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opinión

Enrique Meléndez

Un pueblo en oración

1 agosto, 2018

A esta altura de las circunstancia, uno pudiera decir que Venezuela se ha vuelto un país devoto; más de uno ora todos los días, “para volver a ser el pueblo feliz, que fuimos en el pasado”, como expresó hace unos días en el Metro de Caracas; una señora ya mayor, apoyada en un bastón, y a quien un señor le ofreció su puesto en los asientos de la tercera edad.

Y así como reza ella, lo hacen asimismo los seguidores del canal del Vaticano, que llega por la televisión por cable, en las primeras horas de la mañana, y en donde se desgrana un rosario a lo largo del cual se van presentando diversos escenarios con sacerdotes, monjas, grupos de feligreses; lo hacen cadenas de señores, que se hayan conectados a determinada hora del día, desde lugares diferentes; lo mismo que en las misas, a la hora de las peticiones, no deja de haber aquel fiel que repite la misma añoranza de la señora; aquel pueblo feliz e ingenioso que gozó por entonces de un sistema de transporte, como era ese Metro de Caracas, donde no se necesitaban asientos para la gente de la tercera edad porque cada dos minutos llegaba un tren a la estación que fuera y que se caracterizaba por su suficiencia y pulcritud.

Añoranza que, por lo demás, demuestra lo traicionado y abandonado en que se encuentra nuestro pueblo; uno diría, por la maldición de ser uno de los territorios con las mayores riquezas en recursos naturales que forman parte de la codicia, de lo que es el mundo del capitalismo moderno; empezando por el petróleo de quien el propio padre de la Opep, Juan Pablo Pérez Alfonso, calificaba de excremento del diablo; sobre todo, por la condición de rentista que iba a volver a nuestro Estado.

Ello le ofreció espacio a eso que el economista Angel García Banchs conoce como petro-populismo, y el cual se acentúo a raíz de la llegada de Hugo Chávez al poder; un sujeto que por carecer de un proyecto de país; por ser sólo una brizna de paja, movida por el huracán de las circunstancias del momento, para repetir la famosa frase del Libertador; uno diría, por el huracán de la antipolítica, no tuvo más voluntad que repartir a manos llenas lo que hubiera podido sembrar; como era la gran idea de las generaciones anteriores; sobre todo, en instantes en que esa renta llegaba a los niveles de la superabundancia, y garantizar así el progreso de las generaciones futuras.

Luego, el oro, cuya explotación hoy en día, sobre todo, en la región de Guayana, y disimulada bajo el truculento proyecto del Arco Minero, en especial, porque ha significado la distorsión de nuestra división político-territorial; además de arrasar con nuestro medio ambiente; causando profundos daños a una región, que se consideró en su momento reservorio natural, a propósito de los sistemas ecológicos que allí existen: zonas boscosas, que fueron declaradas parques nacionales o reservas forestales; afluentes del río Orinoco, como el Río Caroní, de cuyas aguas proviene la electricidad, que le llega a casi toda Venezuela.

Lo mismo que la explotación de diamantes; del coltán, uno de los componentes básicos de la telefonía móvil; zonas que hoy en día han caído en manos de la guerrilla colombiana, cuyas milicias se encargan de custodiar las diferentes minas de explotación de dichos minerales, como ha sido denunciado, entre otros, por el diputado Américo de Gracia; aparte de que se desconoce, por ejemplo, quién vende o a quién se le vende el oro y los diamantes, que allí se extraen.

Pobre y desventurada Venezuela, como se viene sosteniendo desde el siglo XIX; pues no es la primera vez que su destino cae en manos de facinerosos, como los que hoy nos gobiernan; para quienes primero están sus intereses, y para lo cual pactan con aventureros foráneos, a quienes poco les interesa la preservación del medio ambiente, que la integridad de nuestro territorio.

En la historia de la filosofía existe la figura de San Anselmo, quien probaba la existencia de Dios señalando que su idea estaba en nosotros desde el mismo momento de nuestro nacimiento; es decir, la fe antes que la razón; que es lo que se conoce como la prueba ontológica de la existencia de Dios, y de donde vino a considerar Freud, en la época moderna, a propósito de su conciencia atea, que se trataba más bien de un recurso, que el ser humano invocaba cada vez que se sentía solo y desamparado; como lo está, repito, este pueblo, y de allí que apele a la oración.

Por lo demás, es dable reconocer el papel que juega a esta hora menguada nuestra Iglesia; pero, sobre todo, el Episcopado nacional; cuyos pronunciamientos a través de los documentos que han difundido entre la opinión pública, reflejan esa realidad tan precaria, que se trasluce tras la añoranza de la señora del Metro de Caracas, como en la de todos los venezolanos; que oran, para que volvamos a ser aquel país; donde no estábamos en la abundancia, como lo pudimos estar en la Venezuela de Hugo Chávez, y que se encargó de derrocharla sin sentido común alguno, repito, en tiempos en que los precios del petróleo parecían apuntar a los 200 dólares, como él mismo lo decía, y predicción que, gracias a Dios, no se cumplió; pero, al menos, no comíamos de la basura.

De hecho, la presencia de monseñor Baltazar Porras a partir de este sábado pasado al frente de la arquidiócesis de Caracas ha sido una maniobra más que eclesiástica, de carácter político, tomando en cuenta la posición de resistencia irreductible que ha mantenido este prelado frente al gobierno de Chávez y, luego de Maduro, y lo cual se observa en la circunstancia de que éste no le ha otorgado el placet, para ejercer tal función; de acuerdo al concordato, que hemos mantenido con Roma.

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