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opinión

Beltrán Vallejo

¡Hambre!

30 junio, 2018

Quien escribe estas líneas se asemeja, por lo flaco, a un preso de un campo de concentración nazi. Quien escribe estas líneas es un condenado más, como muchos otros venezolanos, a vivir una terrible y vergonzante realidad. De manera que hoy escribo entre bostezos y debilidad en aras de arrancar un poquito de dignidad con mi escritura, con mi orgullo menguado, con mi disposición esmirriada, pero disposición al fin, de seguir luchando con mis palabras.

Me miro en el espejo, y sé que muchos venezolanos y venezolanas también lo están haciendo; y sólo encuentro una debacle orgánica, un rostro y un cuerpo sometidos a la devastación fisiológica por falta de nutrientes, de proteínas, de calorías, de vitaminas y un largo etcétera de carencias. Me miro en el espejo, y reflexiono, no pensando en mí, sino pensando en un país cuya fuerza laboral en todos los escenarios debe estar menguando a velocidad pasmosa, tanto por el éxodo de trabajadores y profesionales, como también por el hambre; ¿quién puede dar clase en un salón con hambre ante niños con hambre?; ¿cómo se puede trabajar en un taller con la debilidad del mal nutrido?; ¿quién puede leer con hambre?; y así, otras actividades, como jugar con sus hijos, como hablar con sus amigos, como amar. El desnutrido también tiene un pobre horizonte mental; sólo se piensa en una sola cosa; el que me lee, sabe cuál es.

Entonces aparece una lágrima, porque viene a mi mente la sentencia del hambre en un niño, que marcará esa vida afectando su desarrollo, atrofiándolo, maltratándolo, llenándolo de secuelas terribles al vivir una vida a la mitad: mitad físico, mitad cerebro, mitad amor, mitad valores, mitad humanismo. Al llegar a este punto, no solamente los problemas de Venezuela están en su presente; al prolongarse el hambre, se avecina un futuro en peores condiciones con una población famélica y limitada. La Venezuela que viene será un país más atormentado por la pobreza, privaciones y violencia, gracias al hambre de este presente.

La otra consecuencia del hambre, es la servidumbre. El hambre tiene una “capacidad disciplinadora” pasmosa. En la Venezuela de hoy, hay gente que aplaude a sus verdugos, que justifica a sus verdugos, que apoya a sus verdugos del poder, que no les echa la culpa porque así recibe una dádiva para comer. El hambre tiene cara de perro, y muchas veces es una cara dócil para recibir un poco de comida.

Ojalá que millones de venezolanos entiendan que sí hay culpables, sí hay responsables de la destrucción del aparato productivo de un país, porque de ahí deriva la realidad de hambre que nos atormenta. La hiperinflación y la escases, los dos factores generadores de hambre, tienen padres, y son precisamente esos señores gordotes y mofletudos, rozagante, panzones, y que vestidos de rojo aparecen por televisión ufanándose de su poder como gobernantes soberbios, extraviados de la realidad, despreciativos y violentos; y especialmente, el que lleva bigotes, junto al difunto Chávez, tiene la condena histórica de haber firmado, en su condición de canciller, buena parte de los acuerdos y convenios internacionales de importación de alimentos que consolidaron una economía de puertos y desbarataron la productividad agraria, desquiciaron la soberanía alimentaria. Ahora, no hay como producir, no tenemos los dólares para importar, y sólo queda en esta Venezuela el hambre pareja.

El hambre no nos puede vencer sin luchar. Incluso, para los que andan por ahí buscando ayuda internacional para salir de la dictadura, no la conseguirá el pueblo venezolano con la lástima, sino con la admiración de un mundo al ver que nos negamos a rendirnos.

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