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opinión

Orlando Viera-Blanco

La cultura de la ingratitud

27 junio, 2018

ablo, El Apóstol, alertó a sus feligreses: “Debes saber que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos…” (Timoteo 3:1-2). Tiempos peligrosos por ser síntoma de una sociedad enferma y autodestructiva. ¿Cuánta ingratitud debemos sufrir antes de ser libres? ¿Somos ingratos-como lo define la teología-por no reconocernos a nosotros mismos y no tener vocación de amistad? Veamos.

La ingratitud como factor de quiebre y derrota

Alain Finkielkraut escribió su obra La Cultura de la Ingratitud. El autor alerta que la ingratitud es producto de una modernidad que permite demasiadas libertades y que olvida muy fácil. Finkielkraut trata de reivindicar el respeto de los valores tradicionales como expresión de identidad grupal. Parte de la tesis que no debemos borrar nuestra memoria histórica y que el criticismo -en un marco de excesiva libertad antagónica- inclina el debate público a un cuestionamiento que destruye nuestras creencias, y en consecuencia, nuestra identidad.

Es la libertad que se devora y se traga a si misma.

Un eurodiputado me dice: “Orlando, con el afecto que te tengo y nuestra solidaridad con Venezuela, la diáspora debe entender que hablar en los parlamentos y gobiernos del mundo exige unidad y solidez en el discurso. La multiplicidad de grupos de “representación” agota el trabajo de quienes queremos justicia y democracia para Venezuela, siendo que la división dentro de la oposición: nos decepciona, nos desalienta y no nos interesa”.

Volviendo a Finkielkraut, la ingratitud es comprender que el progreso o la exigencia de libertades no debe arruinar nuestro sentido de pertenencia. Son los peligros de la postmodernidad en cuanto “a la borrachera de la metamorfosis permanente”. El exilio es muy difícil. Exacerba las culpas en los otros y afecta el desprendimiento, por lo que se corre el peligro que la voluntad de cambio, de regreso y restauración, sea arrastrada por un estelarismo insaciable. Al decir de Lope de Vega, “el bien que se escribe en agua y el mal que se talla en piedra”.

La huella perenne de la cultura del fracaso

Desde el patíbulo ligero de las redes sociales; desde una cadena de WhatsApp o un pelotón de tuiteros confusionales, se “talla la maldad” y se sentencia sumariamente. Sin derecho a la defensa. Sin pruebas. Sin lógica jurídica, política, ni espiritual alguna. Un morbo que no has llevado a perder la confianza grupal.

En vez de construir la hermandad necesaria desde el exilio, nos agredimos con el cliché del “don nadie”, “ese es un bolsa”, reforzado con cizaña y envidia. Triunfa la cultura del fracaso. La alegría por el infortunio del prójimo, cuando el fracaso del otro es el fracaso de nosotros mismos. Cincelamos el mármol de nuestro lápida con el epígrafe: “No des a nadie lo que te pida, sino lo que necesita. Luego soportarás la ingratitud…” Es el orgullo que antecede a la caída. Pero no del tirano (quien se fortalece de la ingratitud), sino la caída de los justos, de los nobles, que son tapiados por el alud de la calumnia. Y no de los humildes que jamás han sido ingratos. Sino la de los que se autoproclamen notables…

Han sido tiempos de soberbios, blasfemos, desobedientes e ingratos. Tiempos donde quedamos muy mal frente a parlamentos y gobiernos del mundo. Que tristeza cuando tanto talento guerrero y libertario se ve esquilmado por sed de protagonismo y de querer ser dueño de la verdad absoluta. “Es la ingratitud hija de la envidia peor que el hambre por ser [la envidia] el hambre del espíritu; es el orgullo que precede la caída y es complemento de la ignorancia” (Bernard De Bouvier De Fontenelle).

Desde Canadá hemos aportado pruebas de incidencias violatorias de DDHH realizando foros en Universidades y Comités de diferentes Parlamentos. Fuimos creadores de la campaña #QueHayaJusticia que llevó más de 112.000 firmas a la CPI de La Haya con recursos propios y tiempos de familia. Nuestra Fundación aporta casi 100.000 comidas al mes a 4000 niños, en 32 comedores y ancianatos en todo el país. ¿Alguien podría cuestionar esta labor? Gracias a Dios nuestros hijos de la patria y nuestros adultos mayores lo agradecen con la vida. Y cuanta gente hermosa afuera y adentro del país, aporta sin pretender nada a cambio. Ahí pase la victoria.

Mientras cunde la blasfemia, ellos ríen

No sólo es ingrato sino cobarde y mostrenco ver como “opinadores y analistas” hacen añicos la reputación de activistas de una misma causa. Generadores de un caldo de batiburrillos donde se condena la honestidad de venezolanos que hacen más por el país que teclear y fotografiarse frívolamente. Y en medio de esa banalización tuitera se nos va la vida mientras ellos siguen afianzados-risueños-al poder.

La cultura de la ingratitud nos rebota y nos apoca como sociedad (Dixit Finkielkraut). Ese afán de ser yo el galardonado (a). Peligrosidad ladina que hace de la ingratitud la hija de la soberbia (Cervantes), y borra nuestras bondades, nuestra nobleza, nuestra memoria histórica. Artesanía pura y dura de la anti política que nos impide la victoria del bien sobre el mal…!que se escribe en piedra!

@ovierablanco



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