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opinión

Luis Velázquez Alvaray

El hospital de la política

3 marzo, 2018

La política es problemática. Vale decir, no es un oficio cualquiera.

No es un actuar intuitivo, requiere mucha sabiduría, capacidad de reflexión. Es necesario educarse para ser político. No es un rifle el símbolo de esta labor.

Los problemas que ahora resaltan son de vieja data. Han sido calcados con algunas variantes modernas. Se basan en el irrespeto a los valores de la convivencia social, que siempre deben llevar como estandarte la verdad.

Los regímenes de fuerza optan por el camino más fácil: mentir. Lo advertía San Juan y exhortaba a sus fieles: “sean cooperadores de la verdad”. Igual decía San Pablo: “Los hombres tienen cautiva la verdad”.

El otro corredor de la muerte por el que se obliga a transitar la política, es la negación de la coexistencia. Negar al otro, para llevarse por delante los parámetros básicos de la sociedad. Para ello es muy útil la mentira.

La comunicación y discusión de ideas distintas es básica. El cementerio de la política es romper los puentes. Allí se interpone, el poderoso río de la intolerancia desbordado en estos tiempos.

La arbitrariedad paraliza el intelecto e impulsa a los advenedizos. Es verdad -repetida en la historia- que un Estado no puede ser conducido por inexpertos. El líder necesita reflexionar, consultar al contrario, tratar de no caer permanentemente en el error. Esa insistencia destruye cualquier país, su economía, su cultura, su integridad.

El bien común no se consigue cercenando los derechos de los demás. Los laboratorios de dominación se basan en ideales contrarios a la política: totalitarismo, persecución. La fuerza como eje fundamental, para convertir a la mayoría en seres indefensos, domesticados, obligados a vivir agarrados al alambre de la subsistencia. Es un teatro de la locura. Ya lo ha señalado Russell y que parece ser una constante histórica: “ciegamente, las naciones cometen locura, tras locura”. Predijo: “las perturbaciones de nuestro tiempo se manifiestan en un aumento del fanatismo”.

La prudencia en el actuar social evita el sufrimiento de las mayorías. La gran calamidad es el primitivismo que avanza sin límites para la conquista del poder total. Estas recetas no son originales y siempre han terminado en fracasos. Fracasos estruendosos. Cuando Lenin obligó a la abdicación de Kerensky en la Rusía de 1917, convocó elecciones fraudulentas hasta instaurar el golpe de Estado Bolchevique. El mismo camino: imponer la intransigencia. La misma locura, ya proclamada por Russell.

En el fanatismo del siglo XXl, la idea del terror es la misma y es fértil para la semilla de la improvisación y la intolerancia.

Bertran De Jouvenel hace mucho tiempo, disertó sobre la era de las tiranías, que basan su dominio eliminando todo vestigio emancipador, consagrando las ambiciones personalistas, principio del despotismo y del espíritu de dominación.

Este pensador, autor del libro “le pouvier”, el poder, traducido al castellano hace más de 60 años, enseña cómo las elecciones pueden ser el mejor camino de la dictadura, “así el pretendido poder del pueblo, no está ligado al pueblo más que por su cordón umbilical, muy flojo de las elecciones generales… El minotauro adquiere el aspecto más favorable a sus apetitos”.

Otro ingrediente de esta locura es disfrazar las carencias e incapacidades con el lobo de la guerra, “la gran empresa del poder totalitario”.

La historia de la humanidad está llena de ensayos trágicos que terminan superados por nuevas ideas, por la política como esencia transformadora, que saldrá del hospital donde ha sido recluida. Vencerá el miedo y la inercia. Prosperará la libertad, es decir, la democracia.



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