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opinión

Sergio Arancibia

Las remesas

12 mayo, 2018

Este gobierno se está acostumbrando a pegarse tiros en el pie. Eso hizo cuando suprimió los vuelos de Copa, desde y hacia Venezuela, o cuando quiso cortar el comercio con Aruba y Curazao. O cuando pone tantas trabas a la exportación de bienes no petroleros, que termina por inhibir el desarrollo de esa actividad, matando una posible gallina de los huevos de oro.

Ahora, el último caso de esa naturaleza tiene que ver con cerrar la posibilidad de que los venezolanos que están en el exterior envíen remesas a sus familiares en Venezuela. Esos envíos tienen, en primer lugar, un alto carácter fraternal y humanitario. Los que salieron y están comiendo tres veces al día, quieren colaborar de alguna forma con familiares que quedaron en Venezuela y que están pasando hambre pura y dura, o por lo menos, están sufriendo grandes estrecheses económicas. ¿Tiene eso algo de malo? ¿No se inscribe aquello en lo más noble y generoso del alma humana? ¿No es lícito ayudar a familiares aun cuando los separen miles de kilómetros de distancia? Pero el gobierno no demuestra ninguna simpatía por los canales formales o informales que han surgido para facilitar esos envíos.

En toda América Latina y el Caribe, los países no solamente reciben remesas desde el exterior, sino que las facilitan y las promueven, pues esos ingresos no tienen sino consecuencias positivas para los países y para los gobiernos respectivos. Según cifras del Centro de Estudios Monetarios de América Latina, CEMLA, en 2015 América Latina y el Caribe recibió 65,6 miles de millones de dólares por la vía de remesas, y esa cantidad subió a 69.5 mil millones de dólares en el año 2016.

En La América del Sur, Colombia es el principal receptor de remesas alcanzando la cifra de 4.635 millones de dólares en el año 2015. Le sigue Perú, con 2.725 millones de dólares. Después viene Brasil, con 2.459 millones de dólares.

En Centroamérica, el proceso de recepción de remesas es más intenso aún. Guatemala figura recibiendo 6.285 millones de dólares, seguido de El Salvador que recibe 4.270 millones de dólares.

Sin embargo, el gran receptor es México, por la alta cantidad de mexicano que residen en Estados Unidos, que recibió en 2015 24.792 millones de dólares.

A ninguno de los gobernantes de esos países se le pasaría por la cabeza poner dificultades a la recepción de esas remesas.

Por razones humanitarias y por razones de buena economía esas remesas deberían preservarse y promoverse. Prohibirlas o reprimirlas atenta contra la generosidad intra familiar – que no se rompe con las distancias – y ayuda a contraer más aun las alicaídas arcas estatales.

Pero pretender que esas modestas cantidades de dinero que llegan gota a gota desde el exterior se cambien dentro del territorio nacional a tasas fijadas por el Estado, y a través de los canales que el Gobierno determine, es burlarse de los que envían y de los que reciben. Es no comprender, además, que esas remesas tarde o temprano ayudan a la economía nacional, por la vía de bajar o contener el precio de la divisa y/o por la vía de aportar ingresos a sectores nacionales que mucho lo necesitan, lo cual contribuye a aliviar, al menos en parte, la presión social que necesariamente se vuelca sobre el gobierno.



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