobreza, intolerancia, autoritarismo, exclusión social y arbitrariedad estatal que caracterizan al régimen y, remover, los factores que restringen la libertad de las personas, en su individualidad y como miembros de una comunidad. Este gran esfuerzo de cambio demanda la participación activa de los agentes sociales fundamentales y la asunción de un pacto de compromiso cívico para la convivencia, la paz y la solidaridad societaria.

A causa de su misma realidad, el gobierno ha perdido progresivamente su capacidad de persuasión y el país siente que se impone la necesidad de establecer una forma y visión ideológica distintas para aproximarse a la solución de los problemas que nos aquejan. Se trata, claro está, de la llegada al poder de una generación que se ha formado en la modernidad del pensamiento, cuyas emociones y recuerdos no proceden de las experiencias de la revolución cubana y mucho menos del entusiasmo por acompañar una ideología que ha demostrado fehacientemente su ineficiencia e incapacidad para generar el bienestar colectivo.

Esta generación encarna el enfrentamiento del país democrático al bloque gobernante para establecer garantías contra la destrucción del orden constitucional y el hundimiento de una normalidad existencial vilmente agredida por una cohorte de aventureros y corruptos que carecen del mínimo de dignidad para rechazar ser dirigidos, desde afuera, por un liderazgo vetusto y decadente. Asimismo, el discurso de esta generación emergente contiene los elementos necesarios para comprender la naturaleza totalitaria del régimen chavista que nuestros ciudadanos. Los jóvenes líderes de hoy irrumpen contra el parapeto chavista vacío de ideas, atestado de consignas, carente de utopías y esperanzas, lleno de rencor y amenazas a los segmentos progresistas de nuestra sociedad.

Esta alternativa generacional que se está formando en el país es muy importante para influir en el ánimo, las esperanzas y en el cambio de actitud de un conglomerado humano ávido de respuestas a sus vicisitudes.

Son jóvenes que se han formado en otras condiciones. De gente que ha vivido una realidad en la que había oferta de trabajo y bienes de consumo, de la defensa contra la disgregación del país, la posesión de una identidad propia y la existencia de gobiernos cuya duración y coherencia institucional parecían confirmar la presencia de una sociedad tranquila y en progreso. Por otra parte, los líderes emergentes le transmiten al país la sensación que ellos representan la mejor opción para la recuperación de la autoestima nacional tras la pérdida del trabajo, la proletarización de la sociedad civil, la quiebra de los servicios sociales, la marginación, la falta de estímulos al emprendimiento individual y la aberrante división de los venezolanos entre dignos e indignos. Estos jóvenes llaman a todos los venezolanos a recuperar el país, a construir la nación y diseñar nuestro propio destino. Vamos a acompañarlos.



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