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opinión

Solidaridad cero

24 junio, 2018

No siempre la historia la escriben los triunfadores. También, quienes se interesan en desvirtuar los hechos para entonces contaminarla de presunciones que desvirtúan los acontecimientos acaecidos. O retuercen la narrativa para ajustarla a intereses viscerales o manipulados con odio. Hechos de tan perversa naturaleza, sumados a decisiones que arrastran ideales utilitarios, esculpen en la consciencia del pueblo condiciones de rechazo a todo aquello capaz de asentir una nueva construcción de ideas, acciones o situaciones que motiven crecimiento y desarrollo.

De esa manera surgen actitudes que imprimen y graban condiciones de indiferencia, indolencia, abulia, despreocupación, negligencia, displicencia y desapego. Todas estas condiciones, incitan resistencia o no aceptación a lo que posibilite o favorezca un cambio. Particularmente, un cambio que comprometa esfuerzo. Que concilie lo extraño con lo necesario. Aún cuando la intención de todo ello busque establecerlo la idea de erigir una nación o de pactar arreglos que conduzcan a realidades encomiables, basadas en consideraciones que dignifiquen al ser humano en su mayor expresión. Pero a pesar de todo cuanto pueda argüirse, las realidades tienden a reaccionar en contra. De hecho, sería absurdo negar que la Constitución de la República, sancionada en 1999, consideró como objetivo mayúsculo alcanzar una sociedad que consolide “la solidaridad” y el “bien común”, como razones de libertad y de humanidad.

Sin embargo el devenir que resultó del ejemplo político que desde entonces vivió Venezuela, fue laboratorio de ensayo de acciones facinerosas inducidas. Precisamente, por un gobierno que no desdeñó la violencia política como recurso de enquistamiento en el poder. Tales hechos, provocaron en el venezolano sorprendentes actitudes de retaliación y de egoísmo que determinaron una ausencia de solidaridad, nunca vivida históricamente.

Desde sus inicios en 1999, el gobierno militarista se apuntó con una gestión de permanente confrontación y enfermizo proselitismo. La misma sólo incitó un revanchismo de insólita factura que terminó acuciando extorsión, chantaje y soborno. Y que a su vez, degeneró la funcionalidad del aparato público administrativo y gerencial. Pero sobre todo, deformó valores morales y políticos que agudizaron problemas que ya venían acumulándose.

La politiquería primó el espectro sociopolítico y socioeconómico nacional. Se impuso como razón. Tanto, que acució una inimaginable corrupción que dio al traste con cuanto esfuerzo pudo alcanzarse. El país cayó abatido. Su precario civismo, se fracturó en tantos pedazos que ninguno ha servido para reconstruirlo en alguna proporción. La institucionalidad democrática se perdió entre conflictos que vinieron armándose como resultado de la desconfianza, la desunión, el egoísmo, la envidia, la intolerancia, la discriminación y el sectarismo. Todo ello, tristemente, condujo a vivir el derrumbe de un país incitado, fundamentalmente, por haber llegado a un estadio de descomposición social señalado de haber consignado ante la historia una impresionante factura de saldo negativo. Más, cuando lo que ha ahora avienta es una vergonzosa condición caracterizada por una solidaridad cero.



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