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opinión

La traición de los intelectuales

21 julio, 2018

No hay razones para el optimismo. Y a juzgar por lo que nuestras mejores y más lúcidas conciencias han venido señalando desde mucho antes de esta inevitable debacle de fin de ciclo, nunca las hubo. Es lo que constato leyendo tres ensayos contenidos en el libro Venezuela: historia y política, del pensador venezolano Aníbal Romero.

Una reflexión sobre la visión crítica que esas mejores conciencias han tenido sobre el Ser y el Tiempo de Venezuela y que, al momento de su publicación, en 2002, no presagiaba nada bueno del asalto al poder por las fuerzas más oscuras y retrógradas de la reacción política, civil y militar, de ultra derecha, de centro y de ultra izquierda, confabulados para caerle a saco a la riqueza que aún quedaba de la Venezuela petrolera y rentista. Una visión crítica absolutamente excepcional, en una sociedad casi unánime en sus afanes golpistas y auto mutiladoras. Cuya primera víctima propiciatoria sería Carlos Andrés Pérez, consumido en el fuego de la inquisición del establecimiento llevada a cabo por tirios y troyanos.

Confieso no haber leído una reflexión más precisa, descarnada e implacable de la circunstancia que vivíamos a fines de los noventa, en medio del fulgor y la gloria en que chapoteaba la multitudinaria inconsciencia nacional, entusiasmada por la felonía golpista bajo esos saraos de carne en vara y amaneceres llaneros de los que participaban los políticos, funcionarios, comunicadores e intelectuales de más renombre que al tiempo que deshuesaban a los caídos en desgracia encumbraban al poder al más gansteril, analfabeta, mafioso y oportunista de los militares venezolanos. Cuyo currículo de armas lo hubiera expulsado del ejército en cualquier país medianamente decente, pero cuyo medio, brutalmente mediocre y arribista, le alfombraría el acceso al poder de la primera reserva petrolífera de Occidente.

“¿No se encuentra actualmente Venezuela” – se preguntaba Aníbal Romero en 1999, en los albores de la más grave crisis vivida por Venezuela desde el 19 de abril de 1810 – “en una situación tal que permite, con sólidas razones, que se susciten dudas acerca de la perdurabilidad de un régimen democrático? ¿Es acaso absurdo contemplar siquiera la posibilidad de que se entronice en el país una larga dictadura o ‘democracia autoritaria’? ¿Qué puede garantizarnos vivir para siempre en libertad? ¿No hemos estado la mayor parte de nuestra historia independiente bajo el yugo de gobiernos de fuerza? ¿No podríamos quizás estar viviendo el preludio de un descenso al autoritarismo político, al fin de la democracia representativa, a la conformación de un modelo de cesarismo populista muy alejado de lo que Carrera Damas denomina el Proyecto Nacional, enfocado a instaurar el Estado republicano, representativo y liberal?” Para concluir su catálogo de lacerantes dudas y sospechas – todas cumplidas al cabo de pocos años con aterradora exactitud – afirmando: “Si bien el optimismo hegeliano de Carrera Damas contrasta con el escepticismo de otros, lo cierto es que resulta muy difícil escudriñar con alguna seguridad el sentido final de los tormentosos acontecimientos que todavía sacuden a nuestra sociedad este fin de siglo, acontecimientos que no necesariamente auguran cambios positivos para nuestro convulsionado país…”

Hoy, cuando chapoteamos en el fondo de nuestra máxima degradación, sin que se avizore otra salida que no sea mediante el recurso al auxilio de fuerzas internacionales amigas que se dignen venir a socorrernos, no puede menos que asombrarnos la clarividencia de uno de los pocos intelectuales venezolanos que supo auscultar el futuro, fiel a nuestras mejores conciencias críticas: no la de Uslar Pietri, sino la de Ángel Bernardo Viso; no la de Juan Liscano, sino la de Mario Briceño Iragorri, no la de Augusto Mijares, sino la de Mariano Picón Salas; no la de “los abajo firmantes” de febrero de 1989 sino las de quienes se negaron a postrarse ante el tirano. Endosándole la legitimación para el brutal asalto al poder que comenzaría su macabra danza devastadora pocos días después, con los hamponiles motines del Caracazo y su lógica y programada continuación, el golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.

Respecto del papel jugado por los historiadores más notables de este tránsito del gomecismo al chavismo, incluso yendo hasta la interpretación de los sucesos de nuestra Independencia, su afirmación no puede ser más categórica, lacerante y contundente, al comentar las afirmaciones del ya mencionado Ángel Bernardo Viso, un intelectual de hondo calado, incomprendido y jamás reconocido por los historiadores de academia en su justo valor: “Ángel Bernardo Viso”, escribe Romero, “ha desplegado una implacable argumentación que comienza por interpretar la independencia como una verdadera tragedia, y la causante directa, ‘en la medida en que exista una causalidad histórica’, de nuestra actual ‘pobre realidad’.

Según Viso, sigue Romero, la independencia fue una tragedia por el modo en que ocurrió, al originar una decisiva ruptura espiritual que aún hoy explica nuestro marasmo; por el momento en que tuvo lugar, ya que ‘la tarea emprendida por los españoles en América requería un tiempo de maduración negado por los acontecimientos’; y por las consecuencias que tuvo, al dar origen a un culto castrador y una historia inventada que dibuja la independencia, de manera falsa, como fuente de bienes inagotables. Esta última, sostiene Viso, es una manipulación ‘hecha de manera consciente y en gran escala por los hombres que han detentado el poder en Venezuela desde 1810 hasta la fecha, con la complicidad de los historiadores de más prestigio’.”

¿Hay alguno de ellos que se salve de la acusación de haber servido de alcahueta de la canalla que ha ejercido el poder, de Páez en adelante, por no mencionar a Bolívar que murió convertido en un perro sarnoso, tolerando dictaduras y tiranías y disfrazando con bellos ropajes lo que ha sido un pervertido camino de infamia y destrucción, como para haber venido a dar a esta pesadilla sin haber sido capaces de construir una sociedad civil y liberal bajo un Estado de Derecho blindado contra el asalto de aventureros, payasos, mafiosos y delincuentes? ¿Qué otro sentido tuvo la figura del “gendarme necesario” sino el de legitimar la barbarie dictatorial que nos convirtió, hasta el día de hoy, en un pueblo esclavizado? ¿O esta espantosa tragedia es huérfana de responsables directos e indirectos, todavía hoy, cuando al borde de la tumba se asoman los politiqueros, negociantes y traidores de siempre dispuestos a dialogar con los homicidas y participar de sus farsas electoreras?

Nadie es culpable de sus buenas intenciones. Pero la continuidad de la labor de esclarecimiento de la responsabilidad de los intelectuales venezolanos ante esta trágica circunstancia de una Venezuela de la que cabe dudar incluso respecto de su propia existencia, debe poder discernir la paja del trigo. Que aún hoy, cuando las vísceras de la mediocridad, la ignorancia, el arribismo y la inmoralidad de la inmensa mayoría de los dirigentes políticos y sus partidos están expuestos a plena luz del día, siga habiendo quienes diciéndose intelectuales se nieguen a ver la inmensa gravedad de nuestra crisis y apuesten a contubernios, alianzas, acuerdos y acomodos, esperando una embajada o un ministerio, provoca no poca ira e indignación. Por ahora, me parece esencial honrar a quienes han sabido jugarse la vida en honor a la verdad. Y despreciar al gremio de asesores y asesoras que usufructúan de un título y un respeto que no merecen.

@sangarccs



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