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opinión

Vladimiro Mujica

Ellos y nosotros

18 mayo, 2018

Mayo de 1937. En plena guerra civil española se produjo en Cataluña un terrible enfrentamiento entre los anarquistas y los comunistas – ambos enfrentados al franquismo. La naturaleza de este conflicto en momentos en que un enemigo común amenazaba con exterminar a ambos contendores fue recogida magistralmente en un relato poco conocido de George Orwell, el mismo autor de los clásicos contra el autoritarismo “Rebelión en la granja” y “1984”. En “Homenaje a Cataluña” Orwell describe su experiencia como miembro de las brigadas internacionales y expone la tenebrosa conducta de Stalin y la Unión Soviética en lo que algunos autores llaman la guerra civil dentro de la guerra civil. El mundo tiene los ojos puestos en España, y corre el comentario incrédulo, “en el bando republicano se están matando entre ellos”. En una estación de radio franquista, un dirigente sentenciaba “¡Manteneos firmes, la España nacionalista está con vosotros! ¡De toda la canalla roja, la FAI (Federación Anarquista Ibérica) es la única fuerza española auténtica!”. Franco estaba encantado con aquella lucha. Sus enemigos matándose entre ellos.

Había evitado escribir sobre las elecciones del próximo domingo, un evento que tendrá inmensas repercusiones en el proceso de destrucción de Venezuela a manos de la casta gobernante del chavismo-madurismo. No escribía, pero no porque careciera de opinión, sino más bien porque he expresado in incontables oportunidades mi posición sobre la conducta divisionista suicida de la oposición venezolana.

La analogía con el “ellos y nosotros” de los catalanes anarquistas y comunistas es pertinente y dolorosa.

Estamos enfrentados a un adversario común implacable, que no vacila en recurrir a la represión abierta de los cuerpos de seguridad y las bandas armadas; o a asfixiar de hambre y dolor a los venezolanos; o a chantajear y envilecer a nuestro pueblo con la ignominia de las cajas Clap y el carnet de la patria; o a regalarle crudo a los proxenetas cubanos. Frente a un gobierno abiertamente criminal y con nexos cada vez más evidentes con los carteles internacionales de la droga; sin ningún escrúpulo para violar la Constitución y las leyes de la nación; con un control absoluto de los poderes del Estado, especialmente el poder electoral y el poder judicial, la oposición venezolana se divide internamente, se agrede sin propósito y sin pruebas, exterminándose implacablemente en las redes sociales, dinamitando los puentes del encuentro inevitable. Inevitable, pienso, si algún día queremos salir en serio de esta pesadilla.

Las diferencias son normales, e importantes, en entornos democráticos. Pero pueden ser extremadamente inconvenientes, suicidas en situaciones de guerra no declarada como las que se viven en Venezuela.

Es innegable el sacrificio de muchos dirigentes opositores, su valor y arrojo para enfrentar al desgobierno criminal venezolano, y también hay que reconocer que esa conducta les ha representado un costo inmenso en términos de su libertad, su propia vida y la de sus familias. Pero es también innegable que existe una responsabilidad compartida en la incapacidad para generar una salida realista, y sostenible en el tiempo, que transforme el rechazo inmenso al régimen de Nicolás Maduro en su salida del gobierno y en el regreso de la libertad, la democracia y la dignidad a Venezuela. El número y la naturaleza de los desaciertos de la dirigencia opositora desde el triunfo que representó ganar la mayoría en la AN, pasando por los episodios de “la salida’ en 2017, hasta culminar con el descalabro de las elecciones de gobernadores y alcaldes para concluir en la situación de división actual, es de antología.

Por supuesto que tienen razón quienes argumentan sobre la naturaleza fraudulenta de las elecciones del próximo domingo, algo sobre lo cual la Conferencia Episcopal y la comunidad democrática internacional, especialmente el Grupo de Lima, han sido meridianamente claros, pero también es cierto que la gente en Venezuela siente que el escenario del 21 de mayo, una vez resuelto por la vía de los hechos el fraude constitucional, va a generar una dinámica de profunda incertidumbre, sobre el cual la gente tiene profundos temores.

Estoy en total desacuerdo con quienes pretenden tratar a los impulsores de la candidatura de Falcón como traidores y aliados encubiertos del chavismo. Uno puede o no estar en acuerdo con una decisión política, pero de ahí a dinamitar todos los puentes de encuentro con mucha gente valiosa, que será necesaria en cualquier esfuerzo de reconstrucción del país, hay una enorme distancia. De igual manera me resisto a llamar abstencionistas a quienes mantienen la posición de no participar en las elecciones anti-constitucionales para no legitimar al régimen. Paradójicamente, la decisión de no votar y la decisión de votar, son, en esta circunstancia, no posiciones de principio sino posiciones políticas. Ambas son válidas, pero el hecho de no haber podido alcanzar una decisión unitaria sobre un tema tan delicado, es el pecado original que nos corresponde asumir con responsabilidad.

Contrariamente a lo que muchos parecen pensar, estoy convencido de que todos los demócratas somos necesarios en esta lucha contra el régimen aniquilador de Venezuela, los azules, los nuestros de siempre, y los que deserten del bando rojo autoritario. El enemigo es demasiado poderoso, demasiado inescrupuloso para alimentar la idea de que es posible derrotarlo divididos, o de que hay algún valor en liderazgos individuales que no resuelvan el problema central de la unidad superior.

A tres días de las elecciones convocadas por una Asamblea Constituyente inconstitucional, y con una ola inmensa de rechazo internacional, los venezolanos de pensamiento democrático asistimos en medio de una división indefendible, estimulada por el régimen, como en su momento lo hizo Franco en España, pero generada por la fractura de nuestras filas, como ocurrió con los comunistas y los anarquistas en Barcelona en medio de la guerra civil española.

Al adversario se le pueden endilgar cosas terribles, pero no lo podemos hacer responsable de nuestra propia necedad y cortedad de miras. Algunos de los nuestros votarán, algunos no votarán, con idénticas razones y remontando una cuesta infinita. Un dilema horrendo que nunca debió expresarse y sobre el cual tendremos que pasar la página el 21 de mayo, porque para gobernar a Venezuela en la eventualidad improbable de un triunfo opositor, o para seguir construyendo la salida cívico-militar o cualquier otra opción, será necesario reunificar a la oposición. Menuda tarea que nos convoca. ¿Alguna vez aprenderemos?



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