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opinión

Jesús Silva R.

Contra el burocratismo y los adulantes

4 agosto, 2018

Caminando por la vida como terco revolucionario de a pie he conocido destacadas figuras de la política y la burocracia. A estos jefes les adulan, los utilizan pero en el fondo no los respetan, ni mucho menos los aprecian.

Lo que contaré acontece en espacios donde se manejan intereses económicos y cuotas de poder. Como en toda comunidad humana, allí conviven el bien y el mal, más allá de los discursos y la propaganda.

Los adulantes ocupan un papel clave en el organigrama, son criaturas oportunistas, especies abundantes en la cultura venezolana. También hay excepciones y tal vez por ellas, muchos todavía soñamos con una revolución.

El o la adulante siempre será peligroso porque actuará sólo por sus intereses sin límites éticos ni legales, por lo cual destruirá grupos de trabajo, uno tras otro, y será incapaz de gerenciar un colectivo estable que produzca calidad.

El o la adulante finge amar al poderoso pero realmente ama al poder. Envidia a su jefe pero sabe que no tiene capacidad para reemplazarlo en el cargo, por lo cual inevitablemente necesita de él para disfrutar un pedacito del poder y asaltar riquezas.

El o la adulante es mediocre y nunca se ha atrevido a ganar nada con estudio y trabajo, razón por la cual odia a quienes vivimos estrictamente con base en estos hermosos valores. A los muy estudiosos y trabajadores nos difaman, sabotean y hasta nos acusan de egocéntricos, cuando es la propia sociedad la que juzga la superioridad moral de los que obramos bien en contraste con los que se portan mal.

El o la adulante es inseguro y se confiesa ante terceros buscando compasión pero más bien se gana la repugnancia del oyente. Dice que ha soportado humillaciones a cambio de grandes premiaciones y regalos, que se ha ganado la confianza de su amo mediante favores íntimos y un silencio sepulcral sobre hechos inconfesables.

Es evidente que el o la adulante es hipócrita e ingrato porque mientras se arrastra ante su jefe y lo utiliza para enriquecerse, al mismo tiempo a sus espaldas se atreve a hablar muy mal de él. Describe a su amo como un depravado sin prejuicios; un doble vida, muy infeliz y portador de una careta; lo retrata como la viva negación de los valores que predica.

El o la adulante es un traidor que se divierte, parece disfrutar sádicamente cuando revela supuestos secretos muy dolorosos en la vida de su amo protector.

Quien escucha los secretos se pregunta cómo una persona puede ser tan ruin y miserable contra alguien a quien le debe todo. No queda más que concluir que si el poder del jefe se acabara o la cuota del o la adulante se extinguiera, ese duende feo y diabólico dejaría caer su máscara de hipocresía.

Estas son las bajezas que me mantienen distante de la burocracia, o mejor dicho, el burocratismo.



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