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opinión

Entre el ardid y la epopeya: militaridad

26 marzo, 2018

La reciente detención del general Víctor Cruz Weffer, ícono del llamado Plan Bolívar 2000 que, en su momento, prolongó el aplauso de propios y extraños, o el tardío debate parlamentario que esbozó la actual y consabida situación de la Fuerza Armada Nacional, obliga a ensayar una perspectiva distinta a la mera y, huelga comentar, censurada circunstancia noticiosa. Oportuna y pertinente es la que ofrece José Alberto Olivar: “La militaridad: Prospecto ideológico del Estado Cuartel en Venezuela”, parte de una valiosa compilación que dirige, junto a Luis Alberto Buttó, ya en circulación, bajo el título “Entre el ardid y la epopeya: Uso y abuso de la simbología en el imaginario chavista” [Negro Sobre Blanco, Caracas, 2018: 251-276].

Convengamos: solemos distraernos en la superficie de un problema, por lo demás, grave, asidos a los ya superados criterios que impiden apreciar la misma naturaleza del régimen que sufrimos. E, incluso, el creador de toda una escuela académica, como Domingo Irwin, en el campo de las relaciones civiles y militares tuvo que realizar un enorme esfuerzo editorial para superar el miedo de varias casas para imprimirlo, en la presente década [258, nota 15].

El proceso de modernización y profesionalización militar, implementado desde los setenta del ‘XX, sentida la cada vez más creciente y decisiva influencia del llamado Nuevo Profesionalismo Militar de Seguridad Interna y Desarrollo Nacional, cuyo principal inspirador fue Alfred C. Stepan, fallecido a finales de 2017, derivó en la supuesta autoctonía de otro que, hoy, muestra algo más que distorsiones, sembrado por antiguos instructores de la Academia Militar de Venezuela [27, 254 s., 258]. Inicialmente pretoriano, devino militarista realzando el “destino manifiesto” ante los políticos civiles de prácticas inmorales y antipatrióticas, encarnado en el Nuevo Pensamiento Militar Venezolano: la defensa integral de la nación, sólo se entiende con la incursión y participación de la Fuerza Armada en los ámbitos político, económico y social [253, 259, 267].

Incursión y participación que ha significado, en la presente centuria, la colonización de la administración pública, como la consagración del liderazgo carismático y ampliamente discrecional de Chávez Frías, con el soporte político de la Fuerza Armada, ideológica y clientelarmente alineada [260 s., 268]. Acucioso y perspicaz, Olivar trae a colación dos textos aparecidos a mediados de los setenta, en el curso de la renovación de los estudios militares, como el del otrora coronel José Enrique Berthe (“Las Fuerzas Armadas como instrumento contribuyente al desarrollo nacional”), y el del entonces teniente-coronel César Augusto Gamboa R. (“El proceso cultural de las FF. AA. NN.”). Empero, el de mayor revelación e ilustración es, sin dudas, el del ahora general de brigada Rafael José Aguana Núñez, autor de un relevante constructo teórico recogido en la tesis doctoral que defendiera en la Universidad de Santiago de Cuba (“Dinámica curricular de la militaridad para la Academia Militar de Venezuela”) [256 s., 265].

Aguana Núñez, teorizante orgánico, con “La militaridad en el Estado democrático y social de derecho y de justicia” (2012), traducido a otros idiomas, “forma parte de la ofensiva ideológica interesada en consolidar un modelo de formación militar que justifique la preeminencia de lo militar sobre lo civil” [264, 267]. Salvando las distancias, Olivar acierta al expresar que “estamos ante una estrafalaria versión de las viejas ‘luces del gomecismo’ interesado en ofrecerle asidero intelectual y academicista al proyecto hegemónico en marcha” [266], lo que sugiere la superioridad de lo que fue la escuela positivista y la que se le opuso, a partir de los años treinta, ahora, sin equivalentes.

La militaridad, con pretensión de corpus ideológico para darle un “ropaje erudito a la cruda realidad militarista que se cierne sobre Venezuela”, bajo la evidente influencia cubana, aunque de aristas pinochetistas, aspira a proyectarse en el resto de la sociedad, convirtiendo a la Fuerza Armada en un “auténtico partido que a la larga actúe en solitario y sea dirigido por una élite de militares y civiles militarizados”, antinomia de la ciudadanía y, así, de la República [264, 268, 272 s., 276]. Equiparándose con los postulados constitucionales que, por supuesto, adultera o falsifica, todo un ardid, la “militaridad no es más que un modelo de dominación que se vale de elementos simbólicos – culto a la personalidad, patriotismo místico, retórica populista y vínculos matricentrales – para estimular una conducta de sumisión colectiva imprescindible para sus fines de dominación y explotación”: el socialismo militarista, el “lodazal de la fraseología” y la “semántica historicista” [254, 257, 266, 270, 274,].

Destaquemos otros aspectos que, seguramente, enuncian un futuro trabajo de Olivar. Por una parte, la existencia de grupos de opinión y el empuje de la tecnocracia militar [251, 255] que, a nuestro juicio, con señales de autodestrucción, en sintonía con el sector terciario de la economía, compitió y ganó a la tecnocracia petrolera, asociada al sector industrial, en los cruciales comicios de 1998, según la hipótesis que nos anima en torno a la confrontación de fondo entre Chávez Frías y Salas Römer.

Por otra, ciertamente, el principio constitucional de la corresponsabilidad entre la sociedad civil y el Estado en materia de seguridad y defensa, ha sido útil a la militaridad apenas pretextada por el empleo de la reserva [253, 263 s., 275], pues, confirmando la tesis de Olivar, se limita al reclutamiento, adiestramiento y movilización para el combate, dejando muy atrás experiencias como la del IADEN en el que también concursaban los civiles para la definición de las políticas públicas del sector: las leyes del llamado Poder Popular o la Ley Orgánica del Trabajo, por ejemplo, únicamente ventilan y requieren de los combatientes, limitando conscientemente la materia. Y, finalmente, toma nota de la antipolítica que dio origen y sostenimiento al régimen, ya que los golpistas de 1992, con sus tácticas electoralistas, fueron las “serpeteantes estrellas del reality show venezolano de finales de la década de los noventa”, edificando una literal concentración del poder, desde las bases aparentemente espontáneas que echó [259 s., 252, 268].

Posiblemente, se dirá, incurrimos en una suerte de “spoiler” al avisar de los principales aspectos del ensayo en cuestión. No obstante, aceptemos, por muy conocido que sea el desenlace de los clásicos del cine, son tales porque, viéndolos de nuevo, siempre descubrimos otras miradas que confirman su persistente novedad.



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