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opinión

¿Más elecciones?

22 julio, 2018

La política no es fácil comprenderla si acaso no se analiza desde los intereses y necesidades sobre los cuales se moviliza todo proyecto o intención que lleve al hombre a alcanzar sus objetivos. De lo contrario, el concepto de política se tornaría razón de confusión que raya con el engaño inducido por esa misma vía. Sobre todo, si se observa desde el provecho de algunos pocos durante o luego de su paso por posiciones comprometidas por el ejercicio de la política.

En todo caso, no es nada sencillo entender claramente las prioridades que determinan los métodos por los cuales se rige todo gobierno. No necesariamente de un gobierno socarrón en sus ámbitos de actividad. Igualmente, de otro con claridad de su gestión. Así sucede a pesar que no siempre se reconoce que la política es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible. Al menos fue así como la concibió Antonio Cánovas del Castillo, político e historiador español del siglo XIX.

Sin embargo debe recordarse que el ejercicio de la política, transita por procesos que fundamentan los principios que la determinan. Son procesos políticos que aseguran determinaciones a partir de las cuales se cimentan y operan mecanismos que viabilizan y potencian sus proposiciones. Una de ellas, lo configuran las elecciones. Éstas, entendidas como la instancia fáctica mediante las cuales quien vota vive la ilusión de la libertad política ejercida como un derecho político. Más, cuando se arroga la capacidad de profesar el poder que habrá de permitirle al individuo expresar su voluntad. Constituye el momento para que el votante se sienta propiamente “soberano” puesto que vive para sí y ante el resto del mundo, la oportunidad de elegir.

Hasta ahí todo pareciera de la más impoluta manifestación del concepto de libertad. Pero es precisamente en ese punto, donde se inicia el mayor de los problemas que ensucian y contaminan el significado de democracia. Este inconveniente fue lo que, precisamente, incitó al mismo Simón Bolívar a señalar el riesgo que encubre esta situación en la que repetidas elecciones se convierten en objeto avieso de manipulaciones por quienes pretenden exaltar la oferta política como condición de arraigo de un sistema popular de gobierno. Para Bolívar, tan enrarecida realidad se desencadena “porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

A pesar de que las siguientes elecciones pautadas por el Consejo Nacional Electoral habrán de llevarse a efecto en diciembre próximo, programada para elegir los concejales que integrarán las Cámaras edilicias que formalizan la municipalidad venezolana, el problema avizorado sigue dando cuenta del riesgo que enmarca un ejercicio político-electoral inculcado por ideales oscuros y tramados sobre enredos y tinglados de sospechosa factura. Muchos de ellos, aupados por el alto gobierno o por sus acérrimos movimientos adláteres. O “grupos de choque”, para llamarlos así haciendo uso de un lenguaje político aceptable.

No sólo las dificultades pudieran resurgir por conflictos motivados por el desencuentro generado por la polarización radical que, desde el poder central, viene instaurándose a manera de dividir al país político con criterios triunfalistas. También, podría emerger la abstención como mecanismos de desesperanza política mediante el cual suele valerse el régimen gubernamental para inducir un ambiente de fracaso que afecta, fundamentalmente, a la oposición.

Pero cualquier estrategia política, de cara al propósito de impugnar la pésima gestión del gobierno central, debe ser debidamente evaluada. No hacerlo, garantizaría el fracaso. Y que si bien, esta próxima elección de concejales pareciera que no habrá de servir de mucho en cuanto al hecho de direccionar procedimientos que consideren la concienciación de la sociedad venezolana, la misma pudiera potenciar un rechazo instituido constitucionalmente al perverso régimen socialista actual. De modo que dicho proceso eleccionario, aunque traería mucha bulla conveniente al régimen toda vez que busca venderse aparentando actuar democráticamente, conviene defenderlo acusando el debido y necesario acto de votación. Más, cuando el concejal es el funcionario más cercano a escuchar al ciudadano. De lo contrario, de qué valdrían ¿más elecciones?



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