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opinión

Guindados a una buseta

11 junio, 2018

Consabido, son cada vez más escasas y encarecidas las unidades públicas de transporte. Repletas de personas y, a veces, también de peroles, hay quienes se resignan literalmente a guindarse de sus puertas, por mucha o poca edad que tenga.

Nunca antes se había visto una situación semejante en la Venezuela contemporánea, cuyo parque automotor fue uno de los más abundantes y distinguidos en el mundo. Nadie hubiese hubiese adivinado, por muy baja que fue la cotización del barril petrolero, las terribles dificultades para desplazarse, añadido el hampa en constante acecho, como acontece ahora.

Se dice de graves lesiones e, incluso, muertes al desprenderse el pasajero del vehículo en plena marcha y, por supuesto, habrá responsabilidades penales que imponer, no sólo respecto al atrevido, imprudente y veloz conductor, sino a las autoridades policiales de turno en la ruta. Puede ser motivo para el ejercicio teórico de un estudiante de derecho, varias veces inútil, porque, más allá del chofer, son las autoridades las que deben poner orden; y, aún más allá, es la necesidad imperiosa de transportar y de transportarse a cualquier precio, por no mencionar un detalle más, por el kafkiano proceso administrativo y jurisdiccional que comporta.

Sociedad de la supervivencia, al fin y al cabo, cada quien se rifa la vida al salir y volver a casa. Días atrás, apretujados al lado del volantista, vimos como una señora de avanzada edad, pagando al mismo tiempo sus cinco millones de bolívares, reducidos nominalmente a un chiste de mal gusto, trepó la puerta con una destreza asombrosa y no cayó, por un salto inesperado de la unidad, porque enganchó a tiempo el paraguas a la ventanilla del copiloto.

Luego del susto compartido, pretendiendo el transportista que se bajara la anciana, sin éxito alguno, bombardeado de improperios desde el anónimo fondo de la buseta, proseguimos. Y llegamos a recordar el sueño infantil de convertirnos en bomberos para aventurarnos en la retaguardia del vehículo, hoy en desuso, apenas agarrados por las manos.

Lo más increíble es que, incómodos, abigarrados y desesperados, luce las ya llamadas “perreras”. Habrá el que defienda el camión de estacas para transportarse, aunque la lluvia lo lleve al tardío arrepentimiento.

En lo más profundo del razonamiento falaz, está la idea de que siempre podemos estar peor y, por supuesto, aun trayéndonos a estos confines, la dictadura lo impedirá. Estamos a tiempo de detener la barbarie, la molicie, la resignación que puede atropellarnos, prensados – esta vez – de una convicción: no nos rendiremos y lograremos construir otro orden social en libertad.



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