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opinión

Enrique Meléndez

Una fatídica crónica anunciada

3 abril, 2018

La verdad es que esta situación ocurrida en una cárcel de Policarabobo no deja de ser un reflejo de que lo que es la hora actual de Venezuela. El país está a punto de estallar por los cuatro costados; lo cual es algo que anda en el medio; la presunción, de que algo va a pasar.

Claro, está pasando y lo cual se traduce en cierto número de protestas, que se desatan a diario a nivel nacional. De hecho, el adelanto de las elecciones por parte de Nicolás Maduro de diciembre, cuando estaban pautadas por la Constitución Nacional, a mayo de este año, no responde sino al hecho de que su gobierno descubrió, que para esa fecha postrera no ganaba elecciones con nadie; porque, en efecto, Maduro todavía tiene un cierto porcentaje de apoyo, que no pasa de diez puntos, en efecto, y que está representado por esa población de sectores populares, a los que se ganan con alguna dádiva, además de la coacción que ejercen sobre esta población los colectivos, en especial, los pranes, que tienen controladas determinadas zonas de las grandes ciudades; pero si no aprovecha este ventajismo ahora; para finales de año ni siquiera esta gente lo querrá; dado lo errática que resulta su gobierno para controlar la inflación.

De hecho, este régimen del pranato proviene de las mismas cárceles, cuyo sistema permite su configuración; toda vez que la prisión por dentro es un negocio, y así que produce altos dividendos. Los que no pueden pagar para su protección, entonces pasan a lavarle la ropa al pran del calabozo; cuando no a prestarse para servicios de tipo sexual. De modo que nuestras cárceles se han convertido en una especie de hoteles; donde hay que pagar, para poder cumplir pena allí, y esto porque las autoridades lo permiten; ya que las autoridades participan también de la movida.

De hecho, para hacerle llegar a un preso algo que necesite; hay que pagar una comisión a la custodia de guardia; de modo que por aquí comienza una de las peores aberraciones, que presenta este gobierno, en lo que se refiere al manejo de las instituciones, y resulta interesante decirlo, a propósito de la crisis de nuestro sistema carcelario, en un instante en que pudiéramos evocar aquella expresión del criminólogo Elio Gómez Grillo; quien decía que las cárceles de un país, eran un reflejo de su sociedad. He allí el problema de nuestra tragedia: la idea que tiene de Venezuela la gente, que nos gobierna, es la de que se trata de un botín.

¿Qué son esas alcabalas móviles, que uno ve en las carreteras? Negocios de sujetos, que si no martillan al chofer del automóvil; porque se le olvidó abrocharse el cinturón de seguridad, entonces le quitan alguna mercadería, que trae por ahí. Aquí entran en el mismo saco de gatos desde fiscales de tránsito, guardias nacionales y policías regionales o nacionales. Si a usted lo ven solo, conduciendo su automóvil, lo obligan a pararse a un lado, y entonces pretenden retenerle el mismo, y llevárselo en una grúa, para la comandancia; pues, supuestamente, no le prende un stop; “lo cual es muy grave –por aquí comienza la verborrea-, porque usted anda en una carretera…”; al final de la cual, viene el martillo. He allí una codicia, en la que participa desde el comandante de la guarnición, hasta el efectivo, que se dedica al martillo en la alcabala móvil. Al final, se procede como en los grandes restaurantes; donde las propinas son muy sustanciosas; que el supervisor de mesoneros se lleva la mejor parte, y así sucesivamente a cada quien le corresponde su mesada, de acuerdo a su rango.

La verdad es que nadie sabe lo que ha ocurrido en estos lamentables hechos de la cárcel de Carabobo, cuya gravedad le dio la vuelta al mundo. Todos los noticieros, que uno puede apreciar por los distintos canales, que le llegan por cable, hablaban de 68 muertos; muchos de ellos quemados, otros asfixiados; consecuencia de un amotinamiento de reclusos; a raíz de un intento de fuga, y donde, en efecto, lograron evadirse más de veinte; aunque las versiones, que se manejaban entre los familiares de las víctimas, señalaban que se trataba de una masacre; mejor dicho, de una quema propiciada por los propios policías; que se inició cuando éstos le prendieron fuego a los cartones y colchonetas, donde duermen los reos.

Una situación muy confusa, y que vuelve malicioso a cualquiera; a partir de la denuncia, sobre todo, de uno de los familiares de una de las víctimas, quien ha dicho que a su deudo se le entregaron en una urna sellada; señal de que se quiere borrar toda evidencia, de lo que allí sucedió. Aunque como ha advertido la Conferencia Episcopal, se trata de una fatídica crónica anunciada, visto el deterioro que presenta hoy nuestro sistema carcelario; donde la ministra del mismo se permite, con toda la provocación del caso, tomarse una fotografía con el famoso Ernestico, uno de los delincuentes de más alta peligrosidad del momento, en la habitación de visitas conyugales de una cárcel de Margarita; donde aquél era el principal pran entre los suyos; en una pose que daba mucho que pensar; pero también con la intención de “epater le bourgoise”, como se dice en francés: para sorprender al público de galería.

Pero, qué puede interpretar uno que hay detrás de ese cinismo: una gran impotencia en el manejo de la realidad de las cárceles de Venezuela. Nadie se atreve a reformar ese sistema vicioso; porque en lo inmediato es un personaje muerto, y el que llega al cargo, que ocupa la ministra Varela, a la final tiene que transarse en un medio; donde el pran mayor dice con toda razón que Nicolás Maduro podrá mandar en Miraflores, pero que él manda ahí. En consecuencia, al funcionario no le queda más recurso que apelar al cinismo; a restregarle a la opinión pública en la cara que, en efecto, se es cómplice de ese mundo infectado por toda clase de vicios, que allí pulula.

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