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opinión

México en el corazón

9 julio, 2018

A Rosela Moreno y Abdel Naime

El reciente triunfo de Andrés López Obrador, en un país de tan extraordinarias complejidades, actualiza el colapso de la clase política que le abrió las puertas, tal como ocurrió con Chávez Frías en Venezuela. Quizá impropio el término que mezcla a justos y pecadores, versamos sobre una clase que va más allá de la consagrada dirigencia partidista, ramificándose en todos los ámbitos sociales.

Rubricada por el desempeño de Enrique Peña Nieto en la presidencia, cuyo ascenso se hizo también de la banalidad que asfixia a toda sociedad desencontrada, los viejos elencos del poder esperarán postrados por el más novedoso relevo, creyéndose por siempre sobrevivientes a unos comicios más en el particular historial democrático mexicano. El país que clama por la suerte de sus emigrantes, moralmente inconsecuente con la de sus inmigrantes, distinguiendo a Estados Unidos y al resto de Centroamérica, ya no está en el umbral de los formidables cambios que necesita, sino en las garras de una aventura indecible.

Cierto, son varios los escenarios que se perfilan, sabida la experiencia de los Chávez, Morales, Correa, Lula, Kirchner, e, incluso, distante, Humala en el continente. Abarca a quienes asumen a López Obrador, como el paciente puntal de un proyecto forjado en Sao Paulo y de inconfundible cuño cubano, pasando por el populista tercamente clásico hasta el oculto, como habilidoso, líder liberal que será capaz de renovar a México, desde sus cimientos, ahora mordido por el narcotráfico, aunque ojalá nos equivoquemos respecto a nuestra personal postura pesimista.

Venezuela, un buen día, se entusiasmó con un golpista que prometió todo y de todo, inaugurándose con gestos, como el de renegar del avión presidencial y, más tarde, adquirir una formidable aeronave, importándole un bledo los niños abandonados de la calle que, literalmente, el socialismo ha matado de hambre. No le bastaba un quinquenio, extendiendo el mandato al sexenio con reelección, hasta que pulverizó la cara conquista histórica de la alternabilidad del poder, propiciando la quiebra de uno de los países petroleros más importantes del mundo, hoy sumergido en una catástrofe humanitaria.

Cercanos al medio siglo de la matanza de Tlatelolco, tan injusta como reveladora, rogamos a Dios porque esta nueva etapa no la reedite, como en la Venezuela de 2017, bajo una revolución de las falsificaciones más inauditas, trastocada en un régimen del que años o décadas más tarde, se arrepentirán sus electores. La causa de la libertad y de la justicia, urge de nuevos caminos y liderazgos con más tradición de futuro que pasado.

Sentimos a México en el corazón, porque aprendimos a amarlo a través de su cinematografía y, junto a Cantinflas o a El Chavo, nos sentimos coterráneos al adentrarnos en la obra de Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes o Fernando del Paso.

Nos angustia el destino de los mexicanos, como el de los venezolanos que los avecinan en un país todavía repleto de generosas promesas. Recordamos a Rosela y a su familia, pero también a Abdel y la suya, forzado al exilio, e – inevitable – gritamos: ¡Viva México!



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