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opinión

“Zamurera y Dictadura”

16 abril, 2018

Cualquier combinación de frases que motive actitudes denigrantes, es propia de toda circunstancia que inspire una respuesta adversa ante la situación en juego. Aunque también, cualquier mezcolanza de condiciones que apunte a acentuar contradicciones, termina en conflicto. O en el acrecentamiento de problemas acumulados por causa de la misma situación de apatía o de indolencia que revisten las realidades embadurnadas del grosero populismo como el que, en efecto, distingue a Venezuela.

El contravenido socialismo que el régimen bolivariano intenta imponer mediante la repartición de migajas que, con el cuento de revertir las desgracias sólo producen exasperación, ha devenido en procesos de inculturación, desencuentro y de devastación en distintas esferas del proceder social, tanto individual, como colectivo. Las dádivas del régimen opresor, actuaron como razones que tendieron a justificar la decadencia por la que viene atravesando el país desde que el militarismo depravado y corrupto asumió las riendas del poder en 1999.

La demagogia criolla, siempre convencida que su gestión gubernamental superaba cualquier ensayo democrático logrado anteriormente, nunca quiso entender que había llegado el momento en que las adversidades aprendieron a desatar el caos en el país. Simplemente, el país se distrajo con la elocuencia de un discurso furibundo, propio de la desgracia hecha concreción. Y así, tal dejadez permitió que el país cayera al amparo de los reveses que acompañaban una crisis que vino asociada a las recién llegadas desgracias. De esta forma, consolidaron su presencia hasta que la demagogia se mimetizó con ellas. Tan estrecho fue ese nexo, que la anormalidad se hizo rutina, costumbre y característico de la dinámica nacional.

Luego de casi veinte años de crudos traumatismos que descompusieron el gentilicio y deformaron la idiosincrasia del venezolano, el país se tornó sordo, ciego y bastante mudo. Dejó que las calamidades se mutaran a él. Tanto así, que la economía se convirtió en una complicación de primera línea. El orden que tiempo atrás primó el devenir venezolano, se desbordó acarreándole graves problemas de toda naturaleza. La violencia se hizo parte del discurrir. El hambre azotó la población. Y las enfermedades, llegaron luego que la medicina y la farmacología disiparon buena parte de sus efectos.

Pero asimismo, la basura cundió los rincones y parajes que daban cuenta de una pulcritud un tanto extraña en países en vías de desarrollo. La basura se convirtió en el símbolo que mejor habla del régimen. Basura que ahora es traducción del accionar de estos gobernantes. La basura es representativa de cada decisión que hace retroceder el país a condiciones superadas en el tiempo. El lema de la revolución debe ser zamuros y dictadura. Es decir, la combinación perfecta arraigada en el fondo de la catástrofe que volvieron el país. En adelante, no debe ser más: “Independencia y patria socialista. Viviremos y venceremos. Chávez vive, la lucha sigue. El sol de Venezuela nace en el Esequibo”. Deberá tomarse como nuevo eslogan aquel que mejor vale para referir la putrefacta revolución. O sea, “Zamurera y Dictadura”.



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