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opinión

Sergio Arancibia

La imagen internacional importa

17 junio, 2018

Partamos con un ejemplo: Colombia acaba de ser aceptada como nuevo país miembro de la OCDE y también como socio extracontinental de la OTAN. Venezuela, en cambio acaba de ser calificada por la mayoría de los países de la OEA como un país regido por un gobierno que carece de legitimidad y que se encuentra sumido en una grave crisis política, económica y humanitaria.

Ninguna de estas decisiones, en un caso o en otro, implican, en lo inmediato, un beneficio o un perjuicio para los ciudadanos de los respectivos países. Tanto los venezolanos como los colombianos seguirán despertándose a la hora acostumbrada y dirigiéndose a sus respetivos trabajos, donde realizarán durante la jornada diaria más o menos el mismo trabajo habitual. Sin embargo, más allá de las apariencias o de los efectos de corto plazo, las consecuencias de mediano y largo plazo son de alta importancia para cada país.

Tener una buena imagen internacional es un activo de un país. Eso se traduce en beneficios financieros, comerciales y políticos. Los grandes poderes financieros del mundo contemporáneo estarán dispuestos a conversar, a negociar y eventualmente a apoyar y a comprar los bonos emitidos por un país que goza de buena reputación como país económicamente solvente y regido por buenas prácticas administrativas y gubernamentales. Eso incluye la seriedad de sus estadísticas económicas, la permanencia de los equilibrios macroeconómicos, y la transparencia de sus operaciones públicas y privadas. Si las decisiones de esos agentes financieros internacionales están permeabilizadas por la política o por la visión de los países desarrollados, es bueno que un país en desarrollo tenga el aval, en cuanto a buenas prácticas económicas, de los países que más peso tienen en la política y en la economía contemporánea.

Un indicador económico que muestra en forma muy clara la imagen que se tiene internacionalmente de un país, es la tasa riesgo país. La tasa EMBI – Emerging Market Bond Index – calculada por el JP Morgan Chase, es la más conocida y reconocida internacionalmente. Para el día 6 de junio, esa tasa era de 193 puntos para Colombia y de 465 para Argentina, país este último que ya había manifestado su necesidad de conseguir un crédito del FMI. Eso significa que Colombia debe pagar, en el mercado internacional de bonos soberanos, una tasa 1.93 % puntos más elevada que la tasa que pagan los bonos del Tesoro norteamericano, y Argentina debe pagar 4,6 puntos más que esta última. Venezuela, en cambio presenta una tasa riesgo país para el mismo día, de 4466 puntos, es decir, que sus bonos deben pagar casi 45 puntos más que la tasa del Tesoro norteamericano para poder venderse en el mercado. Esa es una tasa absolutamente impagable. Significa, por lo tanto, que sus bonos están fuera del mercado financiero internacional.

También los agentes ligados al comercio internacional, de cualquier país del mundo, pero especialmente los más cercanos, estarán dispuestos a vender o comprar mercancías, provenientes o destinadas a un país que goza de buena capacidad de pago, que no está sumido en una crisis de su balanza de pagos, y que está inserto en los circuitos bancarios internacionales que hacen fluidas, transparentes y seguras las operaciones de pago. También la reputación como buen actor del comercio internacional hace suponer que se respetan las normas técnicas, sanitarias y aduaneras de mayor aceptabilidad internacional.

En materia de inversión extranjera directa – que es un flujo que a los países les interesa que sea de gran volumen y de buena calidad, pues incrementa la disponibilidad de capitales y de tecnologías que están disponibles en el seno del país – también la imagen país es de gran importancia. La mayoría de los capitales que buscan en el mundo oportunidades de inversión aspiran a contar no solo con altas rentabilidades inmediatas, sino con estabilidad de las reglas del juego, sobre todo en lo que dice relación con las tasas cambiarias a las cuales podrán convertir en dólares sus ganancias en moneda local, y la libertad de que gozarán para remesar aquello a los países de origen. Obviamente les interesa también tener la certeza de que sus activos no serán expropiados, y en caso de serlos, recibirán una justa compensación. No es una buena imagen, en esta materia, carecer de libertad de cambios y tener más de media docena de casos conflictivos pendientes de resolución en el CIADI, que es la instancia donde las partes generalmente aceptan dirimir conflictos de esa naturaleza. Venezuela no goza en este campo de buenas estadísticas, pues muchas de las operaciones de este tipo carecen de la transparencia necesaria. Es dable suponer, en todo caso, que algunas inversiones extranjeras directas logran captar, pues, mal que mal, en el campo internacional hay empresas que son capaces de cualquier cosa con tal de obtener ganancias grandes y rápidas y salir corriendo, sobre todo cuando el país receptor tiene necesidad urgente de unos pocos dólares más.

Venezuela no goza hoy en día de buena reputación como país económicamente solvente, ni como una democracia que respete las normas y derechos universalmente requeridas para calificar como tal. Sus relaciones políticas son malas con Estados Unidos y la mayoría de los países de la América Latina han criticado las prácticas económicas y políticas imperantes en Venezuela. Los europeos también hacen críticas en el mismo sentido. Puede que todas esa criticas sean falsas y mal intencionadas. Se puede polemizar hasta el cansancio sobre esos aspectos, y no es el objeto de este artículo. Pero lo seguro es que todo ello le hace mal a cualquier país que goce de esa imagen internacional. Si esa imagen es falsa, entonces estamos en presencia de una mala diplomacia y de una mala campaña de comunicación internacional. Si esa imagen corresponde con la realidad, entonces estamos en presencia de una crisis interna, que se agrava y se autopotencia por la imagen que proyecta internacionalmente.

De nada vale consolarse diciendo que se goza de la amistad de países lejanos pero poderosos como China, Rusia, India o Turquía. Esos países no están presididos por ángeles ni por querubines, sino por gobernantes que buscan defender los mejores intereses de sus respectivas naciones. Los tiempos de la solidaridad internacional y del internacionalismo proletario ya quedaron atrás. Y todos y cada uno de esos países negociarán de forma diferente con un país aislado y que goza de mala imagen internacional – que carece en el fondo de real capacidad negociadora – que con un país que tiene buena imagen y que goza de alta aceptabilidad económica y política internacional. El aislamiento y la mala imagen tienen, por lo tanto, consecuencias económicas y políticas negativas para quien sufre esa situación y termina perjudicando a los ciudadanos de a pie de los países correspondientes.



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