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opinión

Carlos E. Aguilera A.

El consenso popular en las políticas de desarrollo

7 marzo, 2018

Flota en el ambiente una pregunta de rigor: ¿ por qué fuerzas sociales y políticas no pueden crear consensos generando paz y estabilidad democrática, para que los problemas del país se resuelvan?. Muchos experimentan una sensación de fastidio porque observan como el régimen hace caso omiso de la voluntad popular y convierte el diálogo en una abierta confrontación y lucha “a muerte”. Parece que lo racional en el régimen es desplazado, predominando lo instintivo. De esta manera, discrepancias ideológicas, políticas y culturales derivan en confrontación. Por otra parte se percibe que líderes y dirigentes de la oposición no actúan con madurez y tolerancia frente a sus diferencias. Dolorosa conclusión visto los recientes acontecimientos que configuran intereses más personales que de otra naturaleza, como la aspiración a la presidencia de la república de quienes se prestan a la componenda del oficialismo, empeñado en realizar las elecciones en mayo próximo, en manifiesta violación de la disposiciones legales previstas en la Constitución Nacional.

Algunos politólogos y psicólogos sociales, sostienen que esta práctica social tiene que ver con lo que ellos denominan “idiosincrasia venezolana”. Afirman que en el inconsciente colectivo del pueblo hay una carencia paterna que no educó al niño; y, éste conforme creció se hizo belicoso y proclive al bochinche. Por este camino se producen las deformaciones y problemas de la vida familiar y afectiva lo que explica la ausencia de diálogo, tolerancia, y respeto a la diversidad y cultivo de la cultura en sus distintas manifestaciones. A juicio del columnista los aspectos fundamentales que inciden sobre la sicología social y la cultura de la confrontación tiene que ver con:

a) La mala y deficiente calidad y escasa formación cultural y política de algunos líderes y adherentes.

b) El diseño, presencia y acción de una democracia tutelada, excluyente, que restringe y bloquea la participación social y del desarrollo democrático, lo cual tiene que ver con el tipo de Estado que no procesa ni asume la diversidad socioeconómica y regional del país. Un Estado que excluye la sociedad y la diversidad, no educa para el consenso sino para la confrontación.

c) Una estructural debilidad de la cultura, tradición e institucionalidad que se caracteriza por el despotismo, el grito y el insulto.

d) La persistencia de la práctica de “acuerdos políticos mercantilizados” (el hombre del maletín, el tráfico de influencias, etc.), de las distintas fuerzas políticas; que no se adhieren ni practican el ejercicio del consenso democrático. Esto debilita la institucionalidad, la democracia y la ciudadanía.

e) La falta de la educación social y cívica a todo nivel, que ahora no se imparte en las aulas contribuyen a no crear una ciudadanía crítica, participativa democrática y respetuosa del pluralismo ideológico, así como de la diversidad cultural.

f) La relación Estado-sociedad, Estado-ciudadanía, crea constante confrontación, pues excluye a una y otra. Se establece entonces una sicología y cultura del excluido que para ser considerado sujeto político, voz y ciudadano, debe acudir a elementos no institucionales ni legales.

En los países democráticos se torna indispensable que los objetivos fijados por la llamada Política de Desarrollo Nacional obtengan el consenso popular, para que puedan ser alcanzados con el menor sacrificio posible del pueblo y en el más corto plazo.

La planificación que se realice en este sentido, por más excelente que sea, de pronto puede ser irrealizable, si el pueblo no llega a responder satisfactoriamente a los estímulos orientados y proporcionados por un Gobierno. Por tanto, es importante despertar y obtener el apoyo social.

Los autores de obras sobre Seguridad y Defensa Nacional, al referirse a este tema, señalan que las autoridades gubernamentales deben, por esta circunstancia, mantener un permanente diálogo con el pueblo para ilustrarlo sobre las medidas planificadas, a fin de evitar posibles deformaciones originadas por un “irracional” o “temperamental” nacionalismo, como lo califica el brasileño Roberto De Oliveira Campos. En tal sentido, los cuerpos de inteligencia de los gobiernos constituyen un valioso instrumento para obtener un apropiado sistema de valores sociales dentro del proceso de desarrollo.

Por las razones anteriormente expuestas, estos mismos autores afirman que los siguientes elementos constituyen objetivos de la Política de Desarrollo Nacional:

* Asegurar la estabilidad política

* Dinamizar el crecimiento económico con justicia social

* Proporcionar condiciones plenas para realización de los recursos humanos
* Contribuir para el establecimiento de las condiciones de seguridad.

Los objetivos enumerados – de acuerdo a estos calificados y eruditos autores – deben estar ubicados en los distintos campos del Poder, y pueden ser analizados desde diferentes ángulos, tales como desarrollo político, económico, social y militar.

No se debe obviar, que los vínculos o relaciones existentes entre la Política de Seguridad Nacional y la Política de Desarrollo Nacional, engloban determinantemente la Política Nacional, la cual a su vez es una e indivisible, por cuanto ésta última tiene un carácter global y por lo tanto busca asegurar el pleno cumplimiento de las funciones del Estado.

La Política de Seguridad Nacional surge de la necesidad de garantizar que los Objetivos Nacionales sean conquistados o mantenidos, y para alcanzar este propósito, el Poder Nacional debe ser dirigido de tal manera, que su acción sea capaz de eliminar o destruir los antagonismos o presiones, presentes o potenciales, que se oponen o pueden oponerse a la conquista o mantenimiento de los Objetivos Nacionales. Mientras que la Política de Desarrollo Nacional busca fundamentalmente la consecución de objetivos que se traduzcan en progreso material y espiritual. En otras palabras, está orientada al fortalecimiento del Poder Nacional, a fin de asegurar a la colectividad nacional un completo estado de bienestar.

En este régimen socialista marxista y mal llamado bolivariano, estas políticas brillan por su ausencia y el resultado es lo que salta la vista de todo el mundo, y ha sumido al país en el más deplorable estado de miseria, hambre, inseguridad, corrupción, nepotismo, narcotráfico y toda una laya de males que jamás desde el nacimiento de la república había ocurrido.

Periodista, historiógrafo; autor de la columna “Toque de Diana”; ex corresponsal de la agencia de noticias internacional AFP; Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela y de la Academia Nacional de Ciencias y Artes Militares y Navales; Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

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@_toquedediana



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