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opinión

Vértigo de la historia

21 agosto, 2018

Todas las calamidades –revoluciones, guerras, persecuciones- provienen de un equívoco inscrito sobre una bandera”. Ciroan (1911-1995)

En nombre de Dios se asesinó, y mucho. Francisco de Valdés, soldado español en el siglo XVI, sostuvo que: “el día que uno toma una pica para ser soldado, ese día, renuncia a ser cristiano”. Esto de la pica también podemos hacerlo extensivo al garrote cuando los muy espirituales cruzados entre los siglos XI y XIII se arengaban con entusiasmo antes de entrar en batalla en contra de los “infieles” con la siguiente oración: “a Dios rogando y con el mazo dando”. Dios, el Invisible, ya así sean judíos, islámicos o cristianos siempre ha sido un pretexto para el asesinato y la destrucción. Fracaso del proyecto terrícola iniciado con Adán y Eva, primeros delincuentes, de una humanidad insumisa.

Sólo que el horror por medio de la intolerancia religiosa se iba a profundizar aún más cuando se entronizó el secularismo ilustrado nacido de las entrañas de una modernidad cuyas revoluciones violentas dieron nacimiento al Estado nacional moderno a partir del siglo XVI. En nombre del incendiario ideario nacionalista de supremacía étnica y cultural, la guerra se ha convertido en el leit motiv de pueblos y naciones hasta al día de hoy en la segunda década del siglo XXI. La I Guerra Mundial (1914-1918) y la II Guerra Mundial (1939-1945) arrojaron a la muerte a más de cien millones de personas. Y otros conflictos “marginales” como la guerra civil rusa (1917-1922), un derivado de la madre de todas las revoluciones, la de los soviets, se llevó mediante una muerte violenta como traumática a veinte millones de seres vivos. Ese principio bíblico esencial, el “no matarás”, es como si nunca hubiera sigo proferido por Moisés, en cambio, la presencia de Caín, es perenne.

Una bandera termina siendo el símbolo de un fanatismo cruel más que la orgullosa insignia del lugar al que circunstancialmente pertenecemos por el accidente del nacimiento biológico. Ha sido perverso el credo religioso monoteísta por exclusivista y pendenciero; pero aún más, el credo laico nacionalista alrededor de la patria y las banderas con sus derivados simbólicos, y potenciado, por los avances de la ciencia y la tecnología. La paradoja humana en su máximo esplendor: una pálida clemencia. “Nos volvimos sombríos, nos llamaron fatalistas” sostuvo el siempre intempestivo Friedrich Nietzsche (1844-1900).

Sólo las relaciones ecuménicas de apertura y convivencia respetuosa desde la diversidad es la única opción posible para la paz perpetua.

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

@LOMBARDIBOSCAN



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