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opinión

Historia de las ideas en Venezuela

30 abril, 2018

Quebrada la imprenta en Venezuela, por fortuna, hoy, tiene salida digital un título de extraordinario interés, recientemente presentado en una librería caraqueña: “Historia de las ideas en Venezuela (estudios breves)” de David Ruíz Chataing (UCAB – UPEL – Unimet. Caracas, 2017). Cerrando el ciclo abierto con su “Historia Intelectual en Venezuela” (2011), adentra el bisturí en un legado de ideas, escuelas y tendencias de inevitable sincretismo, surgido del – por cierto, lento – país que no renunció a la polémica, aunque fuese predominantemente analfabeto.

Versa sobre la compleja relación del intelectual y el poder, a propósito de Eduardo Calcaño; el pensamiento católico en Venezuela, Amenodoro Urdaneta Vargas y José Manuel Núñez Ponte; del optimismo, Juvenal Anzola; los inicios del gomecismo, Gerónimo Maldonado y Emilio Constantino Guerrero; la visión del país, Manuel Antonio Pulido Méndez y Simón Planas Sánchez; abre un extenso abanico sobre los luchadores antigomecistas, e incursiona en las inquietudes suscitadas por una larga transición, entre 1936 y 1948. Telón de fondo, reflexionaron y actuaron en la mudanza de las dificultades y cercanía de las instituciones que nos remitieron a la modernidad, al construirse “ciudadanía con un pueblo que muchos consideraron inepto para gobernarse así mismo” (191), como deja consignado el historiador de buena pluma.

Llama nuestra atención, la prolongada transición que marca el itinerario de Ramón David León, Tulio Chiossone, Julio Diez y Numa Quevedo, “cuatro ‘vencidos’ de los regímenes lopecista y medinista” (165-187). Particularmente, Quevedo, quien estuvo bajo prisión en la dictadura que, al caer, lo encontró como ministro de Relaciones Interiores, en 1958, pues, forzado al despliegue de las mejores habilidades políticas posibles en un año tan complejo y difícil, como más tarde lo hará en la embajada venezolana en Colombia, tuvo siempre el celo de batir bien la tinta sobre el papel.

El itinerario parece ser el del distanciamiento – acaso, demasiado pausado – de la cultura positivista en la que crecieron los letrados en un país de iletrados, quienes desempeñaron altas responsabilidades políticas, bien como líderes de opinión, bien como funcionarios del Estado, dispuestos a la polémica, por densa que fuese, contratando con muchos de sus pares en un siglo que se dijo prometedor, como el XXI. De nuevo, en la escena, el conflicto secular entre la República civil y las dictaduras autocráticas, toda superación histórica es “una hazaña no sólo militar”.

Ruíz Chataing, profundo conocedor de los fondos bibliográficos y hemerográficos de la Biblioteca Nacional, aporta un inventario ahora desconocido, o – mejor – asoma la herencia de una tradición de polémicas que no soportaría el promedio de un liderazgo opinante y funcionarial, en los días que corren. Y esto, a pesar de disponer de las redes sociales que dejan muy atrás los libros, folletos, hojas sueltas, columnas periodísticas y discursos que trillaban al país que fuimos, aunque – ciertamente – cada vez más se parece al vanidoso siglo que transitamos.



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