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opinión

¿Militarismo o civilismo?

10 junio, 2018

Aunque la teoría del desarrollo no es mayormente explícita en diferenciar los problemas que se dan en gobiernos que confunden militarismo con civilismo, o que combinan gajes militaristas con facultades del poder civil, si lo hace la teoría política toda vez que explica relaciones entre el mundo militar y el ámbito civilista. Así, pudiera contenerse equivocadas consideraciones ante gruesas contradicciones que arremeten contra la institucionalidad establecida por el ejercicio político-jurídico sobre el cual se formaliza un Estado-Nación.

En naciones que juegan con el poder, encubriéndose los correspondientes procesos con una narrativa democrática, en función de intereses y necesidades de carácter fáctico o que rayan con sistemas políticos autoritarios, la relación militarismo- civilismo actúa como un criterio de gobierno. Criterio éste, casi siempre manipulado o aprovechado según circunstancias dominantes que tienden a justificar medidas represivas o impositivas necesarias a los fines de asegurar el poder político al gobernante.

Este pastel ideológico, como el que sirvió de base conceptual y metodológica al proyecto de gobierno impuesto en 1999 en Venezuela, con el advenimiento de un militar rebelde al poder, constituyó una burda contrariedad cuyas secuelas fijaron los guiones del esquema político económico que comenzó a fracturar la idiosincrasia del venezolano y la estabilidad económica del país. Aunque también acusó razones de gobierno para que la gestión pública en ciernes, desquiciara lo que hasta entonces había fungido como articulador y conciliador entre política, economía y sociedad. O lo que intentó establecerse desde la vinculación pretendida entre ciudadanía, identidad nacional y gobernabilidad.

Solamente entender que el principio de no deliberación iba a enrarecer procedimientos que soportaban el devenir del mundo civil, ocasionó fuertes choques que terminaron desvirtuando tanto el proceder militar como el funcionamiento social que una sociedad apegada a la civilidad se arrogaba como fundamento de vida política.

En consecuencia, el sector militar se pervirtió como resultado de decisiones que se vieron infectadas por la corrupción propia de la politiquería venezolana. Tanto fue así, que los militares comenzaron a desplazar del gobierno a civiles preparados para administrar la estructura gubernamental. Los militares, ajenos a ello, dada su formación vertical, no ayudaron en nada en la tarea de corregir rarezas que el mundo civil había imbuido con el ímpetu que el despelote del administrativismo gubernamental, hasta entonces había permitido. Por consiguiente, dichos problemas se acentuaron y hasta se instituyeron.

Así, llegó a exaltarse la violencia como falaz argumento gubernamental para reivindicar posturas de democratización “revolucionarias”. Igualmente, la esfera militar ajustó buena parte de su comportamiento a pseudo valores que desfiguraron el contenido de su compromiso institucional de defender la República y de actuar al margen de posturas politiqueras. (Léase los artículos 328 y 330 constitucionales).

De todos modos, tanto el militarismo como el civilismo mientras se comprendan -respectivamente- como ideologías de presumidos de uniforme o de inconformes de la política, o como la degradada rivalidad entre la acción y la razón, la política pudiera ser causa para desordenar, más aún, las ya pesarosas realidades que cunde por doquier. En todo caso, vale reflexionar ante la debacle que puede devenir de decisiones tomadas con base en sólo medidas que apuesten a contrarrestar la crisis actual a partir de pretensiones propias del ¿militarismo o civilismo?



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