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opinión

Bienvenido, Mr. Marshall

23 abril, 2018

Todavía resplandecen los improperios que lanzaban contra el FMI, hambreador e inescrupuloso asaltante de la economía venezolana. Otro tanto ocurría con el alza de la gasolina o del transporte público, por módico que fuese, aunque, en crisis, ella no había penetrado la intimidad misma de cada hogar, como ahora.

El auxilio del FMI, por ejemplo, significaba un sacrificio importante y, aunque no llegase a los tuétanos mismos de la casa, traducía dos cosas: la de acordar una serie de correctivos en la política económica y un préstamo para soportar por un tiempo las medidas. Nadie está dando una versión idílica del pasado, pero – ocurrió a principios de los noventa – los precios que se dispararon, volvieron poco a poco a sus cauces; uno que otro rubro desaparecido, volvía a los anaqueles; y, en fin, mal que bien, el sacrificio era útil.

Ahora, no hay nadie que se atreva a auxiliarnos, mientras vivamos bajo este régimen dilapidador, corrupto e inhumano que nos ha impuesto un sacrificio demasiado inútil, porque no hace la más mínima rectificación de sus convicciones, ni corrección de sus procedimientos, volatizados todos los precios que ni siquiera se permite divulgar a través del BCV, perdidos los alimentos y los medicamentos por muy urgidos que sean. Y, muy pocos, ciertamente, saben en qué exacta medida no tenemos prenda que dar o empeñar, porque le entregaron el país completo a los chinos y a los rusos.

Un barril a 60$, se queda muy corto para atender la catástrofe humanitaria en la que nos encontramos. Y cuidado con aquél, usuario o transportista que se atreva a protestar por el alza del transporte o de los repuestos, pues, ellos, sólo ellos, lo hacían al quemar las unidades en plena calle, cuando faltaban años para llegar al poder.

Ya hay propuestas en marcha para ayudar a salir al país de esta hecatombe, del contramilagro petrolero y, por mucho que pasaran necesidades, después de la guerra civil española y de la segunda guerra mundial, viendo la jocosa película “Bienvenido, Mr. Marshall” de Luis García Berlanga (1953), de una ironía extraordinaria, se nos antoja que los ibéricos estaban mejor de lo que nosotros hoy estamos. Doloroso, triste, deprimente, pero debemos superar esta dictadura, recobrar las fuerzas necesarias y empinarnos por encima de las dificultades, para salir del agujero tenebroso donde ellos, no otros, nos metieron. Por cierto, un buen cineasta, dramaturgo o novelista, debe contarnos nuestra propia tragedia, para – aleccionados – no olvidarla jamás.



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